Si hay un personaje bíblico que presente los rasgos del héroe en la genuina afección helénica, ese es Sansón; el penúltimo juez según la lista del gran libro. Pues bien, sea por su portentosa fuerza o por las proezas que con ella acometió —desgarrar a un león camino de Timnat, o arrancar las puertas de Gaza y cargarlas a cuestas hasta Hebrón, o su colosal y definitivo derribo de las columnas del templo de Dagón—, Sansón nos evoca a cada paso al gran Heracles, quien estranguló al león de Nemea, enclavó las célebres columnas ante el Mediterráneo o, incluso, tras perecer, se convirtió en el portero del Olimpo. Y por si estos acontecimientos no los emparentasen lo suficiente, ambos murieron por traiciones de mujer: Sansón por obra de Dalila, la filistea del valle de Soreq, y Heracles, cuando Deyanira, tan celosa como engañada, impregnó su túnica con la sangre abrasadora del centauro Neso.

Y como entre los mitos no hay coincidencias sino variaciones, basta considerar que su nombre, Sansón, proviene de la voz hebrea shemesh (sol) y conocer, además, que a media legua al sur de Zora, su pueblo natal, se hallaba Bet-Shemesh (la casa del Sol); qué duda cabe, un santuario, que debieron de venerar también los judíos de la tribu de Dan, a la que pertenecía el fortachón; hechos que entroncan a ambos todavía más, pues la apoteosis de Heracles —su ascensión a los cielos en un carro de fuego— lo revela como un héroe netamente solar. Sin embargo, las hazañas de Heracles abarcan todo el mundo conocido por los griegos, mientras que las de Sansón se atienen a la pugna con los filisteos, un pueblo helénico de procedencia caria —y tal vez cretense—, expulsado de Egipto tras una incursión, para aposentarse, hasta su desaparición, en las costas palestinas, donde fundaron una poderosa pentápolis —Gaza, Ascalón, Asdod, Ecrón y Gat— gracias a su dominio del hierro, que debieron aprender durante su primitiva vecindad con los hititas.

La irrupción sojuzgadora de los filisteos —y no solo de judíos, sino también de cananeos, jesubeos y amalecitas— sucedió aproximadamente entre el 1.200 al 1.000 a. C, tras la muerte de Josué y con las doce tribus recién aposentadas en Canaán, llamado el periodo de “los jueces” —patriarcas electos para dirimir los conflictos de varias tribus hebreas con un pueblo vecino o entre sí—. Sansón ostentó este patriarcado electivo durante veinte años, antes de marchar a Gaza para abrazar a una filistea. Aunque en lugar del amor, en aquella ciudad le aguardaba una encerrona, que venció llevándose sus puertas a hombros para arrojarlas ante Hebrón. No obstante, ya se había casado en su juventud con otra filistea, de Timnat, aldea vecina a la suya, durante una boda que acabó en un descomunal incendio propagado por trescientas zorras atadas del rabo por el propio Sansón, cuando se halló burlado y sin esposa. Luego, derrotó, a golpes de quijada de asno, al millar de filisteos que fueron en su busca hasta la tierra de Judá para hacerle penar aquel estrago; lo que le valió su elevación a juez. Pero sus querencias por las mujeres de esa raza helénica eran contumaces, pues ni tras este par de chascos escarmentó y aún cayó seducido por una tercera filistea: la famosa Dalila. La muy tuna —sobornada por los suyos— porfió hasta averiguar cuál era el secreto de su descomunal fuerza: el cabello.

He aquí que el ángel cuando anunció a sus padres, ya estériles, su nacimiento, les prescribió que el niño debía de permanecer bajo el nazareato —o sea, con el cabello intonso y cumpliendo otros votos de pureza—, pues solo así se convertiría en el paladín que ansiaban los israelitas para sacudirse el dominio filisteo. El resto de sobra lo conocen: Dalila lo rapó mientras dormía y lo entregó a los suyos, para que lo cegasen y lo condenasen a mover un molino hasta el festival a Dagón, cuando reunidos todos los oligarcas de la nación en su gran santuario, exhibieron a Sansón para su mofa. Entonces, nuevamente velludo, invocó la fuerza de Yahveh y derribó los pilares del templo para que pereciesen todos aplastados, con el consiguiente caos del pueblo filisteo.

Si bien el mito conmemora a un “juez”, infatigable en su lucha contra los filisteos, la etimología de su nombre, Sansón, nos sugiere que acabaron llamándolo así y le atribuyeron alguna de sus peripecias por la veneración de la tribu de Dan a un ancestral héroe solar —tal vez de procedencia fenicia—, en Bet-Shemesh, quien, en su propagación entre los helenos, se asimilaría con Heracles. No obstante, el fatídico corte del cabello por Dalila nos refiere, sin duda, al veto entre los hebreos de la adoración a la pareja divina ancestral —el sol y la luna—, cuya ceremonia más extendida durante toda la Antigüedad, la comira, se celebró hasta su abolición por el Cristianismo. Consistía en la procesión de los curetes —jóvenes intonsos— acompañando al rey anual para que les rasurase el cabello a todos —símbolo de los rayos solares— la sacerdotisa de la luna durante el solsticio, como representación de la muerte del sol y también de aquel soberano estacional. Este remotísimo ritual agrario lo encontramos más o menos velado en otros héroes, como en Teseo cuando ofrece sus guedejas en Delfos o cuando Escila rapa el mechón dorado a Niso para provocar su muerte.

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En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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