No es fácil fotografiar el alma.

Y no vayan a creer que nadie lo ha intentado. Desde mediados del siglo XIX cazadores expertos se apostaban junto al lecho (último) de tipos llamados Valdemar, o algo parecido, para intentar capturar ese soplo que se marcha. Más o menos. Solo que… agua. Pueden sacar sus propias conclusiones.

Pues bien, Lee Friedlander ha logrado fotografiar el alma.

Solo que no es el alma de un hombre, ni el de una mujer. El alma de muchos, el alma de tantos. De todo un país. Porque Lee Friedlander (Aberdeen, 1934) lleva más de medio siglo arrancándole sonrisas, retratos y “posados-robados” al alma de los mismísimos Estados Unidos.

Toda esta evolución, que de forma aparatosa (pero real) muchos inician en la famosas exposición que hizo el MoMa en 1967, puede ser contemplada en la muy extensa retrospectiva que hay en la Fundación Mapfre, en Madrid, hasta el diez de enero del 2021 (cuando ya haya terminado todo este año de locos). Perfecta ocasión para acercarnos a todos los matices, todas las aristas, de este artista mayor, uno de esos que logra tener estilo personal incluso cuando cambia continuamente de temas y tratamientos…

«No buscan el hecho definitorio, sino abrazar el ambiente, el lugar»

Las fotos de Friedlander huyen del instante decisivo, ese click de Cartier-Bresson que intentaba capturar un momento, un soplo. No, para el americano las cosas son distintas. No buscan el hecho definitorio, sino abrazar el ambiente, el lugar. No tienen que pasar cosas (aunque a veces pasan, y muchas) sino sugerir el escenario, la puesta en escena, donde las cosas pasan. Es sutil, la diferencia. Es definitivo, el cambio.

Por eso Friedlander gusta de fotografiar mobiliarios vacíos. Butacones sin gente, habitaciones donde todo (aquella camisa, esas sábanas revueltas, incluso la moqueta pisoteada) sugiere la presencia de protagonistas, pero sin verlos. Exquisitez compositiva al máximo, abrumando en ocasiones con la acumulación de distintos elementos. Cada uno su significado, cada cual su significante. Metáforas visuales de potencia extrema, con mensajes en ocasiones difíciles de desentrañar, de aprehender. Desafío al lector de imágenes, que es lo que más gusta a los lectores de imágenes.

En ocasiones juguetea Friedlander con lo abstracto, con trastocar visiones familiares hasta transformarlas en otras cosas. Le pasa, por ejemplo, en algunos de los paisajes que aparecen en esta exposición. Entornos rurales llenos de árboles marchitos, retorcidos como el diablo que se aparece en mitad de los Apalaches. Terrenos baldíos hasta más allá de donde el ojo alcanza. Enfoques diferentes para desiertos que provocan angustia, desazón, en quien los ve. Friedlander se da la mano, entonces, con otro autor seminal de “lo” norteamericano, como es Walt Whitman, para crear un nuevo lenguaje, uno que no surge de la nada, claro, pero que es lo suficientemente distinto a todos los demás como para sentirlo nuevo. Si Whitman dejaba caer neologismos que le brotaban de los dedos en este o aquel verso, Friedlander hace lo propio con los encuadres, con la línea del horizonte, con la reubicación de elementos naturales que, extractados del hábitat donde solemos verlos, acaban por despertar sensaciones diferentes. Reescribir el paisaje mientras escribes con luz…

Le pasa, también, cuando se pone a coquetear con el ámbito más urbano. Él, que empezó a ser conocido gracias a fotos sobre artistas de jazz, muchas de ellas convertidas en portadas de discos o singles. Del Delta a la noche de Nueva York, del blues a los bares de madrugadas. Tiene algo de jazzística la fotografía de Friedlander, con ese gusto por lo improvisado (muchas veces impostada, muchas veces tan perfecta que esconde horas y horas de preparación detrás para susurrar unos segundos, solo unos segundos, de aparente caos), por la estética en ocasiones excesiva, por los mirares que esconden historias. Son, por eso, tan directos sus retratos. Tan profundos. Quizá por lo mismo fue uno de los documentalistas más trascendentes en todo ese momento que podríamos llamar como “lucha por los derechos civiles”. Cuando no todos miraban allí, él se atrevió a ver. Sus imágenes, profundamente humanas, marcaban el tempo de una realidad que aun no está del todo superada en los Estados Unidos.

«… fue uno de los documentalistas más trascendentes en todo ese momento que podríamos llamar como “lucha por los derechos civiles”. Cuando no todos miraban allí, él se atrevió a ver»

Ojo, su obra también hace concesiones al American Way of Life. Lo que pasa es que recuerda en eso a Ramón J. Sender, que a veces alababa ese estilo de vida con frases que a uno le rebrincaban como ironías en el fondo del paladar. Pues con el fotógrafo ocurre algo parecido. Tiene una época (Friedlander no suele hacer series, sino que las series van surgiendo a lo largo del tiempo, en base a similitudes temáticas y de sensibilidad) en la que inmortaliza coches, ese icono del país con carreteras que se vuelven estilos literarios. Pero lo hace con cierta distancia estética, admirado pero no rendido. Fotografía que sirve para publicidad, pero que, en ocasiones, no resulta demasiado publicitaria. O la televisión, alfa y omega, símbolo pero también instrumento, becerro que admira y transmuta a los infieles. La visión que hace Friedlander sobre este objeto-tótem es inquietante, con un punto de desesperanza. Seres sin rostro que están encerrados, presos, en el interior de la pantalla, como si fueran todos ellos niñas de Poltergeist. Habitaciones vacías, huellas del ayer. Historias que han de contarse, pero no, precisamente, por la tele. Estremecen. Son, seguramente, las imágenes más desasosegantes de toda la exposición.

También hay autorretratos. Falsos, ciertos, buscados y presentidos. Autorretratos en los que el autor es reflejo en un escaparate, o sombra sobre el desnudo femenino. La mano del demiurgo emborronando brochazos hasta más allá de su propia imagen. Como hacía Atget en el París de un siglo antes, ese que ya no existe, ese que ya se fue. También, como Atget, los retratos de retratos, las fotos de fotos, el rostro que ha de ser distinto si lo mira una lente a través de otra lente que si lo vemos con un solo vistazo. La creación del movimiento, del mundo, Gadamer con cámara al cuello. O quizá no, quizá le buscamos a Friedlander un trasfondo que no (siempre) tiene. A veces solo juega. Fíjense. Juega. Qué hay más importante de eso. Como cuando inmortaliza a unos turistas observando el Monte Rushmore a través de un cristal, y entonces allí, en los reflejos, sale todo el mundo, y los cuatro presidentes, y el autor, y también quienes miran y son mirados. Al final todo es, supongo, disfrutar.

Solo así se puede capturar el alma de una Nación. Ahora, precisamente, que tanto hemos hablado de ella…

 

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