Hay veranos que parecen escritos por un guionista con sentido del humor. El de 1986, por ejemplo, cuando los príncipes de Gales (Carlos y Diana) decidieron que, por primera vez, iban a veranear en España. Y no en cualquier sitio: en Palma, ese lugar donde la realeza europea se mezclaba con el olor a sal, los barcos de recreo y una luz mediterránea que no entiende de protocolos. Era el tipo de escenario donde Lady Di, con su mezcla de timidez y magnetismo, parecía iluminar incluso los muros de la Almudaina.

Diana Spencer ya era, por entonces, un fenómeno global. Una mujer que había entrado en la familia real británica como quien se adentra en un cuento de hadas sin saber que el castillo tiene sótanos. Su historia, vista desde hoy, tiene algo de tragedia griega: una joven que encarnaba la inocencia pública mientras lidiaba con tormentas privadas. Todos sabemos cómo terminaría su vida, en aquel túnel de París que se convirtió en símbolo de una época que se rompía. Pero en 1987, en Palma, Diana aún era la princesa luminosa, la que hacía que los fotógrafos se pelearan por un ángulo y que los tabloides británicos se desmayaran de entusiasmo.

«Los periodistas ingleses. Aquellos profesionales que parecían haber sido entrenados en un campo militar donde, en lugar de armas, se manejaban cámaras y micrófonos…»

Y ahí entra la parte más divertida: los periodistas ingleses. Aquellos profesionales que parecían haber sido entrenados en un campo militar donde, en lugar de armas, se manejaban cámaras y micrófonos. Llegaron a España como si desembarcaran en Normandía, dispuestos a capturar cada gesto, cada mirada, cada posible drama matrimonial. Su estilo era… digamos… enérgico. Una mezcla de insistencia, velocidad y ese tono ligeramente agresivo que hacía que los periodistas españoles los miraran como quien observa una especie exótica.

Los españoles, por contraste, parecían casi poéticos: más tranquilos, más pacientes, más de esperar a que la noticia ocurriera en lugar de perseguirla como si fuera un animal salvaje. Mientras los británicos corrían por el puerto como si estuvieran en una misión secreta, los españoles tomaban notas con calma, quizá pensando que, al fin y al cabo, los príncipes también tenían derecho a respirar. La escena era casi cómica: los ingleses gritaban preguntas como si estuvieran en un mercado de pescado, y los españoles respondían con un “bueno, ya veremos” que desconcertaba profundamente a la prensa extranjera.

Palma, por su parte, se convirtió en un escenario perfecto para la comedia involuntaria. Los turistas se preguntaban si era normal ver a la futura reina de Inglaterra paseando por la bahía. Los locales fingían indiferencia, aunque todos sabían exactamente en qué hotel se alojaban y a qué hora salían a tomar el sol. Y los príncipes, que venían buscando descanso, encontraron un país que los recibía con una mezcla de curiosidad y simpatía. Lady Di, siempre elegante, parecía moverse con una naturalidad que desarmaba incluso a los más insistentes. Había en ella una mezcla de vulnerabilidad y fuerza que hacía que cualquier gesto pareciera significativo. Carlos, más rígido, más consciente del protocolo, caminaba como si cada paso estuviera siendo evaluado por un comité invisible. Diana, en cambio, parecía disfrutar del Mediterráneo con una libertad que en Londres nunca terminaba de encontrar.

«Lady Di parecía moverse con una naturalidad que desarmaba incluso a los más insistentes. Había en ella una mezcla de vulnerabilidad y fuerza que hacía que cualquier gesto pareciera significativo»

Y aquí llega la parte melancólica, esa que nos recuerda que el tiempo pasa sin pedir permiso. En aquella época, todos éramos más jóvenes. Algunos ni siquiera habíamos nacido. Palma era distinta, España era distinta, y el mundo también. No existían los móviles, ni las redes sociales, ni la obsesión por documentarlo todo. Las fotos se hacían con carrete, los rumores viajaban más despacio y la realeza aún conservaba un aura que hoy parece casi arqueológica.

Mirar hacia atrás tiene algo de dulce y algo de triste. Dulce porque recordamos una época en la que el verano parecía durar más, en la que las noticias tenían un ritmo humano y en la que Lady Di era un símbolo de luz. Triste porque sabemos cómo terminaría su historia, y porque entendemos que aquel verano en Palma fue uno de esos momentos en los que el mundo parecía más inocente de lo que realmente era.

Y entonces llegó el momento que, cuarenta años después, sigue siendo una anécdota deliciosa. Diana, rodeada de fotógrafos británicos alineados como si fueran un ejército en formación, miró a su alrededor, observó la escena y preguntó con total naturalidad:

“¿Cuál es el fotógrafo del Hola?”

La pregunta cayó como una piedra en un estanque. Los ingleses se miraron entre ellos, desconcertados. Los españoles sonrieron. Y el Mediterráneo, que siempre ha tenido sentido del humor, pareció brillar un poco más. Porque en esa frase había una verdad simple y contundente: en España, incluso para una princesa, el Hola era (y sigue siendo) una institución.