En Toledo, el 23 de noviembre de 1221, nacía Alfonso, hijo de Fernando III, rey de Castilla y León, y de Beatriz de Suabia. El 1 de junio de 1252, tras la muerte de su padre, fue coronado rey, pasando a la historia con el nombre de Alfonso X el Sabio.

Este año se conmemora por tanto el VIII centenario del nacimiento de un hombre culto, astrónomo, poeta, cronista y legislador que fue decisivo para nuestro devenir histórico.

A él se debe la consolidación del castellano como lengua nacional. Suya es la fundación de la Universidad de Salamanca, por real cédula que utiliza, por primera vez en Europa, el término Universidad. Suyo el desarrollo poblacional de Castilla novísima (Andalucía occidental) o del reconquistado reino de Murcia. Suyas las Cantigas, sin precedentes en la música medieval de Occidente… Y suya es la promulgación de Las Siete Partidas.

Las Partidas, o Libro de las Leyes, son la obra cumbre de la labor legislativa de Alfonso y su génesis obedece al deseo de renovar y unificar la normativa de los reinos.

Redactadas en castellano, constan de un prólogo, que desarrolla el objeto de la obra, y siete partes o libros, llamados partidas, dedicado cada uno a un asunto concreto. Tuvieron vigencia en España y América latina hasta el siglo XIX, lo que da idea de su relevancia jurídica y social.

Por razones personales, quiero detenerme en la Séptima Partida y, concretamente, en su Título XXI –De los que fazen pecado de luxuria contra naturam– donde queda perfilada la homosexualidad como un crimen social.

Dedicada a los delitos y al procedimiento penal, la Séptima define sodomítico como el «pecado contra la naturaleza y la costumbre natural cometido por hombres entre sí» y avisa a «todos los hombres para que se guardaran contra esta maldad, pues es un pecado que da origen a muchas y desastrosas calamidades sobre la tierra, tales como el hambre, la pestilencia y el tormento».

Onde tomo este nome el pecado que dize sodomitico, e quantos males vienen del. Sodoma, e Gomorra fueron dos ciudades antiguas pobladad de muy male gente, e tanta fue la maldad de los omes que bivian en ellas q[ue] porq[ue] usavan aq[eu]l pecado q[ue] es contra natura, los aborrecio nuestro señor dios, de guisa que sumio ambas las ciudades con toda la gente que hi moraba […]

Se trataba de un delito muy grave que debía ser denunciado y que acarreaba una pena acorde a esa gravedad: la muerte.

Cada uno del pueblo puede acusar a los omes que hiziessen pecado contra natura, e este acusamiento puede ser hecho delante del judgador do hiziessen tal yerro. E si le fuere provado deve morir: tambien el que lo haze, como el que lo consiente […]

Sodomítico.

Sodoma y Gomorra. La encarnación del vicio sobre la tierra. Las ciudades destruidas por Dios, a fuego y azufre, cuyo recuerdo dio nombre al pecado nefando y que son ejemplo de cómo hacer con los desviados.

Porque, acorde a la cultura de la época, en aquellos días nadie se cuestionaba que pudiera haber orientaciones sexuales distintas a la heteronormal. Había santos y pecadores y nada más. Parece que tampoco había lesbianas, pues ni se insinúan en el texto. Era, per se, un yerro propio de hombres, de «esos hombres» a los que se podía perseguir y matar con la conciencia tranquila dado que, eliminándolos, se estaba haciendo el bien.

Se explica así que la norma fuese incorporada, de forma sistemática, en las sucesivas reformas legales. Al fin y al cabo, había que hacer lo preciso para garantizar que los actos contra natura no contaminasen y pervirtieran a toda la ciudadanía.

Con estos mimbres jurídicos, no es de extrañar que denunciar y perseguir al gay haya sido lo normal en nuestro país. Sí sorprende más que, 800 años después del nacimiento del Rey Sabio, cuando el enfoque legal ha cambiado, cuando no se habla de patología y se ha reformado el matrimonio, la homofobia prospere, tan vigorosa, en los mentideros de villas y cortes y que lo haga con una argumentación que no ha cambiado, en esencia, a lo largo de los siglos.

La irrupción de la ultraderecha, tan deseada por las izquierdas, ha desnudado una realidad que usa la violencia contra lo no normativo como herramienta de trabajo y que deja un rosario de agresiones cuasi cotidianas.

La sociedad no ha evolucionado tanto como pensamos. Al menos sobre ciertos temas y en ciertos ambientes. Para muchos, Sodoma y Gomorra siguen mereciendo el fuego sagrado, convencidos como están de lo honorable que es combatir la homosexualidad para evitar grandes males, si no de hambre, pestilencia y tormento, sí de daño social irreparable.

Cosmopolita, el Rey Sabio impulsó la modernización del estado, escribió las Cantigas, unificó  leyes… y condenó a miles de personas por sentir diferente.

Pero era el siglo XIII, cuando se creía que las coles de Bruselas ocultaban pequeños demonios y que la sangre de los gladiadores era un buen remedio para la epilepsia. Hoy nuestros conocimientos han cambiado y hasta las propias concejalas de Vox se aprestan a contraer matrimonio con otra mujer y a vivir el amor sin los corsés del oscurantismo.

Celebremos el VIII centenario del nacimiento de Alfonso y lo que supuso para la construcción de España. Pero que este hito sirva también para recordar a la sociedad, y a quienes todavía viven en la Baja Edad Media, que la homofobia es, más allá de un delito de odio, hija de la incultura, la ignorancia y la necedad.

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