Al final de la cuesta hay algo. Allí, donde el asfalto deja de mirar al cielo para hundirse más allá de la línea del horizonte. Donde tus jadeos tornan suspiros, donde el pulso se desencabrita lentamente. Ahí, justo ahí. A la derecha del camino. Una imagen, pequeña, apenas treinta o cuarenta centímetros de alto. Sobre una especie de altar. En el suelo, frente a ella, objetos. Botellines, medallitas, monedas, flores secas. La imagen de la Virgen observa, muda, a todos los ciclistas que coronan aquel puerto.

«En los tiempos más duros en que Colombia no parecía Colombia, la Vuelta ayudó a que todos sintiesen algo (al menos algo) como una ilusión compartida)»

En la cima de muchos pasos colombianos hay imaginería religiosa. La misma que santifica el lugar, que lo convierte en algo supratelúrico. La Santísima Trinidad. Religión, hombre y montaña. O bicicleta. Porque allá la cicla es casi sagrada, casi un objeto a venerar como si de la reliquia de un santo se tratase. Desde hace más de medio siglo. Y continúa.

La culpa fue de ella, la culpa fue de él. Ella es la Vuelta a Colombia, la gran ronda nacional, que se disputa cada año desde 1951, nada menos. Cuando apenas había carreteras más allá de las grandes ciudades, cuando buena parte de la geografía salvaje, viva y ciclópea del país estaba escondida por entre los pliegos de los mapas. En aquel entonces la Vuelta actuó de catarsis, mostró a muchos colombianos (mostró con palabras, con sonidos, con olores, imágenes y aplausos) la inmensidad de su país. De las montañas andinas a la selva húmeda, del altiplano gélido hasta los páramos del cafetal. De tantas, una. En los tiempos más duros en que Colombia no parecía Colombia, la Vuelta ayudó a que todos sintiesen algo (al menos algo) como una ilusión compartida).

Él se llamaba Efraín. Efraín Forero Triviño. Solo que todos le llamaban Indomable Zipa. Lo de indomable se explica solo, y cuadra a la perfección con el espíritu rebelde, contestatario, de este hombre enorme. Zipa por ser de Zipaquirá (como Egan Bernal, o Egan Bernal como él), por haber existido allí, antes de la conquista, una figura de poder que llamaban el Zipa. El valle de El Dorado. El de las riquezas sin fin. Fue Forero quien se empeñó en que aquello de la Vuelta podía ser posible. Vamos, si ellos fueron capaces, por qué no nosotros. Los italianos, los españoles, los franceses. Sí, por qué no, qué nos lo impide. Y para demostrarlo se hizo él solo, de una sentada, las dos primeras etapas de lo que más tarde sería la Vuelta a Colombia en Bicicleta. Lo seguía un camión que transportaba a miembros de la Federación Colombiana de Ciclismo. Solo que el chófer se niega a continuar cuando afrontan el ascenso al Alto de Letras, nada menos que 3677 metros sobre el nivel del mar, 80 kilómetros de áspera subida. Yo por ahí no paso, pero han visto qué quebradas, qué barrancos. Pero él sí. Él, Efraín Forero, el que va en bici. Den un rodeo, espérenme en el otro valle. Lo hacen. Y llega. Agotado, con costra de barro recubriendo sus piernas. Pero llega. Todo ha comenzado, porque todo podía comenzar.

«Fue Forero quien se empeñó en que aquello de la Vuelta podía ser posible. Vamos, si ellos fueron capaces, por qué no nosotros. Los italianos, los españoles, los franceses. Sí, por qué no, qué nos lo impide»

Desde entonces Colombia ha tenido una relación especial con su bicicleta. Tanta que en 1984 el Gobierno de la Nación reconoció al ciclismo como elemento de especial interés dentro del deporte cafetero. Fue después de que Martín Ramírez le ganase la Dauphiné Libéré a Bernard Hinault, en una de las actuaciones más asombrosas que se recuerdan. Un amateur venciendo la segunda carrera más prestigiosa de Francia (ahí, ahí con Niza), a todo un conquistador de cuatro Tours, a uno de los más grandes pedalistas de siempre. Realismo mágico.

Es una inmersión absoluta. En las vidas, en los tiempos, en los relatos individuales que se vuelven componentes genéricos. En Colombia resultaba fácil, aun lo sigue siendo, identificarse con los grandes campeones de la bicicleta. Porque eran humildes, porque habían empezado su carrera como repartidores en las grandes ciudades, porque hacían todas las mañanas docenas de kilómetros para llegar hasta la escuela. La cicla era no solamente un instrumento para escapar de las condiciones difíciles, sino, sobre todo, un eje que une a todos, al campeón y al aficionado. Si él pudo, yo también, y si yo no puedo al menos podré verme reflejado en sus brazos al aire mientras cruza la meta como vencedor. Aquel que cruza el Atlántico para mostrarles a los europeos que acá también sabemos pedalear. Y que en las montañas vamos incluso más rápido que ellos.

«En Colombia resultaba fácil identificarse con los grandes campeones de la bicicleta. Porque eran humildes, porque hacían todas las mañanas docenas de kilómetros para llegar hasta la escuela»

Y luego está lo otro. La sensación casi sacra. La de domar la geografía, la de intentar alcanzar el cielo. La cicla que a todos lados llega, que compone figura reconocible, familiar, para cualquier habitante de Colombia. Casi, casi mártir sobre pedales. De nuevo la religión. Otra de las religiones. Ídolos laicos, quizá, santos reconocibles. Iconos para guardar en casas.

Colombia es la nación que adora al ciclismo.

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Marcos Pereda (Torrelavega, 1981) es escritor profesor. O al revés. Ha publicado "Arriva Italia" (Popum Books, 2015) y "Periquismo. Crónica de una pasión" (Punto de vista, 2017). También asoma la cabeza por medios de comunicación, de los mainstream y de los raros. A veces le han dado algún premio, pero tiene mala memoria para esas cosas. Le gustan el café y las tildes diacríticas.

1 Comentario

  1. Muy buena radriografía de la pasión y el amor por este hermoso deporte que nos hace sentir la belleza de Colombia.. Felicidades Marcos..

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