«El amor siempre es necesario porque el amor construye al artista. Nada es más dulce que el amor, nada es más fuerte nada es más alto, nada es más amable, nada es más pleno, nada es mejor.»  Henry Matisse.

Estas palabras de Henry Matisse escritas al final de su vida están inspiradas por la amistad tan peculiar que mantuvo con una joven, que fue primero su enfermera, después su modelo y cuando profesó como monja dominica se convirtió en su compañera espiritual.

En general Matisse había tenido toda su vida una salud bastante delicada, en 1918 sufrió una bronquitis que le mantuvo mucho tiempo en reposo en un hotel en Niza. En 1941 se le diagnosticó un cáncer de duodeno por el que se tuvo que someter a una intervención quirúrgica muy compleja. El periodo postoperatorio fue extremadamente delicado para su salud porque padeció dos embolias pulmonares que prolongaron durante dos meses su estancia en el hospital y después padeció una gripe muy grave que le llevo a estar confinado durante tres meses en el hotel Regina en Cimiez . Además, como secuela de la cirugía se le produjo una hernia intestinal que le impedía levantarse de la cama durante mucho tiempo, por eso en esta época Matisse comenzó a trabajar tumbado pintando con ayuda de una pértiga con un pincel atado en su extremo y cambió los pinceles por los recortes de papel de color para poder realizar sus obras sentado en una silla de ruedas. Y fue precisamente en este periodo tan difícil de su vida cuando conoció a Monique Bourgeois.

La joven tenía apenas veinte años, a los diez y ocho había entrado en la escuela de enfermeras, pero había tenido que abandonar sus estudios por padecer tuberculosis. Su padre había combatido en la gran guerra y la familia se había refugiado en Niza. En plena segunda guerra mundial los alimentos en Niza escaseaban y la familia de Dominique pasaba muchas estrecheces económicas.

Es entonces cuando la joven encontró un anuncio en el periódico local que decía:

El pintor Henry Matisse solicita una enfermera de noche. Es necesario que sea joven y bella”

En su deseo de ayudar económicamente a su familia Dominique respondió al anuncio, pensando que, con su rostro armonioso, su larga cabellera negra y sus grandes ojos negros quizás sería lo suficientemente bella como para poder conseguir el trabajo. Al pedir información sobre el puesto le dijeron que era para cubrir una suplencia de otra enfermera, añadiendo:

Preséntese en el hotel Regina, pregunte por la señorita Lidia, que le dirá en qué consistirá su trabajo. ¿Por cierto, ha oído usted alguna vez hablar de Matisse?

Dominique bajando los ojos, dijo que no, añadiendo también que no era enfermera, porque tan solo había cursado el primer año de los estudios de enfermería. “No diga nada “le dijeron en la agencia. Ella preguntó: ¿Cuánto tengo que pedir por noche? Le respondieron Pida cien francos y negocie con su secretaria.

Finalmente, con un poco de recelo, Dominique aceptó la oferta de trabajo y se dirigió al hotel Regina, donde tenía su residencia Henry Matisse pensando que iba a cuidar a un pintor y que quizás eso podría ser peligroso para alguien tan joven como ella, ya que tendría que estar durante mucho tiempo sola con el enfermo, y pensaba que los pintores  eran gente de vida poco ordenada. No sabía que Matisse tenía entonces setenta y tres años y tampoco que era uno de los pintores más famosos de Francia.

Así el 26 de septiembre de 1942 Dominique tomó el tranvía para Cimiez donde estaba el gigantesco y elegante hotel Regina, y subió en el ascensor hasta la suite del tercer piso, al llamar a la puerta le abrió una mujer joven, rubia de tez pálida, era Lidia la secretaria de Matisse, que le informó en qué consistiría su trabajo:

“Deberá prepararle una tisana al maestro a medianoche, por la mañana ayudarle en su aseo, masajearle, obedecer a sus demandas y leerle el libro que el elija en caso de insomnio

A continuación, Lidia la condujo a la habitación del pintor. Matisse estaba en pijama tendido en una cama de hierro con un gorro de noche en la cabeza, y de lejos le pareció una especie de gran duende silencioso con gafas redondas. En la habitación había un canapé con un pequeño biombo donde ella podría descansar. Al comenzar la noche, mientras Matisse dormía con un sueño agitado, en la inmensa suite del lujoso hotel, Dominique comenzó a escuchar ruidos extraños de puertas que se abrían y cerraban, y mirando debajo de la cama vio decenas de hojas con dibujos extraños de rostros o de flores  que le asustaron un poco, y sintiéndose perdida en una especie pesadilla acercó su sillón a la cama del enfermo quedándose dormida. Alrededor de las tres de la mañana Matisse se despertó y le pidió que le leyera un texto de un pequeño libro que estaba en su mesilla de noche, eran los sonetos de Ronsard.

Después de esta primera noche, Dominique comenzó a familiarizarse con la habitación de Matisse, con las obras de arte que había por todas partes, con el olor a trementina, con el filodrendo gigante y los miles de objetos orientales que el pintor tenía en su taller para poder trabajar. Poco a poco el pintor y su joven enfermera comenzaron a conocerse y hablar entre ellos con gran intimidad, de sus inquietudes, de sus familias, Matisse le hablaba de sus nietos, de su mujer Amalia, de sus viajes a Marruecos y a Tahití, y poco a poco Dominique se convirtió para Matisse en una especie de ángel nocturno, creándose un vínculo muy cercano entre la joven y anciano pintor.

También Dominique fue capaz de crear una relación muy próxima con Lidia, su secretaria, que se daba cuenta de que la joven enfermera estaba haciendo que el maestro regresara de alguna manera a su actividad cotidiana después de padecer tantos inconvenientes de salud. Dominique era joven, espontánea, viva, sonriente y sobre todo el anciano pintor la trataba con tal delicadeza, que incluso en ocasiones se excusaba ante ella cuando al trabajar se le escapaba alguna palabra malsonante.

Durante las noches de insomnio Henry y Dominique conversaban sin cesar y el artista comenzó a apreciar la frescura, la paciencia y naturalidad de la joven que le cuidaba por las noches.

Una mañana después del aseo, el pintor la llevó a su taller y mostrándole una de sus telas le preguntó:

“Y bien ¿qué piensa usted de esto?

Dominique se calló, y él le preguntó de nuevo:

«¿No le gusta?»  A lo que ella le respondió:

” Señor, perdóneme, los colores me gustan, pero las formas son horribles”  

Matisse en lugar de enfadarse, exclamó encantado:

“Que contento estoy de su opinión, si le hubiese preguntado a cualquiera me habrían dicho: Querido maestro, es encantador, solo usted me ha dicho lo que de verdad piensa, por eso la adoro.”

Al cabo de una veintena de días la enfermera a la que sustituía Dominique regresó y la joven tuvo que irse. Dominique que estaba exhausta y enferma de tuberculosis en cierto modo agradeció poder volver a descansar por la noche. Y los informes que Lidia dio a la oficina de empleo de enfermería sobre su trabajo lograron que Dominique pudiera conseguir una beca para terminar sus estudios de enfermería en el curso que comenzaba en octubre siguiente.

Pero mientras estudiaba cada jueves a medio día Dominique recorría en bicicleta la distancia entre la escuela de enfermería y el hotel Regina y paseaba por la playa con Matisse, que apoyado en su brazo le hablaba de cómo los árboles, se habían convertido en sus grandes amigos al pintarlos, o de como la forma se unía con el color en las flores, y también de como cambiaban con la luz los colores del mar, y Dominique disfrutaba  muchísimo al poder compartir tan de cerca las ideas creadoras del pintor.

Un miércoles de finales de noviembre, de forma totalmente inesperada Dominique recibió una llamada telefónica de Matisse para decirle:

“¿Señorita podría venir usted mañana a medio día para hacer una sesión de posado para mí? La pagaré desde luego”  

Dominique que había visto a las modelos en el estudio del artista posando desnudas o en posturas poco recatadas, pensó que, aunque por edad el pintor podría ser perfectamente su abuelo, ella sería incapaz de posar para él como lo hacían las otras modelos.

Matisse, que ya conocía muy bien su carácter, disipó sus dudas al decirle:

 “Desde luego no voy a pedirle que se desnude”

a lo que Dominique sonriendo, respondió

“Claro que no, sé que usted nunca me lo pediría“, y rápidamente le contestó:

Cuente conmigo”.

Al llegar ese mediodía al taller, Lidia la ayudante de Matisse, la llevó a una habitación donde guardaban la ropa que se ponían las modelos para posar, vistiéndola con una blusa muy larga y escotada y un cinturón rojo, y adornándola con un collar y brazaletes de latón dorado. Cuando Matisse la vio, exclamó “no está mal” y Dominique posó para él en inmovilidad absoluta, y aunque se moría de ganas de hablar con él, no dijo una sola palabra durante dos horas para no molestar al artista en su concentración.

Después de posar para él Dominique preguntó a Matisse:

«¿Por qué me ha elegido modelo, yo no soy guapa ni singular» A lo que el pintor le contestó:

“Cree que la única belleza que existe es la griega? Lo que yo busco es el volumen, la expresión, su frente espléndida como una torre, sus cabellos negros, el ovalo de su cara, la expresión de su mirada, sus largos brazos, todo en usted está lleno de vida

Mientras posaba para él Dominique se daba cuenta de que para este anciano pintor enfermo estar al lado de una persona joven como ella volvía a despertar en el las ganas de pintar y a la vez podía sentir como se creaba entre ellos una comunicación profunda y misteriosa, una especie alquimia fascinante en la que el ojo y la mente del pintor al retratarla se adueñaba de su figura y también de alguna manera de todo su ser, estableciéndose una comunicación muy intensa y espiritual entre ellos.

Así Dominique inmersa en este ambiente artístico al observar trabajar al pintor comenzó a realizar ella también algunas xilografías y de forma reciproca Matisse comenzó a introducirse en el mundo espiritual de Dominique, que ya estaba valorando su vocación religiosa, y cuando Matisse no podía dormir comenzaba a recitar oraciones, sintiéndose cada vez más cerca de su nueva modelo, siendo consciente de que el intentar captar en el lienzo la luz interior que irradiaba hacía que su vejez resultase cada vez más reconfortante.

Pero las condiciones de vida cambiaron para ambos, Dominique terminó sus estudios de enfermería y Matisse abandonó el hotel Regina para instalarse en una villa en el campo, cerca de Vence.

También en esta época Dominique muy segura de sí misma por fin decidió seguir su vocación religiosa e ingresar como novicia en las hermanas dominicanas de Monteils.

Y cuando lo hizo quiso comunicárselo enseguida a su amigo Matisse y fue a visitarle a su villa de Vence, pero al decirle que abandonaba la vida mundana, el arte y la belleza para dedicarse a Dios, Matisse se enfureció y muy decepcionado le dijo:

“Yo querría que usted trabajara el dibujo, tiene disposición para el arte, va a perder su propia vida, por favor reflexione, yo le pagaré lo que me pida, la necesito a mi lado para poder continuar mi obra” .

Ella emocionada, pero inmutable en su decisión le contestó:

“Señor, yo no olvidaré nunca todo lo que ha hecho usted por mí, todo lo que me ha ofrecido, todo lo que he aprendido a su lado, pero le dejo, rezaré mucho por usted”

Monique Bourgeois entró en el monasterio el 6 de marzo de 1944 profesando monja dominica con el nombre de Jacques Marie.

Y en esta época Matisse en cierto modo perdió esa alegría que siempre caracterizó su pintura, porque su joven musa había desaparecido.

Después de bastante tiempo de no saber de Matisse, la ya hermana Jacques Marie, recibió un día en el convento una carta del pintor tan llena de ternura y sinceridad que la conmovió en lo más profundo, en ella le decía .

“Tenía muchas ganas de escribirla, pero no sabía cómo, ahora estoy muy lejos de su vida actual, pero toda mi creación está inspirada por fuerzas espirituales, usted conoce como trabajo, y ahora cuando lo hago es sobre todo para poder contemplar la obra del Creador, para buscar en ella a través su mano la belleza del color y de las formas y eso se lo debo solo a usted. ¿Dibuja usted ahora? ¿Y su salud? Sepa que tiene todo mi respeto y que deseo ardientemente que sea feliz en esta vida que ha elegido. No me olvide en sus oraciones.”

Junto a esta carta Matisse adjuntaba un cheque de 500 francos para las religiosas. Después de esto, de nuevo Matisse y la ya religiosa dominicana Jacques Marie se reencontraron logrando una unión espiritual aun más estrecha. Ella continuaba siendo alegre, curiosa y siempre cómplice con el pintor pudiendo hablar con él como lo había hecho siempre, usando un lenguaje autentico y espontáneo.

Un día la hermana Jacques María le dijo a su amigo Henry que en su convento de Vence tenían que celebrar la misa en un pequeño y desvencijado garaje con goteras en el techo y que soñaban con construir una capilla nueva en la vieja sacristía del convento. Entonces ella misma se atrevió a mostrarle un pequeño dibujo coloreado que había realizado de nuestra señora de la Asunción para una vitrina de la capilla, que impresionó mucho a Matisse. La religiosa, quizás arrepentida por habérselo enseñado volvió a guardar su dibujo en el bolsillo sin hacer más comentarios. Pero cada día que volvían a verse, su amigo Henry Matisse le preguntaba con insistencia: ¿Y la vitrina?. Pero ella le daba respuestas evasivas.

Finalmente, por el empeño de Matisse y la labor de la hermana Jacques Marie con la comunidad dominicana se construyó la pequeña capilla en el convento de Vence, que sería  la última gran obra de Matisse, en la que el artista puso toda su inspiración y todas su capacidades.

Tras cuatro años de intenso trabajo el 25 de junio de 1951 la capilla fue inaugurada y bendecida por el arzobispo de Niza. Matisse veía en ella “el fiel retrato de un libro abierto”.  Cuando el artista la visitó por primera vez al ver sus vitrinas tan llenas de luz y de color, exclamó: “Siento que aquí está todo lo bueno que hay en mí, lo que tenía cuando era niño, eso que tanto trabajo me ha costado guardar dentro de mi durante toda mi vida “

Y es en las vidrieras de esta pequeña capilla de Vence donde culmina la obra de Matisse, porque en ella el artista no solo cumple con su deseo de unir la forma con el color, sino que su arte alcanza el grado máximo de espiritualidad, inspirado por su amistad con Dominique Bourgeois, una mujer muy joven que comenzó siendo su enfermera, después su modelo, y  que al convertirse en la hermana Jacques Marie, fue su amiga espiritual más cercana hasta el final  de su vida.