La vida es como una manzana que va pudriéndose en el bolsillo. Una amiga de mi madre dice que mi aspecto externo, lozano y saludable, indica que todavía estoy de buen ver, que tienen que sucederme cosas bonitas, que aún queda espacio en mi interior para que me sorprenda. Suele decirme esas lindezas cuando nos cruzamos por la calle. Me agarra los mofletes, me toca el culo para indicar que mantengo las carnes duras y me sonríe maliciosamente. Esa mujer no ha sufrido nunca y, cuando lo ha hecho, no ha aprendido a reírse a la cara del sufrimiento, por lo que no me interesa su opinión. Es incapaz de leer entre líneas y piensa que unos ojos centelleantes son sinónimo de felicidad, cuando simplemente chisporrotean de tanto llorar y de la cara de asco que se me pone al caer en la cuenta del coluvie que me circunda. Hace mucho que no lloro, al menos como la gente suele hacerlo, como se ve en las películas, como cuando se corta cebolla, se gradúa tu hijo o tu equipo gana la Liga. Ni de pena ni de emoción, ni de alegría ni de angustia. Es como si llorase hacia dentro, se me hincha la tripa y se me pone enorme, parece que estoy de siete meses, incluso me miro en el espejo de perfil y me desternillo de lo que veo. Al morirme de risa, lloro más y la barriga se hace más grande. Entonces me pedo, pero no son flatulencias de gas, son lágrimas que mojan el calzoncillo, sueños húmedos del tracto intestinal sin un ápice de placer sexual. Delante del espejo voy viendo como la tripa va volviendo a su estado original, como un globo que se desinfla. Ahora es el suelo el que está lleno de lágrimas, pero me da pereza coger la fregona y limpiarlo, quizá hasta sirven de barniz para el parquet.

La manzana que llevo en el bolsillo está podrida y desprende un singular tufillo a tubería. Como mis pedos no huelen porque están hechos de lágrimas que resbalan por mi entrepierna, es la manzana la que hace su papel emitiendo su hedor. Además, cuando la cojo entre las manos, las larvas que anidan en su interior se cuelan por mis nudillos. Me encanta esa sensación de los gusanos yendo de un dedo a otro. De vez en cuando me como uno. Debería freírlos y dárselos de cena a la amiga de mi madre. Que se joda, que se le metan entre las encías o en la tráquea como una solitaria. Los endulzaría con compota de manzana agridulce. Yo no sé cocinar, es una receta barata que leí hace poco en la peluquería paquistaní donde me cortan el pelo. De hecho, me alimento a base de comida basura, jamás he hecho ejercicio y me drogo. Quiero acelerar el recorrido y que el ocaso llegue lo antes posible, pero debo de tener algo de Reina Madre porque cada vez tengo mejor aspecto. Quizá si optase por el veganismo y matarme en el gimnasio terminaría antes. Cada vez leo más casos de deportistas a quienes ha dado un infarto mientras dormían. Al cuerpo humano le va lo duro, lo tengo comprobado, está hecho para subsistir en condiciones durísimas, lo que pasa es que actualmente nos idiotizan con peroratas de dieta sana que acaba por convertirse en insana. Puestos a elegir entre brócoli o crack, el metabolismo lo tiene claro. Lo mismo sucede con el alimento del alma: ¿felicidad o tristeza? Lo primero cansa, aburre, es una falacia de las grandes superficies agrandada desde que Teresa Gimpera nos vendía lavadoras en los sesenta con la escopeta de los grises como compañero en la sombra. Lo segundo es mucho más interesante. Salir a la calle y tener ganas de coger una recortada emulando a Michael Douglas en Un día de furia está a años luz de la tranquilidad, ficticia, que proporciona disfrutar por enésima vez de Sonrisas y lágrimas.

A la amiga de mi madre me gustaría hablarle sobre los vacíos existenciales. Esa señora tan anodina no sabe pensar y cree que vivir es fácil. Nunca ha tenido curiosidad por explorar más allá de los límites seguros de su existencia. Me consta que es feliz con el chalet en las afueras y la paella de los domingos. Convive con un señor de edad indefinida al que asegura amar y que se excita oliendo las bragas tendidas de la vecina de 14 años y en un cuarto oscuro con un seminarista bien dotado.

Con el tiempo van multiplicándose los vacíos. Cuando eres joven los días están repletos de sentido, cada paso que das en la vida abre una nueva posibilidad. Debe de haber excepciones, como la amiga de mi madre. No pienso que sus días estuviesen repletos de sentido a los 20 años. Con el transcurrir de los años te das cuenta de que los pasos aislados ya no cuentan, sino el camino recorrido. La vida adquiere un matiz abstracto porque se piensa en ella precisamente en términos abstractos: la familia, la carrera, los amigos, el futuro. Temas que antes no te preocupaban empiezan a cobrar un significado enorme. Te despiertas por la noche, sudoroso y temblando, pensando en la muerte, en que dentro de no mucho tiempo quienes están a tu lado habrán desaparecido y tendrás que gestionar tu vida sin ellos. Te plantas en la mitad del sendero con la sensación de que la existencia no consiste en vivirla, sino en deslizarse por ella. La faena es que nunca has contado con un buen trineo y jamás has tenido el valor de asomarte al precipicio de la montaña. Envejecer no es algo bonito, ni bueno ni alegre, es una putada, una treta del destino. ¿A quién le gusta ver que esa manzana un día estará putrefacta y no servirá ni como abono? Quizá a la amiga de mi madre. Por cierto, ¿cuál es su nombre? Su marido no lo mencionó cuando estaba dándome por culo.

Como dijo Borges, estás solo y no hay nadie en el espejo. Esto me lleva a preguntarme cuándo se convierte la vida en una biografía irreversible. ¿Se puede echar marcha atrás en algún momento? ¿Se puede lanzar una semilla de esa manzana en una maceta de la terraza y esperar que germine? Si se teme al mañana es porque no se sabe construir el presente y, cuando no se sabe construir el presente, uno se dice a sí mismo que podrá hacerlo mañana y entonces ya está perdido porque el mañana siempre termina por convertirse en hoy. Y ese hoy, la mayoría de las veces, está lleno de podredumbre por los errores cometidos en el pasado porque la manzana está llena de bilis.

Alguien dijo que vivir es simple, pero ser simple es difícil. Debería hablar con la amiga de mi madre para que me proporcionara la fórmula mágica. Lo sé, no soy la alegría personificada, ya me perdonarás, es que me emociono y por mi boca sale de todo. Alguien lee esto y se tira por la ventana o piensa que soy un gilipollas. Ambas cosas son posibles. Tírate por la ventana insultándome en el recorrido del alféizar al suelo o deja una nota encima de la mesilla de noche: g-i-l-i-p-o-l-l-a-s. Me habrás echado la culpa a mí y el Vaticano te perdonará, no lo considerará suicidio en primer grado. Puedes incluso poner mi nombre y dirección, a lo mejor me desgravan en la declaración porque hoy en día todo cuenta. Quizá te parece torticero que hayas sido tú quien termine yéndose, matándose para no andarnos por las ramas, y encima lanzándose por la ventana, un modo tan poco romántico de morir, muy de extrarradio. Debe de ser muy desagradable que tu madre se asome y vea tus sesos desperdigados, en especial cuando ella nunca fue de casquería. Es injusto. El deprimido y el que está harto de todo soy yo y, sin embargo, sigo vivo. Pero es que no soy buena persona y me va la marcha. Ahora, al saber que te has matado por mí, tengo más motivos para no cambiar y regodearme en la mierda. E incluso me da alas para buscar nuevos inconscientes que acepten mi discurso victimista y me chupen el culo. Te envidio. La muerte es la única novedad permanente, lo demás ya está inventado y lo tenemos en las librerías, simplemente lo verbalizamos de otro modo. Hay veces que tengo la impresión de que he traspasado los límites de la realidad, confundiéndola con la ficción. Antes me daba pánico compartir mi privacidad y mis sentimientos con los demás, ahora necesito hacerlo para intentar redimirme. La intimidad es un cuento inventado por cuatro locos para que tengamos que comernos las penas a solas.

Si tememos al mañana, no vivimos el presente, el futuro lo hemos borrado y tú te has lanzado de un séptimo piso insultándome en esos tres segundos que transcurren desde que tus pies levitan hasta el tan onomatopéyico chof en el suelo, ¿qué es lo que queda entonces? La nada, una gran manzana podrida en el bolsillo.

Tranquilos, haré compota para todos. Estará podrida y tendrá gusanos, pero os provocará una diarrea de campeonato que, al menos, eliminará parte de vuestras lorzas. No hay mal que por bien no venga, no hay manzana podrida que tenga su lado positivo, incluso para Asunción, la amiga de mi madre, cuyo nombre acaba de venirme a la cabeza.

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Yo no valgo ni para barrer suelos, pero mi arte sí. Soy tantas cosas que ya no me acuerdo. La edad también influye, hace que uno no retenga del todo bien. Escribo, narrativa, ensayos, teatro, varios intentos de novela, también dirijo mis obras teatrales cuando se representan en donde vivo. Si no, creo equipo con actores y directores que considero pueden llegar al alma de mi texto y transmitir lo que yo pretendía. El teatro es universal. Tengo decenas de premios de teatro y narrativa, es decir, esculturas que hacen de pisapapeles cuyo cobre me planteo fundir o vender en el mercado negro para una compra en Mercadona. Lo combino con el periodismo y la filología. “Este niño es un poco inquieto”, decían (y siguen diciendo) mis padres. Tampoco sé de dónde soy, del Norte, eso por supuesto, pero he vivido en tantos sitios que pierdo la cuenta. Existo y doy guerra. Lo demás no importa.

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