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¿Cuánto le deben a su magisterio La kermesse heroica (1935), de Jacques Feyder, o La regla del juego (1939), de Jean Renoir? Supongo que casi todo, porque convertir en el más ridículo de los ejercicios humanos el disimulador brinco que el hombre da desde su torpe realidad hasta su anhelada apariencia, fue su mejor y más efectiva artimaña. Pero, de inmediato, me pregunto ¿si tal estratagema no se hallaba ya en la comicidad del gran Menandro o del enredador Plauto? Sin duda alguna; como intuyo que también era la materia jocosa de los recitativos de aquellas procesiones, tan semejantes a nuestras chirigotas gaditanas, que recorrían la Atenas del s. VI a. C., llamadas cantos fálicos, pregonando las vergüenzas y marrullerías de los personajes y de los acontecimientos más populares de la ciudad, quizá porque ahí, en esa descarada denuncia entre lo que se es y lo que se pretende ser, se halle, como en ninguna otra parte, la estallante risa. ¿O acaso nuestra picaresca —la más peculiar e inimitable novelística nacional— no describe en sus muy luminosos y desternillantes pasajes ese momento patético de la simulación entre la miserable condición real y la ampulosa representación social?

Sin embargo; entre nuestra castiza narrativa y la aguda comedia de Molière se abre un sustancial trecho; pues donde la mirada hispánica se muestra sarcástica y descarnada, su escena se exhibe irónica y sagaz; distancia tonal que se convirtió a la postre en gaje, pues aquellas mordaces páginas de nuestros pícaros se restringieron a crueles retratos de unas maltrechas existencias en una Castilla imperial pero famélica, mientras su teatro pervivirá como el aguzado alfiler de toda una clase en su tiempo todavía venidera y hoy reinante: la burguesía. Porque el ingenio de Molière, aunque lo distinguiese grandemente Luis XIV, se encumbrará ya como inmarcesible cuando el burgués campe en nuestras sociedades, y los protagonistas de sus obras se encarnen en nosotros sin que apercibamos la risible fatuidad de nuestras acciones más cotidianas.

Y por resultarme tan genuinamente herederas de esta peculiar cuanto presente comicidad, arrancaba estas líneas con esas dos obras maestras de la cinematografía francesa; pero esta herencia se nos torna más legítima si cabe en La kermesse heroica —la película (no sé si sigue siéndolo todavía) más prohibida de todos los tiempos— cuando recordamos las sucesivas y graves censuras que sufrió Molière, por mucho que el rey le cediese, en 1661, el Palais-Royal para sus representaciones, en 1664 fuese padrino de su hijo Luis, o en 1665 autorizase a su troupe a utilizar el título de la Compañía Real; o incluso lo llegase a nombrar, en 1670, proveedor de espectáculos de la corte. La primera de sus piezas perseguida por la Compañía del Santo Sacramento, sociedad secreta de los llamados devotos —grupo de rigoristas protegido por la reina madre, Ana de Austria—, fue La escuela de mujeres, tras sus representaciones en Versailles, en mayo de 1662; comedia contra lo que hoy calificaríamos de “represión de las jóvenes por las cerriles normas del patriarcado”. Pero si esta pieza solo originó los sambenitos de libertino y de descreído para su autor y de un par de sátiras desacreditando su argumento, dos años después, el furor de la beatería no se atuvo a tan ingeniosas invectivas, y logró la prohibición de Tartufo; no solo eso, Molière hubo de reescribirla por dos veces más con tal de que se estrenase en febrero de 1669, ínterin durante el que el protagonista perdió sus primitivos cilicios y sotana. Si bien, estos trabajos y su demora obtuvieron compensación porque, para estupor de aquellos censores, Molière cosechó con Tartufo el mayor éxito que disfrutase en vida. No sucedió ni mucho menos lo mismo con el siguiente y último aprieto de esta naturaleza que se le presentó: su Don Juan (1665). Y aunque también fuese reescrita por Thomas Corneille —el hermano del célebre Pierre— para su estreno en 1677, Molière ya había muerto cuatro años antes. Es más; el libreto original, como si emanase esa maldición que acaba con su protagonista en el último acto, y que hubo impedido a su autor contemplarlo sobre las tablas aunque fuese dulcificado por mano interpuesta, postergará su estreno hasta 1884; es decir, hasta los doscientos veinte años de su escritura.

Para entonces Molière ya era una gloria nacional de Francia y un impecable modelo para los comediógrafos del mundo, y sus veintipocas obras se habían representado, se representaban y se representarán hasta nuestros días con admiración en todas las lenguas europeas y, sobre todo, con guasa y moraleja, que es, al fin y al cabo, para lo que fueron escritas por aquel abogado de la escuela de Orleans, que se unió a una compañía de cómicos —según la leyenda— por amor a la primera actriz, quien luego acabará siendo su suegra. Y a pesar de todo ese imponente reconocimiento, me temo que con poco provecho, porque desde que se implantó en los años Noventa del siglo pasado esa mojigatería con perfume a desodorante barato, llamada “lo políticamente correcto”, la tartufería —que tan acertadamente describió— se ha adueñado de nuestro pensamiento —si es que podemos afirmar que lo haya— político, de nuestros mass media y, de seguido, de nuestro habla. Tanto que cualquier mañana nos despertaremos con una nueva prohibición de La kermesse heroica; sin ir más lejos porque para escándalo de las memeces actuales, en ella, los españoles quedamos viril y cortésmente distinguidos.

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En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.