“La bóveda suspendida encima de mi cabeza, el cielo, si se quiere, parecía formado por grandes nubes, vapores movedizos que cambiaban continuamente de forma y que, por efecto de las condensaciones, deberían convertirse en determinados días, en lluvias torrenciales. Creía yo que, bajo una presión atmosférica tan grande, era imposible la evaporación del agua; pero, en virtud de alguna ley física que ignoraba, gruesas nubes cruzaban el aire. Esto no obstante, el tiempo estaba bueno. Las corrientes eléctricas producían sorprendentes juegos de luz sobre las nubes más elevadas: se dibujaban vivas sombras en sus bóvedas inferiores, y, a menudo, entre dos masas separadas, se deslizabas hasta nosotros un rayo de luz de notable intensidad. Pero nada de aquello provenía del sol, puesto que su luz era fría. El efecto era triste y soberanamente melancólico. En vez de un cielo tachonado de estrellas, adivinaba por encima de aquellos nubarrones una bóveda de granito que me oprimía con su peso, y todo aquel espacio, por muy grande que fuese, no hubiera bastado para una evolución del menos ambicioso de todos los satélites.»

«Viaje al centro de la tierra» (Julio Verne)

 

Llevamos, todos nosotros, un año horrible, inestable, casi ficticio. Tenemos la vida suspendida de un hilo tan fino que tememos que en cualquier momento se quiebre y caigamos al vacío. ¡Qué la gravedad haga su trabajo!, pensamos con cierto temor a expresarlo en voz alta, no sea que alguien nos tome por locos. Hay un enorme precipicio que hace un año no existía. Deseamos encontrar la estabilidad perdida, casi prohibida. Y aquí, cada cual lo hace como buenamente puede. Luchando por mantenerse en una baldosa que al moverse un día de lluvia no llegue a salpicarle.  Preferimos, como decía Verne, sorprendentes juegos de luz sobre las nubes más elevadas pero nos encontramos con una bóveda de granito que nos oprime con su peso.

No sé vosotros, pero yo llevo meses buscando un centro de gravedad permanente, que no varíe lo que ahora pienso de las cosas, de la gente. ¡Ay Battiato!, que supo definirme en una canción a mediados de los ochenta, cuando aún nos reíamos de la vida. Yo fui la vieja con sombrero en Madrid cuando apenas rozaba los veinte. Pero sobre todo, ya en aquella época buscaba un centro de gravedad que me impidiese alterar lo que pensaba de las cosas, de la gente. Aún no sabía, ingenua de mí, que el mundo evolucionaría destrozando dicho centro. ¿Qué más da lo que opines de las cosas?¿Qué importa la gente? Adaptarse al medio o morir. Mentir, traicionarte o fingir es mejor que llevar tu verdad por bandera en un momento en el que hasta la palabra bandera está mal vista.

Y yo, media vida con una canción de Battiato en la boca. Grité con él, primero en casette y luego en Spotify, que no soporto ciertas modas. Bailé a su son imaginado que era a mí y ni a otra a quien quería ver danzar. Nunca he escuchado a nadie decir: “yo detesto a Franco Battiato” y eso define bien al autor. Algo más que un cantante italiano. Mucho más que una voz. Representaba D. Franco Battiato a la elegancia. No conquistaba a quinceañeras por su cara bonita sino porque ya veíamos en sus letras el principio de unos versos que nos acompañarían de por vida.

Y aquí estoy, de madrugada, recordando que nunca encontré ese centro. Poco a poco me moldean, pese a que opongo resistencia. Me niego a cambiar mi extraña visión del mundo. Apenas lo consigo. Y ahora se ha muerto. Así, sin más. Me ha dejado huérfana en la búsqueda. Ya nunca podré hallar ese rincón en el que la estabilidad de mi pensamiento se pueda tocar sin romperse. Quizá no exista. Solo me queda cantar, junto a mis hijos, sus canciones en los viajes largos en coche. Que tus hijos canten las canciones de Franco Battiato más de treinta años después es un gran homenaje, y los míos lo hacen. Over and over again.