En The Citizen conversamos con Fernando Trueba sobre su nueva película «El olvido que seremos», ganadora del Goya a la mejor película iberoamericana y basada en la exitosa novela que lleva el mismo título, escrita por Héctor Abad Faciolince.
La película está protagonizada por Javier Cámara y le acompañan los actores colombianos Juan Pablo Urrego y Patricia Tamayo entre otros.
 El filme relata la historia real de Héctor Abad Gómez, un doctor colombiano conocido y admirado por su gran labor social cuya trágica muerte levantó mucho revuelo a finales de los ochenta. El espectador se adentra en la historia desde el punto de vista del hijo del doctor, Héctor Abad Faciolince, quien poco a poco va descubriendo más sobre su padre. Una película que, ante todo, cuenta una historia de amor entre un padre y su hijo. 

 

Fernando, ¿qué fue lo que más te llamó la atención del texto y de los temas que este trata la primera vez que leíste «El olvido que seremos»

Cuando lo leí por primera vez vi lo bonito del personaje, su belleza, todo lo que le dice a su hijo, la cantidad de frases preciosas, los consejos, los hallazgos… Te enamoras mucho del padre cuando lees el libro. Y luego el hecho de que el libro conmueve, te arranca las lágrimas por mucho que no quieras porque está escrito desde dentro del corazón de una persona. No es una novela en la que se ha inventado una historia, que las hay maravillosas y también uno llora leyéndolas, pero aquí todo era tan verdad, tan directo… Es un libro que no te deja indiferente, un libro que te afecta y que quieres que la gente lo lea. Cuando lo lees, sientes la necesidad de regalarlo y de recomendarlo todo el rato. 

«Para mí, que esas escenas tuvieran vida, que yo me las creyera, era una de las cosas bonitas de hacer esta película»

Todas las escenas de la película tienen una gran verdad, sobre todo las escenas en las que está toda la familia reunida. Se nota mucha conexión y armonía entre los actores. ¿Cómo fue el proceso en los ensayos y en el rodaje?

Hay tres cosas que han venido muy bien: una, que yo vengo de una familia numerosa también, ocho hermanos. Al contrario que la familia de la película, que eran cinco chicas y un chico, nosotros somos siete chicos y una chica. Eso ayudó por un lado. Por el otro, ayuda mucho la calidad de los actores, asombrosa, son buenísimos los actores en Colombia. Luego también yo hacía un ejercicio que era llevarlos al decorado antes de empezar la película diciéndoles: «vamos a leer un poco, a ensayar y tal». Lo que yo quería, más que ensayar o leer, era que estuvieran juntos. Lo que más me gustaba era que, sobre todo las hermanas, empezaran a hablar entre ellas, que la más pequeña jugara, se subiera encima de las demás… Y, de repente, al cabo de media hora te dabas cuenta de que ya parecían una familia. Eso me producía mucha alegría. Para mí, que esas escenas tuvieran vida, que yo me las creyera, era una de las cosas bonitas de hacer esta película. 

El personaje que interpreta Javier Cámara, el doctor Héctor Abad Gómez, es un hombre heroico por la labor social que llevó a cabo en su vida. Pero es fácil preguntarse si, a parte de por su gran sentido humanista, en esa lucha se encuentra también una necesidad de ser recordado, de combatir «el olvido que seremos». ¿Crees que esa es una batalla intrínseca en todo ser humano? 

Yo no creo que él esté pensando en sí mismo, en que le recuerden. Si estás pensando tanto en ti mismo no le dedicas tu vida a los demás. Ahora vivimos en la época del «yo» y la gente está ensimismada pero afortunadamente no todo el mundo. Hay mucha gente que se dedica a ayudar a los demás, a ser solidarios y a echar una mano aquí y allá y, además, con discreción pero con constancia. Yo creo que Héctor Abad se dedicó a los demás, no a sí mismo, y ni se le pasó por la cabeza el querer ser recordado.

Esos versos lapidarios, que probablemente son de Borges, (no está confirmado pero yo apostaría cualquier cosa a que son de Borges) parecen escritos para una lápida, para alguien que ya murió. Ya somos el olvido que seremos…

En la película y en el libro le reprochan, a veces, el hijo sobre todo, el estar siempre más pendiente de los demás que en la familia. Y eso le da lugar a él a decir: «no hay problemas de los demás, todos los problemas son de todos», eso fíjate ahora en los tiempos que vivimos qué cierto es, ¿no? Pero yo creo que él está demasiado ocupado en trabajar para los demás como para darse cuenta de otra cosa y gracias a eso es un hombre feliz. Gracias a eso y a que tiene una familia que adorar, con la que es feliz. Entonces es un hombre, digamos, pleno, completo, hasta que aparece la primera tragedia, la primera nube que entra a perturbar esa especie de armonía casi paradisíaca en la que vivían ellos.  

Al principio pensabas que no se podía hacer una película de este libro, ¿cómo te sientes al haber hecho realidad algo que creías que era imposible? 

Pues es maravilloso. Es maravilloso cambiar de opinión, llevarte la contraria a ti mismo y, al final, hacerlo. Haber cambiado de opinión en eso es una de las mejores cosas que he hecho en mi vida.

Teniendo en cuenta la película, ¿si el pasado es en color y el presente en blanco y negro, cuál dirías que es la tonalidad del futuro? 

Nunca pienso demasiado en el futuro y, quizá, debería. Casi siempre estoy pensando en el pasado. Soy una persona que vive más en el pasado, y no en el mío: en otras épocas mientras leo, eso me encanta. Por supuesto siempre piensas en el futuro, en cosas que tú crees que deberían hacerse para mejorar. Yo me he identificado mucho con este personaje del médico, no tanto con el del autor del libro, que es el hijo, sino con el del padre. Yo comparto con él un optimismo de que el mundo es mejorable. Igual que hay gente que es muy escéptica y piensa que no tenemos remedio, que el mundo no tiene arreglo y que la especie humana está condenada a repetir siempre los mismos errores, lo cual puede ser parcialmente verdad, yo creo que hace falta ser optimista, creer que el mundo se puede mejorar y cambiar porque solamente así se puede llegar a cambiar algo y además te lo pasas mejor. La vida es menos triste si crees que es mejorable.

Yo tengo la sensación de que la humanidad avanza tres pasos hacia delante y dos hacia atrás y puede parecer al final que vamos para atrás pero no, siempre vamos hacia delante. Por muchas fuerzas retrógradas que haya y que tiren para atrás el progreso al final sale la ley de la eutanasia y la del matrimonio homosexual, no estoy hablando de España, hablo de todo el mundo, y sale la ley del divorcio y otras leyes. Quiero decir que mientras unos gritan y otros matan, hay mujeres y hombres trabajando para que salga una ley, para que la sociedad avance, para que vivamos en una sociedad más humana, más de convivir, más de comprender las diferencias y las necesidades de cada uno y de que podamos todos compartir pacíficamente el tiempo y el espacio.

Entonces, para eso hace falta una cierta dosis de optimismo y de fe. No una fe religiosa sino una fe en el ser humano. En la perfectibilidad, que era un concepto del siglo XVIII de uno de los seres que yo más he admirado y admiro, uno de los ídolos de mi vida: Condorcet. 

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