Por desconocido que nos resulte su nombre, sin su peripecia no hubiese existido el pretexto para la heroica navegación de los argonautas hasta la recóndita Cólquide, donde Jasón recuperó el vellocino de oro, y claro, para su incierto regreso remontando el Danubio, con la fascinante Medea abordo. Y eso que la leyenda de Frixo no carece de nada: de celos cegadores, de mentiras ponzoñosas, de frustrados sacrificios, de vuelos imprevistos y de siderales catasterismos; en fin, que reúne una ejemplar menestra de cuánto debe integrar un mito, sin carecer del imprescindible fermento de relatos llegados desde muy lejanos países.

«Y eso que la leyenda de Frixo no carece de nada: de celos cegadores, de mentiras ponzoñosas, de frustrados sacrificios, de vuelos imprevistos y de siderales catasterismos»

Todo viene precipitado por los matrimonios de su padre, Atamante, soberano de la Beocia, quien, en un exceso, casóse consecutivamente con tres mujeres: Néfele, Ino y Temisto, y de las tres obtuvo descendencia. Y sucedió lo habitual en todo populoso harem: que cada esposa quiso imponer a sus hijos sobre los de las otras como herederos del trono. Y en este sigiloso y siniestro arte de conspirar para obtener la sustanciosa herencia, la cadmea Ino resultó la más industriosa y taimada, pues no solo persuadió a las beocias para que sembrasen unas infructuosas semillas cocidas y cosechasen así una hambruna de pronóstico, sino que, de inmediato, sobornó a los mensajeros enviados por Atamante a Delfos para consultar el remedio a tamaña calamidad y que le comunicasen al monarca el vaticinio más conveniente para sus propósitos; que no era otro que el sacrificio del hijo de su predecesora en el tálamo real, la deiforme Néfele, y este era el joven Frixo.

A partir de este momento el argumento continúa por dos senderos diferentes. Unos mitógrafos cuentan que Atamante, al escuchar el falso augurio, convocó al joven con su mejor carnero para un sacrificio, en el ara del monte Lafistio. Frixo, todo obediente, escogió el más lustroso y de singular vellón dorado, pero, entonces, el borrego —por inspiración divina y para pasmo de Frixo— le confesó que era el, Frixo, la verdadera víctima de aquel holocausto y que el portarlo hasta el ara era un mero embeleco de su padre con el que disimular el abominable filicidio. Dicho esto, añadió que se montase de inmediato sobre sus lomos, con su hermana Hele —también en peligro mortal—, para emprender los tres un viaje salvador.

Otros mitógrafos, en cambio, relatan que fue su madre, Néfele, quien le salió al paso a ambos jovencitos, en su trepar hasta el altar del monte Lafistio, y les entregó aquel áureo ovejo, que a su vez le había dado oportunamente Hermes —ya saben: el dios más entrometido de todos— para que se subiesen en él. En cuanto los jóvenes dieron un brinco sobre el prominente y dorado espaldar, el animal alzó el vuelo y salieron pitando para la Cólquide. Pero he aquí que aún disponemos de una tercera versión y quizá mucho más sugerente, y sin embargo, en ella no figuran las pérfidas asechanzas de Ino. Al contrario, es otra mujer, Demódice —o también llamada Biádice—, casada con Creteo, tío de Frixo, quien al verse rechazada en sus pretensiones lujuriosas por el joven, invirtió el suceso y se presentó como mancillada ante su esposo. De inmediato, Creteo exigió un severísimo escarmiento a su hermano Atamante para el depravado Frixo.

Ante aquel injusto castigo, la madre, Néfele, le entregó el dorado y salvífico animal para que Frixo emprendiese el exonerador viaje. Instante en que su hermana, Hele, decidió acompañarlo. Y en este punto vuelven a coincidir los tres relatos, justo cuando Hele se cae, durante el vuelo, al mar para dar nombre a aquellas aguas: el Helesponto. Por su parte, Frixo, vuela que te vuela, llegó a la asilvestrada Cólquide, donde ofrendó el carnero a los dioses. Pero como era de origen divino, fue elevado a constelación como Aries, mientras su zalea dorada quedó allí, a los pies del Cáucaso, custodiada en el bosque sagrado por aquel dragón —o serpiente—, hasta que, algunas décadas después, arribó Jasón para recuperarla y depositarla en el altar del monte Lafistio, con lo que concluía por fin el sacrificio convocado por Atamante.

«Ante aquel injusto castigo, la madre, Néfele, le entregó el dorado y salvífico animal para que Frixo emprendiese el exonerador viaje»

Y aunque la recuperación del áureo vellón para el santuario de Lafistio signifique la entronización en la Hélade doria del dios pastoril Zeus —cuyo símbolo fue el carnero—, encuentro en esta leyenda otros dos argumentos mucho más arcaicos: el borrego sustitutivo y salvador de un heredero condenado al sacrificio y el pérfido embuste de la esposa desairada por un bello joven. Ambos nos son conocidos por otra tradición distante del territorio griego. El primer hecho, evidentemente, nos evoca el crucial sacrificio de Isaac en el monte Moriá, y el segundo, la encerrona de Zuleika, mujer de Putifar, a José, en Egipto; acontecimientos memorables para los semitas. Lo que nos sugiere que en Grecia circularon estas leyendas orientales en la época prehélenica —de ahí que a Frixo se le sitúe en una edad anterior a los grandes héroes como Jasón— y, también, en el Medio Oriente, mucho antes de ser adaptadas por el Talmud hebreo. Sin embargo, me confunde que ambos relatos en la leyenda helénica se conviertan en versiones diferentes, y hasta contradictorias; si bien, atribuidas a un mismo protagonista. Entonces, solo me resta sospechar que en aquella edad prehelénica ambos sucesos estuvieron unidos en un único relato e incluso que Frixo —o cómo lo llamaran— fuese descrito como un pastor oriental y, en absoluto, como un príncipe beocio.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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