Tenía el pelo de color azafrán, algo que en la Antigüedad despertaba suspicacias, y se presentaba cauto —por no decir, taimado— de palabra, prefiriendo, como sus pensamientos, ocultar también su mirada. Así era Odiseo Laértida, casta de Hermes y rey de Ítaca, hombre de argucias sin fin y protagonista del más largo e inmemorial poema de “retorno” (nostos) que conserva nuestra civilización: la Odisea (s. IX o VIII a. C.).

¿Pero se parece el Ulises de la Odisea al héroe de la Ilíada (s. VIII a. C.) e incluso al de los llamados poemas prehoméricos; se parece el angustiado navegante que intenta regresar a su reino a aquel otro primer Ulises, astuto y escurridizo, más amigo del conciliábulo y de la confidencia, que del desafío y de la jactancia que distinguen —si no ya enaltecen— a todo jefe aqueo? Pues salta a la vista que aquel primer Ulises taimado apenas asoma en algún episodio de la Odisea, como en el engaño a Polifemo o en su fingida condición de mendigo durante el regreso a Ítaca y la consiguiente maniobra para recuperar su tálamo y su trono. Aunque tampoco, durante el resto de episodios que componen el poema, Ulises se nos antoja un arrogante paladín micénico; al contrario, se emplea, sin apenas el resuello que le permita urdir cualquiera de sus trampas características, en zafarse del fatum siniestro que una y otra vez le acecha: la maldición de Poseidón. Al punto que se ha afirmado si todo su viaje no será sino una travesía por el ultramundo; es decir, si la Odisea no será, como el egipcio Libro de los muertos (III milenio a. C.), un recorrido entre los sellos de la tiniebla hacía la resurrección.

Tal afirmación me resulta exagerada pero en absoluto carente de alguna verdad, pues repárese en que navega hasta las puertas mismas del Hades, donde Ulises debe consultar, tras desangrar sobre un hoyo a un carnero joven y a una oveja negra, al espíritu del difunto Tiresias sobre qué destino ya le aguarda en Ítaca, tras largos años de ausencia; pero es más, tanto ante los lotófagos, como ante Circe o incluso ante la amantísima Calipso, Ulises trata de preservar su identidad; o sea, su destino de Laértida, de rey de Ítaca y de esposo de Penélope, contra el olvido que le hubiese proporcionado la fruta del loto o el abandono muelle e inmortal con que lo agasajan ambas hechiceras; ¿y no son estas tres maneras de perder la identidad también tres formas de morir?

En efecto. No obstante, estos tres últimos episodios también pudiéramos leerlos como hermosas parábolas sobre el empeño por un porvenir anhelado, despreciando cualquier felicidad inmediata; es decir, contradiciendo aquel célebre refrán de “más vale pájaro en mano…” Sin embargo de lo que quería tratar en este artículo es sobre cuánto del pillo príncipe de las islas jónicas, remiso por demás a embarcarse con los suyos hacia Troya, queda en el Ulises del intrincado y, por momentos, agónico viaje de regreso a Ítaca. Y sospecho que la respuesta a esta cuestión se halla en cómo Ulises resuelve todas las pruebas que el periplo le presenta. Y, entonces, observo en cuán escasas ocasiones el Laértida emplea la violencia para vencerlas; tan solo en tres: recién iniciada la navegación, contra los cícones; posteriormente, contra el cíclope Polifemo, y por último, en el megarón de su palacio, contra los pretendientes de su reino; mientras que ante los otros muchos aprietos que le surgen durante su incierta travesía, Ulises será solo un esforzado navegante batiéndose contra la adversidad o bien sorteándola por la inspiración de sus dioses tutelares: su bisabuelo Hermes y la munificente Atenea; pero salvo en esas tres ocasiones antedichas, no se abrirá paso con las armas, como es habitual en Jasón, o en Belerofontes o en Teseo, por citar algunos de los héroes viajeros más notorios. Y esto me sugiere que una serie de cuentos, donde su protagonista, un marino, burlaba un apuro bien por una pizca de ayuda divina o bien por propia pericia tendieron a unificarse y exigieron de un héroe, bajo cuyo único nombre resultar reconocidos y celebrados por toda la nación helena, y en la tradición —es decir, en los muchos cantos que fueron trenzando la Ilíada— los aedos solo encontraron un paladín cuyas argucias superaban en fama a sus combates: Ulises.

Así supongo que sería cómo Ulises heredó los tan fantásticos como a veces enigmáticos episodios que traban la Odisea, al punto que no se ha sabido cómo trazar su mítico derrotero sobre un mapa real; es más, el maestro Robert Graves sostenía que se trataba de una circunnavegación a Sicilia y para demostrarlo —sin abandonar, evidentemente, la ensoñación poética— escribió una novela: La hija de Homero (1955). Pero esta imposibilidad de bosquejar sus singladuras sobre una carta marina también pudiera deberse a que su viaje, como el primer y casi preceptivo nostos (retorno), el del gran Gilgamesh —prototipo de todos los héroes— a Uruk, allá por el 2700 a. C., tras buscar por el mundo conocido la flor de la inmortalidad, hallarla en las profundidades del océano y perderla después por arrebato de una “maldita” serpiente, se deba a que también en el viaje de Ulises se conserven trazos muy nítidos de la remota leyenda del periplo tras la inmortalidad; o lo que es lo mismo, de la travesía por el fantasmal ultramundo hacia la resurrección.

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Gastón Segura
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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