Mis mejores viajes han sido aquellos que nunca hice. Pero que, sin embargo, me permitieron soñar con ellos. Así que, al margen del turismo de Instagram y el de iniciación geográfica, que me resultan catetos y superficiales, uno de los viajes que más me hubiera gustado hacer es al Marte de Desafío Total, la entretenida película protagonizada por Arnold Schwarzenegger y Sharon Stone. Por si hay alguien que todavía no la ha visto, le diré que se trata de una historia de opresores y oprimidos, implantada artificialmente en el cerebro del héroe, que se verá envuelto en un mundo virtual, confuso, peligroso, épico. Todo discurre en esa ambigua frontera que delimita la realidad de la ficción, el recuerdo de la amnesia. Hace mucho que no veo esa cinta, pero aún tengo grabada la escena en la que Schwarzenegger, acompañado de su pareja, una rebelde que lucha contra la injusticia, sufre un traspié al filo de un barranco, da varias vueltas de campana y, tras golpearse en un pedrusco marciano, se le rompe el casco de su traje de astronauta. Completamente congestionado por la radiación y la falta de oxígeno, a punto está de salírsele los ojos de la órbita ocular. Aquel Marte era un espacio que sin duda merecía la pena conocer, porque, aparte del exotismo galáctico, carecía de lo que es norma que aseguren los convencionales destinos de Ryanair o Easy Jet: monotonía, vulgaridad y aglomeraciones. Parecido Marte es el que nos ofrece una serie que vi fascinado hace tiempo: The Expanse, un thriller político, en el que se ven implicados la Tierra, que ya ha colonizado el espacio exterior, la propia Marte, constituida en una república en lucha por alcanzar cotas más altas de habitabilidad, y un conjunto de estaciones espaciales instaladas en diferentes asteroides en un punto entre Marte y Júpiter, cuyos habitantes son conocidos como “cinturonianos”.

«Definitivamente, mis viajes más queridos han tenido lugar siempre en la cómoda o arriesgada imaginación y en ciertos testimonios debidos a gente admirable como Kapuscinski o Jordi Esteva»

Marte representa aquí, como en la película dirigida por Paul Verhoeven en 1990, la utopía de un mañana mejor, una utopía tan incontestable como utópico es en la actualidad ir a Jerusalén sin verla convertida en una verbena profanada por esos miles de mochileros o de paseantes salidos de una pesadilla de Byron o de una mala digestión de Bruce Chatwin. Por no referirme a ciudades como París, Roma o Nueva York, cuyos sufridos ciudadanos hace tiempo que perdieron la tranquilidad de sus calles, sacrificadas en la pira de la democratización de los vuelos low cost. Definitivamente, mis viajes más queridos han tenido lugar siempre en la cómoda o arriesgada imaginación y en ciertos testimonios debidos a gente admirable como los arriba citados o como otros no menos intrépidos o espirituales como Kapuscinski o Jordi Esteva. Y no es que uno no haya probado un capuccino en la plaza de San Marcos o un frikandel con cerveza a orillas de un canal de Ámsterdam o un cuscús en una azotea de Marrakech, sino que para mí la estética y la ética del viaje se han convertido en una tarea sin ninguna belleza ni trascendencia, en una obligación sin contenido, incompatible con el misterio y el asombro que uno supone han de estar en la necesidad de experimentar lo que está fuera de las propias fronteras.

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Licenciado en Filología Hispánica, fue integrante de la mítica Quinta del Buitre, para más tarde desempeñar la función de Director Técnico del Zaragoza y del Real Madrid. Es autor del libro “Torneo”, y colaborador habitual en diferentes medios de comunicación.