“La moda es efímera, pero el arte es eterno. La moda no es más que una forma de fealdad tan absolutamente insoportable, que tenemos que cambiarla cada seis meses.” (Oscar Wilde)

Oscar Wilde, con estas palabras, puede describir muy bien una situación que llegó a enfrentar la moda con el arte, y que ocurrió en una sombrerería situada enfrente de la catedral de Ruan. A lo largo de todo el siglo XIX, los sombreros se convirtieron en un accesorio esencial para las mujeres, y cada década trajo nuevos estilos y tendencias. Desde los sombreros adornados con plumas hasta los de paja de tamaño extravagante, los sombreros femeninos pusieron una nota de experimentación y creatividad en el mundo de la moda femenina. Los sombreros eran vistos como una expresión de moda y estatus social, y las mujeres los usaban para demostrar su gusto y sofisticación.

Las sombrererías eran lugares donde las damas compraban, además de sombreros, otros complementos femeninos, como perfumes, guantes y zapatos. Los sombreros estaban en exposición, pero no para su venta directa, ya que era necesario encargarlos previamente para poder después personalizarlos en relación con el gusto de cada clienta, y a continuación confeccionarlos a medida, siguiendo siempre las instrucciones de la interesada.

En aquella época, los momentos que las mujeres pasaban en la sombrerería, cuando estaban encargando y probándose los sombreros, eran casi de tanta intimidad como los que pasaban en la modista probándose un vestido. Por ello, la presencia de un hombre en una sombrerería sería algo realmente muy extraño e impensable, que a las mujeres de entonces podría incomodar mucho.

Y un día de primavera en 1893, precisamente en una sombrerería que estaba situada justo enfrente de la catedral de Ruan, el gusto femenino por la moda y los sombreros estuvo a punto de echar al traste con la pintura de una serie de cuadros de la fachada de la catedral, que hoy forman parte de las obras maestras del impresionismo.

Porque cuando ese día las clientas acudieron a este establecimiento para hacerse las pruebas de sus sombreros, quedaron muy sorprendidas al ver que, además de la sombrerera, se encontraba también en la tienda un hombre que pintaba, muy ensimismado, la fachada de la catedral desde la ventana.

El artista, en principio, parecía no verlas, y ellas inicialmente no le dieron mayor importancia a su presencia, pero cuando llevaban un tiempo allí, se dieron cuenta de que el pintor, a la fuerza, debería escuchar los comentarios que hacían unas con otras a la hora de probarse y encargar los sombreros, y que su presencia les impedía tener la privacidad necesaria para poder probarse los sombreros con naturalidad y hablar entre ellas con confianza. Por ello, le pidieron a la dueña de la sombrerería que le echase de allí para poder estar más cómodas y hablar a sus anchas mientras se probaban los sombreros.

Y el pintor no era otro que Claude Monet, que en aquella época estaba empeñado en pintar la fachada de la catedral de Ruan con diferentes luces. En febrero de 1892, había alquilado dos habitaciones enfrente de la catedral, una justo en el centro y otra más a la derecha, desde donde tomó unos bocetos y después regresó a su casa en Giverny.

Y en la primavera de 1893, regresó de nuevo a Ruan para intentar pintar de nuevo la fachada de la catedral, siempre de izquierda a derecha. No estaba demasiado satisfecho con los encuadres que encontraba, hasta que se dio cuenta de que la mejor visión de la fachada para poder pintarla solo podría tenerla desde la ventana de una sombrerería que estaba justo enfrente.

Con la idea de poder captar la visión del ángulo de la fachada de la catedral desde la ventana del establecimiento, Claude Monet entró en la sombrerería y pidió permiso para poder pintar allí, y en principio la propietaria se lo dio de buen grado, diciéndole que no había ningún problema.

Las clientas, ese día, al entrar, se quedaron sorprendidas por encontrar allí a un pintor que estaba trabajando en varios lienzos a la vez, aparentemente absorto, mirando sin cesar lo que se veía a través de la ventana. En principio no le dieron demasiada importancia, pero cuando llevaban allí un tiempo y empezaron a hacerse las pruebas de los sombreros, se dieron cuenta de que era muy incómodo para ellas que un caballero pudiera escuchar los comentarios que hacían, tanto los que se referían propiamente al sombrero en cuestión, como los que también realizaban sobre sí mismas o sobre otras clientas o conocidas.

Así que, cuando Monet llevaba dos días trabajando en la sombrerería, la dueña le dijo que sus clientas se negaban a probarse los sombreros delante de un caballero, rogándole que, por favor, se fuera a pintar a otro sitio.

Esto era un gran inconveniente para el artista, que ya había comenzado su serie de cuadros y le era imposible cambiar el encuadre, que naturalmente debería ser el mismo para todos ellos, porque iban a formar parte de una serie.

Pero cuando la propietaria de la sombrerería le dijo que tenía que irse, y podríamos pensar que lo efímero de la moda había ganado la batalla a lo eterno del arte, una idea genial, unida al gran poder de convicción que tenía Monet cuando quería conseguir sus objetivos, ganó la partida, logrando que la dueña de la sombrerería le dejara pintar desde la misma ventana donde había comenzado a hacerlo, pero interponiendo entre él y las clientas una especie de tabique de madera detrás del cual el artista podría pintar sin ser visto y las mujeres, al no sentirse observadas, podrían hablar libremente mientras se probaban los sombreros.

El único inconveniente para Monet sería que tendría que pintar siempre muy cerca de la tela, sin poder separarse de ella de vez en cuando para ver el efecto de la distancia en su trabajo, porque no habría espacio suficiente entre el lienzo y el tabique de madera. Pero con su experiencia como pintor, esto realmente no sería un gran obstáculo para él, e incluso esta situación un poco forzada que tuvo que mantener mientras pintaba, pudo ser lo que hace tan originales los encuadres de los cuadros de la catedral de Ruan.

El pintor, mientras trabajaba, escucharía las conversaciones de las clientas de forma totalmente discreta y, también, a la vez que pintaba, escondido tras el tabique de madera, se sumergiría en el mundo femenino de la moda. Monet, que siempre había tenido mucho éxito entre las mujeres, conocía bien la psicología femenina, por eso cuando alguna modelo se le insinuaba después de posar para él, siempre decía la misma frase:
«Solo me acuesto con duquesas o con criadas, odio los términos medios, aunque lo ideal sería la criada de una duquesa.»

Ahora, mientras intentaba captar los efectos prodigiosos de la luz sobre la fachada de la catedral, que tanto le fascinaban, también tenía la oportunidad de ser testigo de primera mano de cómo se preparaban las damas para utilizar sus armas de seducción con sus sombreros, sus guantes y sus perfumes, sin ser visto. Y quizás también llegaría a darse cuenta de que acicalarse y estar pendientes de la moda era algo que hacían todas las mujeres, tanto las duquesas como las criadas, cada una en función de sus posibilidades.

Monet, situado enfrente de la catedral, seguía la impronta de la luz de la mañana, del mediodía, de la tarde y del anochecer sobre la fachada, modelándola con el color y, de alguna manera, desmaterializándola, mostrando en sus cuadros los distintos ambientes que cambian con el colorido, de ser cálidos y alegres con la luz de la mañana a armónicamente fríos al atardecer, utilizando su extraordinaria sensibilidad hacia el color. Estaba utilizando el mismo mecanismo que ya había empleado para pintar otras series de cuadros, como la de los montones de heno en mitad del campo o la de los árboles al lado del río. En esta época, afirmaba: «El motivo ya no es esencial para mí, lo que busco ahora es reproducir lo que sucede entre el motivo y yo.»

Pero ahora, entre el motivo y él, no solo existían los cambios de luz, sino que también se interponían las conversaciones de las clientas de la sombrerería sobre moda y cotilleos varios, que inevitablemente el pintor tendría que escuchar cuando trabajaba sin ser visto. Monet, que había estado antes tanto tiempo observando la naturaleza y pintándola para captarla en su obra, había logrado encontrar la esencia de esa fachada de piedra trabajada por la luz, y fue entonces cuando el motivo en concreto comenzó a perder importancia para él, porque había llevado al máximo su pintura, convirtiéndola a partir de 1890 en una auténtica reflexión sobre la vida y la naturaleza, atravesando las fronteras de la realidad tal y como todos la vemos.

Monet retocó todos los cuadros que pintó de la fachada de la catedral de Ruan en su casa de Giverny, y solo después de un periodo de reflexión y trabajo en su taller se los presentó a Durand-Ruel, su marchante. Tras sus dudas iniciales, finalmente tuvo conciencia del valor y la calidad de los cuadros, fijando el precio de cada tela primero en 12.000 francos y luego en 15.000. La exposición en París de las veinte vistas de la catedral de Ruan fue un absoluto éxito de ventas, confirmándose que el cambio en la obra de Monet había marcado un nuevo rumbo en su pintura.

Pero para dar este nuevo rumbo a su obra, Monet, además de los obstáculos técnicos del dibujo y del color, tuvo que solventar también otros problemas cotidianos, desde luego mucho más insustanciales, como los de la moda de los sombreros, que estuvieron a punto de estropear sus planes pictóricos. Y el uso del sombrero pasó, como pasan todas las modas, porque, en palabras de Oscar Wilde, «la moda es tan insufriblemente insoportable que debe ser cambiada cada seis meses.»

Y como todas las modas son efímeras, ya nadie recuerda cómo eran los sombreros que llevaban las señoras en el siglo XIX, pero sin embargo ahí estarán siempre estas obras de arte, que ya son eternas: esas veinte vistas de la catedral de Ruan, en las que Monet, a la vez que trabajaba captando de una manera extraordinaria los efectos de la luz sobre la piedra, pudo aprender mucho sobre psicología femenina.

Catedral de Ruan, fachada oeste, efectos de la luz de la mañana y de la tarde. Óleo sobre lienzo. Cortesía de la Galería Nacional de Arte de Washington, colección Chester-Dale.