Cuando me propuse escribir estos artículos era consciente de que el recuerdo de determinadas series o determinados libros iba a doler. A veces la serie, en esta ocasión el libro.
Hoy os traigo a este pequeño rincón en el que abandono mi zona de confort un libro soberbio. «La zona de interés», de Martin Amis, que bien podría vincular con la maravillosa película homónima, pero me temo que más allá de la idea central de la trama, contar la terrible historia del holocausto nazi desde el punto de vista de los criminales y no desde la visión de las víctimas, poco tienen mucho en común.
Curiosamente, la novela de Martin Amis tiene varios puntos en común con la serie “El tatuador de Auschwitz” (Tali Shalom-Ezer)pese a que la serie sigue un camino más fácil, el de contar desde la mirada apagada de las víctimas. Sin embargo, ambas ficciones (más realidad que ficción) ponen el foco en destacar la figura del colaborador, el “judío converso”. Esas personas que agarrándose a lo poco que les quedaba colaboran con los nazis… Se me eriza la piel intentando vislumbrar cómo se sintieron. ¡Qué extraño dolor ese! A las terribles condiciones de vida obligada entre alambradas de campos de concentración se le suma la decisión de colaborar con sus macabros asesinos.
Tanto la serie, el tatuador, como el libro nos presentan en primer plano al judío que intenta sobrevivir como buenamente puede, o mejor dicho, como le dejan. Como le dejan, no olvidemos, los mismos que andan firmando sentencias de muerte. Su propia sentencia de muerte. Sentirse traidores sabiendo que tu vida tiene fecha de caducidad.
“El tatuador de Auschwitz” nos narra una historia mil veces vista, leída y oída, pero suavizada con la mirada dulce del amor. ¿Puede aparecer el amor cuando tu vida trascurre entre el fango y el horror? Esta miniserie de seis capítulos nos dice que sí. Que somos humanos. Algunos menos, no hay dudas, pero humanos al fin y al cabo. En cada capítulo nos adentraremos en el horror de Auschwitz, en la injusticia cometida. Seremos testigo de la vida entre barracones y presenciaremos, con un nudo en el estómago, lo que fue. Lo que debemos recordar para evitar a toda costa que algo así vuelva a suceder, aunque años después, unos y otros, parecen haber olvidado el qué, el cómo y el porqué.
Ese personaje de un judío que va marcando a sus compañeros mientras algo remuerde su conciencia, nos mostrará que hubo amor, amistad, rencor y maldad entre las literas del campo. Y el espectador ve que hubo dudas de si era lo correcto. ¿Es honrado marcar a tus compañeros como si fuesen reses de un ganado acorralado en contra de su voluntad, camino del matadero, por conseguir una cama mejor y algo más de comida? Ay. Qué hubiese hecho yo… Por suerte esa pregunta quedará en el aire.
En «La zona de interés», Amis, que es un escritor tan extraordinario como inteligente, nos propone una visión insólita y nos cuenta la acción desde la arriesgada mirada de los nazis. Frialdad. Esa es la palabra que primero me viene a la mente. Puta frialdad. Con una prosa precisa, siempre lo es en este autor, dibuja un cuadro de personajes que repugnan al lector, y quizá por eso la obra merece mi aplauso. Disfrazada de novela de amor a tres bandas, se centra en destacar la insensibilidad del verdugo. Ellos siguieron con su vida llena de fiestas y poder, lavándose las manos tras matar a miles de personas. En medio de tanta frivolidad aparece Szmul, un judío oportunista que, siendo consciente de que el fin le va a llegar del mismo modo que al resto de prisioneros, colabora por interés con sus captores. Aquí el autor es menos benévolo y, sin condenar, si muestra un personaje oscuro alejado del buenismo del tatuador.
No. No nos podemos permitir el lujo de juzgar porque no hemos estado, y tengo la certeza de que no estaremos (yo que escribo y vosotros que me leéis), en una situación semejante, pero siempre agradezco que la novela o la serie que elijo me arrastre a la reflexión y al aprendizaje. Y ambas lo hacen. Os animo a ver la serie (Movistar +) y a leer el libro (Anagrama), que, como suele ser habitual, me ha gustado más. Deformaciones lectoras.
No puedo evitar traer aquí una frase del casi desconocido filósofo George Santayana: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Está visto que quienes lo recuerdan, también lo repiten.










