«Tengo mujeres, pero no esposas ni amantes, las necesito siempre para todo, porque  un relato sin ellas, es como una máquina sin vapor » – Antón Pavlovich Chéjov

Chejov y las mujeres

Antón Chéjov ejercía una atracción especial en las mujeres que le conocían, porque a todas les gustaba su mente serena, su fragilidad, y la cercana melancolía que desprendía de su carácter. Pero en cuanto la relación con alguna de ellas se ponía algo seria y comprometida, el escritor se escabullía como podía, haciéndolo siempre con tanta delicadeza que, para la señora en cuestión, era imposible tomárselo mal, porque a partir de entonces pasaba de ser su enamorada a ser su amiga, y esto, al final, era mucho más satisfactorio para ella.

Antón, que además de escritor era médico, sabía que estaba enfermo, que tenía poco dinero y también que tenía a cargo a sus padres y hermanos. ¿Qué haría con una mujer a su lado para tener que mantenerla también?

El matrimonio podría ser un problema más para él. También quizás las mujeres que le rodeaban le asustasen un poco, porque todas eran cultas, encantadoras, refinadas y, aunque la mayoría de las veces eran sinceras con él, otras se comportaban con una especie de pose estudiada “a lo Chéjov”, intentando llevar a la vida real el papel de Nina, la protagonista de su obra de teatro “La Gaviota”. Y esto era algo que hacía que de pronto Antón se volviera reticente, irónico y extrañamente frío. Él a las mujeres solo les pedía que fuesen hermosas y que le tuvieran cerca de su corazón, pero ellas estaban dispuestas a sacrificarse y dar su vida por él, como hacían las heroínas de sus obras de teatro, y él, que desde luego, era prudente y sensato, siempre huía de ellas intentando eludir el matrimonio.

En una carta que escribe en esta época a su editor Alexéi Suvorin, que insistía en que se casase, le dice: “De acuerdo, me casaré si usted quiere, pero mis condiciones son: todo debe seguir como antes, es decir, ella debe vivir en Moscú y yo en el campo. No podría resistir una felicidad que durase de la mañana a la noche, prometo ser un marido espléndido, pero deme una mujer que no se levante cada noche en mi cielo, como la luna”. Y termina la carta con la siguiente posdata:

PD. Casarme no me hará escribir mejor. De todos modos, en el fondo de su alma, Antón añoraba encontrar una mujer que le deslumbrase y enamorarse perdidamente de ella, por ello a la vez escribía en su diario: “Yo no quiero casarme, además no sé con quién. Al diablo. Me resultaría aburrido ocuparme de una esposa, aunque enamorarme no me importaría nada, lo aburrido es vivir sin un amor apasionado”.

Y finalmente, y aunque fuese por poco tiempo, por su prematuro fallecimiento, logró hacer realidad sus propósitos, teniendo la esposa que siempre había deseado y que describe de alguna manera en su carta a Alexéi Suvorin.

Nos ocuparemos de su relación con tres mujeres. Con la primera de ellas, Tatiana Tolstoi, Antón no tuvo una gran amistad, pero para ella, el conocerle le marcó la vida.

Tatiana Tolstói

El sentimiento de atracción que producía Antón Chéjov en algunas mujeres era inmediato cuando le veían por primera vez, y así fue en el caso de la hija mayor de León Tolstói, Tatiana, que conoció al escritor en 1896 cuando fue a ver a su padre a su casa de Yasnaia Poliana; ese mismo día después de conocerle, sin apenas haber hablado con él, escribió en su diario: “Chejov es un hombre con el que podría estar salvajemente unida. Nadie ha penetrado en mi alma en un primer encuentro como él lo ha hecho. El domingo fui dos veces a casa de los Petrovski para poder ver otra vez su retrato, solo lo he visto dos veces en la vida real y sin embargo le extraño“.

Antón Chéjov probablemente nunca fue consciente del hechizo que despertó en el corazón de Tatiana, como en el de tantas otras. Las otras dos mujeres sí que tuvieron un papel importante en su vida; fueron actrices de teatro, y ambas están relacionadas con una de sus obras más famosas: “La Gaviota”.

Vera Komissárzhevskaya, la Nina de “La Gaviota”

La vida de Vera Komissárzhevskaya había sido difícil; se casó muy joven y su marido se convirtió en el amante de su hermana, con la que tuvo una hija. Después de esta experiencia sentimental tan traumática, Vera se divorció a los veintinueve años, y fue entonces cuando decidió, para olvidar su experiencia sentimental tan desgraciada, dedicarse enteramente al teatro, convirtiéndose en una actriz muy famosa y aclamada por el público ruso.

A pesar de sus muchos éxitos en el teatro, y quizás por la experiencia traumática de su matrimonio, no era feliz; tenía un temperamento nervioso y no estaba segura de sí misma. Cuando le dieron a leer por primera vez el personaje de Nina de la obra “La Gaviota” de Chéjov, Vera se identificó rápidamente con él. Entre ella y el personaje de ficción creado por Antón Chéjov había muchas similitudes; ella misma era como Nina, una mujer menuda, tímida, temblorosa, pálida de ojos grandes y rostro trágico, que tenía tras de sí un pasado muy desgraciado y que parecía haber nacido solo para representar ese papel. Antón Chéjov, en uno de los ensayos, se acercó a ella, la miró y le dijo: “Mi Nina tenía los ojos como los suyos”, e inmediatamente y sin decir más, se fue. Vera, que como sabemos, había tenido una vida sentimental muy amarga y atormentada, se sentía agradecida con el escritor por haber creado ese personaje, esa gaviota, que no era ella, pero que se le parecía tanto.

La noche del estreno de “La Gaviota” fue un auténtico fracaso, pese a la interpretación magistral de Vera en el personaje principal, y ella lloró por la Gaviota, por Antón y por ella misma. Antón, que estaba enfermo de tuberculosis, se sentía débil; esa noche helada vagó por las calles de San Petersburgo realmente deprimido, el recuerdo de tristeza vivida esa noche de estreno jamás se borraría para los dos. Pasó el tiempo y cuando La Gaviota por fin había obtenido el éxito que merecía y que no logró en su primera representación, el escritor, que ya era muy famoso, y la actriz, que despertaba admiración en toda Rusia, volvieron a encontrarse en Gurzuf.

Ahora, lejos de las tablas del teatro, eran como dos extraños; ella solo una mujer menuda que vestía con sencillez y él un hombre maduro y cansado que ya había comenzado a usar gafas, caminaban por la playa; él tenía que partir al día siguiente, ella le dijo:

No se vaya

Recíteme algo, repuso él.

Atardecía y soplaba un viento de tormenta. Vera le recitó el monólogo de Nina en «La Gaviota», y al hacerlo, Antón ya no sabía si a quien escuchaba era a Vera, la famosa actriz de teatro, o a la auténtica Nina, la amante abandonada de la obra, que él había creado en su imaginación.

«Quédese», repitió ella.

«Siga recitando, por favor», le contestó Antón.

Entonces, Vera le recitó unos versos de Pushkin, con aquella voz que llegaba al alma.

«No me iré», respondió Antón, besándole las manos, pero al día siguiente, como siempre hacía cuando alguna mujer tocaba su alma, se marchó.

Ella le había pedido un retrato suyo, y un tiempo después, Antón se lo envió con esta dedicatoria: “Del sereno Chéjov a Vera Feodorovna Komisarzhevskaya, el 3 de agosto, un día de tormenta al lado del mar”.

Cuatro días después de recibirlo, ella le envió un telegrama diciéndole: “Le he esperado dos días, mañana nos vamos en barco en Yalta, ¿le veré allí?” Y él le contestó: “En Yalta hace frío y hay mala mar, cuídese, sea feliz, que Dios la bendiga y no se enfade conmigo”.

Vera no se sintió herida en su amor propio y nunca guardó rencor a Antón por no querer volver a verla, y siguió sintiendo hacia él una ternura conmovedora.

No volvieron a verse; él se casó tres años después y falleció enseguida, y ella continuó con su extraña vida llena de éxitos teatrales. Tuvo otros amores que quizás no fueron tan románticos como el que había sentido por Chéjov. Toda Rusia la conocía entonces como “la Gaviota” porque recordaba con su físico y su carácter el ave herida que volaba sin cesar de un lado a otro en la obra de Chéjov.

Cuando tenía cuarenta y siete años y estaba en Samarcanda, donde había ido a representar precisamente a Nina en «La Gaviota», se sintió enferma. Había contraído la viruela y estuvo muy grave; toda Rusia estaba pendiente de su evolución. Una mañana se levantó contenta, se sentía mejor. Contó que había tenido un sueño maravilloso en el que había visto y hablado de nuevo con Antón Chéjov, pero a las cuarenta y ocho horas estaba muerta.

Sus funerales fueron multitudinarios. El cuerpo de la actriz viajó desde Taskent a San Petersburgo y en cada estación la población entera salió a su encuentro. El pueblo ruso se despedía de ella entre sollozos, como hacía cuando la aplaudía después de verla actuar en el teatro. También, como Antón falleció fuera de Rusia y su llegada a la estación de Moscú ya muerta fue tan multitudinaria como había sido la de Antón Chéjov unos años antes.

Olga Knipper, la Arcadina de la Gaviota 

Después del fracaso de la representación de «La Gaviota» el día de su estreno en San Petersburgo, Chejov, ya bastante enfermo, había accedido a que se representase de nuevo en Moscú por la compañía de Stanislavski, que acababa de crearse y que, aunque entonces contaba con pocos medios escénicos, luego se convirtió en la principal compañía de teatro de Rusia.

En este caso, el papel principal de la Gaviota, el de Nina, lo hacía una actriz que gritaba y sollozaba cuando realmente debía callarse y suspirar, como había hecho tan formidablemente Vera Komissárzhevskaya en el estreno fallido de la obra. Pero en esta ocasión, quien atrajo la atención de Antón en los ensayos fue la actriz que representaba el personaje de Arcadina, Olga Knipper, que era bella y actuaba admirablemente. El personaje de Arcadina creado por Chéjov en su obra es el de una mujer frívola, seductora y algo vanidosa, opuesta totalmente a la acongojada y tímida Nina.

Antón Chéjov, al ver actuar a Olga Knipper en los ensayos, quedó totalmente deslumbrado, y aunque ante ella no realizó ningún comentario, escribió así a su amigo Alexéi Suvorin: “El papel de Arkadina lo ha hecho Olga Knipper… es espléndida, su voz, su nobleza, su arte escénico. Tengo un nudo en la garganta, si me quedase en Moscú lo mismo me enamoraría de ella, por eso me voy a Yalta mañana”.

De nuevo, Antón, como siempre hacía en estos casos, optaba por la huida cuando una mujer le interesaba.

La joven actriz Olga Leonardovna Knipper era una chica voluntariosa y trabajadora que tenía talento, hija de un ingeniero que murió prematuramente y que tuvo que dedicarse al teatro para poder sobrevivir. Vivía con su madre, que era profesora de música en el Conservatorio de Moscú, y tres tíos solteros. En su casa, por la noche, se leían las obras de Tolstói, Dostoievski o Chéjov, y el conocer personalmente a Antón la impactó tanto que inmediatamente, como les solía pasar casi siempre a todas las mujeres, se enamoró de él.

Y aunque las interpretaciones de Olga fueran menos geniales que las de Vera, era una mujer muy inteligente y enérgica que tenía un gran amor por la vida y la vivía plenamente. Y esto fue quizás lo que en el fondo cautivó a Antón Chéjov. Cuando estaban juntos, Olga nunca le hablaba de teatro ni de sus proyectos literarios, sabía distraerle. Le preguntaba, por ejemplo, sobre qué tipo de comida le gustaba, si le habían cepillado bien la ropa, y si habían crecido los cerezos que había plantado en Yalta. Le gustaba mucho hacerle reír y, a veces, mientras le hablaba, le distraía probándose sombreros ante el espejo para luego poder preguntarle cuál de ellos le sentaba mejor.

Tan pronto se mostraba coqueta y soñadora como melancólica o satisfecha, y ella, que era una mujer muy inteligente, enseguida se dio cuenta de que Antón no quería una segunda gaviota, tímida y llorosa, sino una mujer alegre, cercana y afectuosa.

Olga, que conocía muy bien las obras de teatro de Antón, admiraba apasionadamente su faceta de escritor, pero enseguida se dio cuenta de que era un hombre enfermo que necesitaba desesperadamente una mujer a su lado. Y a su vez, Antón era consciente de que Olga representaba para él una vida radiante, libre y llena de salud. Quizás por todo esto, esta vez la relación sí finalizó en matrimonio.

Su romance comenzó en Crimea, tal vez en Gurzuf, el mismo lugar donde precisamente tres años antes había tenido lugar su encuentro con Vera Komissarhevskaya, y después continuó en la casa de Antón en Yalta bajo los brotes de los cerezos que él había plantado en el jardín, los cuales se movían por la noche con el viento.

En la casa de Yalta, Olga, como invitada, dormía en la planta baja con su hermana Mishia y su madre Yegeuvena. Por la noche, sin hacer ruido, Olga subía las escaleras de la casa hasta la habitación de Antón en el primer piso, teniendo cuidado para no despertarlas. A Olga le encantaba charlar por la noche con Antón mientras le hacía representaciones cómicas solo para él. Al final de la noche, Antón la acompañaba de nuevo a su cuarto sin hacer ruido para que su madre y su hermana no sospecharan nada ni se escandalizaran.

El verano terminaba y no tenían ganas de separarse el uno del otro, pero como sucedía siempre, él evitaba el compromiso. Seguro que Antón pensaría: ¿Podría retirarla del teatro? ¿Ella querría o no? Él era demasiado respetuoso para forzar la voluntad ajena, pero si ella seguía trabajando en el teatro y él hacía vida de enfermo en Yalta, ¿qué tipo de relación sería la suya, qué matrimonio tan extraño?

Después del verano, Olga se fue a Moscú y Antón permaneció en Yalta. Y de nuevo volvió a llevar esa vida que no era ni triste ni alegre, con días huecos rellenos con algo de escritura, la lectura de los periódicos, la visita de alguna admiradora y por la noche la fiebre. Mientras Olga en Moscú seguía trabajando en el teatro y bailando hasta altas horas de la noche, Antón no estaba celoso, sino todo lo contrario, se alegraba de su felicidad y de sus éxitos. Pero como ahora era su amante, le hubiera gustado tenerla solo para él.

En esta época le escribió a Olga: “Cuando vaya a Moscú intenta tener todo el día para mí para poder pasear tranquilamente por el parque, a ver si estás de buen humor y no me dices a cada momento que debes de irte a ensayar. En invierno dejarás de verme y olvidarás qué hombre soy y yo, y entonces encontraré a otra parecida a ti y todo volverá a ser como antes. Mañana mi madre parte para Moscú pero no voy a acompañarla. ¿Para qué? ¿Para vernos y luego volver a separarnos? ¡Qué interesante!”

Olga le amaba y además ya todo el mundo estaba al tanto del romance, pero a veces se preocupaba porque Antón no la escribía y pensaba: ¿Ya no quería verla? ¿Qué le ocultaba? Hacía buen tiempo en Moscú, ¿por qué no venía a verla desde Yalta? Ella le preguntaba mil cosas y él nunca contestaba.

Esto se debía al carácter de Antón, que era muy reservado con sus sentimientos, nunca discutía y ante las situaciones tensas prefería siempre la huida y el silencio. Pero el 27 de septiembre, en una carta que le escribió desde Yalta, dejó entrever sus sentimientos y la tristeza que le producía estar separados, comparando su situación con su afición favorita, la jardinería:

“En Yalta está todo árido, no llueve. Los pobres árboles no han recibido ni una gota de agua en todo el verano y están amarillos, lo mismo que pasa con las personas que no han recibido ni una gota de felicidad en su vida, se secan, pero seguramente tiene que ser así.”

Antón la invitó de nuevo a ir a su casa de Yalta el verano siguiente, pero Olga se negó a ir, y el 3 de marzo de 1901 rechazó su invitación escribiéndole:

“¿Recuerdas lo mortificante que fue el año pasado? ¿Hasta cuándo vamos a ocultarnos, y por qué? Simplemente creo que ya no me quieres como antes y solo quieres que revolotee a tu alrededor.”

La respuesta a esta carta por parte de Antón no se hizo esperar, y le escribió:

“Si me das tu palabra de que hasta después de la boda nadie en Moscú se entera de que nos hemos casado, lo haremos el mismo día de mi llegada de Yalta. No sé por qué, pero me da mucho miedo el festejo, las felicitaciones y ante todo la copa de champán que hay que sostener vagamente en los brindis.”

Y Olga aceptó los deseos de Antón, y ni siquiera la familia más cercana de ambos se enteró de que se habían casado hasta que se celebró la ceremonia en el más estricto secreto. El viernes 25 de mayo de 1901, el escritor y la actriz contrajeron matrimonio solo en presencia de cuatro testigos y partieron seguidamente en viaje a un sanatorio en la ribera del Volga donde Antón iba a someterse a un tratamiento para su enfermedad.

La novia describió en su diario cómo fue su boda:

“La boda fue muy rara, no había ni un alma en la iglesia, yo misma no supe hasta el último día cuándo nos casábamos, había guardias en las puertas. Sobre las cinco, llegué con Antón, casi no me podía tener en pie por un dolor de cabeza de las peleas que había tenido con mi madre por casarnos de esta manera.”

Y sorprendentemente, el mismo día y a la misma hora, Antón Chéjov había organizado una fiesta de celebración de su boda para sus amigos en un restaurante de Moscú, al que naturalmente no asistieron los novios.

A Antón, a Olga le había gustado el ardor y la vitalidad que se escondían detrás de un físico muy femenino y muy tierno, y ella decía que necesitaba a Antón para todo, que no podía hacer nada sin él.

Pero él sabía que Olga se las arreglaba siempre muy bien sola, y que podía viajar, vivir, bailar e interpretar personajes diferentes con gran talento sin su ayuda. Antón, que la respetaba tanto como actriz, nunca hubiera consentido que abandonase el teatro y se fuera con él a vivir a Yalta para dedicarse a la casa y a cuidarle. Quizás por ello, en principio, era tan reticente a casarse. Para su marido, Olga era ante todo una artista que tenía mucho talento y derecho a vivir y a disfrutar.

En las cartas que se escribían, él se quejaba, aunque de una manera sutil y delicada, de su ausencia, diciéndole:

“Me aburro mucho, me he acostumbrado a ti como un niño pequeño”, 24 de agosto de 1901.

“Deseo apasionadamente ver a mi mujer. La añoro y extraño Moscú, pienso en ti y te recuerdo casi cada hora. Te amo, mi dulce Olga”, 27 de agosto de 1901.

Olga sufría por no poder estar más tiempo con él. Cuando estaban juntos en Yalta durante el verano, vivían felices. Ella se ocupaba de su ropa, de la administración de la casa y de su alimentación, y cuando se iba, todo era un desastre. Su madre era ya muy mayor y su hermana a veces no estaba.

Olga sufrió una intervención quirúrgica debido a un embarazo ectópico y posteriormente tuvo una peritonitis, de la que tardó en recuperarse un tiempo. No obstante, cuando mejoró, continuó con su trabajo en el teatro.

Antón era el primero en comprender que para una mujer enérgica y llena de talento como ella sería muy difícil renunciar a lo que tanto esfuerzo le había costado conseguir. Con una nobleza de alma extraordinaria, en esta época la escribió tranquilizándola:

“De que tú y yo no vivamos juntos no es responsable ninguno de los dos sino el demonio que puso bacilos en mí y el amor al arte en ti.”

Y así proseguían sus vidas. Olga no paraba de trabajar en el teatro con obras que tenían gran éxito, la invitaban a todas partes, actuaba ante el zar, mientras Antón continuaba su vida de enfermo en Yalta.

El teatro no les dejaba ser felices. Cuando Olga tenía unos días libres, iba a Yalta, organizaba la casa, se sentaba con Antón en un sillón y le recitaba versos, le hablaba del teatro. Y cuando volvía a irse, él se quedaba solo y se iba a tomar el sol a su banco con sus perros y las cigüeñas. Podaba los rosales, pero se cansaba y la echaba de menos. Le escribía:

“Espero que estés contenta y bien de salud. Escribe una carta más larga a tu pérfido marido. Cuando estás de mal humor te vuelves vieja y apagada, cuando estás alegre eres un ángel. Envidio tu coraje, tu lozanía. Yo vivo como un monje y solo sueño contigo.”

El amor que existía entre ellos era muy fuerte y su matrimonio muy singular para la época, porque en este caso era Antón quien se sacrificaba y Olga quien aceptaba el sacrificio de su marido con mucho cariño, y del que además era consciente en todo momento. Por eso, le escribía:

“Querría estar siempre contigo. Me maldigo por no haber dejado los escenarios. Yo misma no me entiendo. Me duele pensar que estás solo y triste en Yalta y yo aquí atareada en un trabajo efímero en lugar de entregarme por completo a mi amor.”

Antón, que siempre había sido muy reservado a la hora de mostrar los síntomas de su enfermedad y nunca le había gustado quejarse como el enfermo crónico que era, cuando su enfermedad comenzaba a agravarse deseaba aún más el desapego y la serenidad en su existencia, y en esta época escribía:

“Vivir para morir no es divertido, pero vivir sabiendo que morirás pronto es completamente idiota.”

La vida en Yalta no le gustaba, pero era donde había un clima más cálido y benigno para su enfermedad.

Estrenó poco antes de morir “El jardín de los cerezos”. La obra fue un gran éxito y cuando Antón subió al escenario antes del tercer acto, la gente recordó que, además de escribir extraordinarias obras de teatro, Antón había cuidado en las epidemias de tifus a los campesinos de Melijovo, ayudado a los pobres tísicos de Yalta, pasado consulta en su casa para la gente del pueblo sin pedir nada a cambio. Porque detrás de aquel hombre pálido y débil que se escondía detrás de los aplausos y del reconocimiento, estaba el médico que siempre había sido, y su gran vocación por la medicina, además de por la literatura, había marcado toda su vida.

“Siéntese, descanse, Antón Pávlovich”, le decían mientras la gente le aplaudía. Él, en principio, se negaba y hubo que sentarlo a la fuerza en un gran sillón que arrastraron hasta el escenario, y entonces se dieron cuenta de lo frágil y enfermo que estaba. Tenía cuarenta y cuatro años y en ese momento todo el mundo en el teatro comprendió que Antón Chéjov se estaba muriendo.

En el verano, partió junto con su mujer a Bandenweiler, un balneario en la Selva Negra. Los médicos alemanes le auguraban como máximo seis meses de vida. Su corazón estaba muy débil y sus pulmones muy deteriorados, pero Olga no perdía la esperanza. De hecho, al llegar a Alemania, Antón experimentó una ligera mejoría y hasta hacía proyectos de futuros viajes a Italia.

Sufría ataques de ahogo en los que no podía hablar, pero cuando se recuperaba, le contaba a su mujer historias muy divertidas que la hacían reír hasta llorar, con esa imaginación tan desbordante que siempre había tenido.

Un caluroso día de julio, tuvo durante dos días un fuerte ataque y se temió por su vida, pero se recuperó. Al anochecer, le dijo a Olga que se encontraba mucho mejor y que saliera a dar un paseo. Ella no quería dejarlo solo, le daba miedo. Al regresar, le encontró inquieto y se tumbó en el canapé de al lado de su cama.

Para distraerla, Antón comenzó a contarle una historia que se desarrollaba en una ciudad termal muy elegante donde todos los huéspedes querían cenar pero no había cocinero. Ella le escuchaba riendo, pero el enfermo de repente calló y después le pidió a Olga que fuese a buscar a un médico y ella se asustó, porque por primera vez en su vida Antón reclamaba un médico para sí mismo.

Antón Chéjov respiraba con mucha dificultad, finalmente, cuando acudió su médico, el Dr. Schwörer, le administró una inyección de aceite alcanforado para intentar reanimar su corazón y viendo que ya no tenía ningún efecto sobre el enfermo y siguiendo una costumbre alemana y rusa que dice que cuando un médico está en su lecho de muerte y el compañero que le atiende sabe que ya no puede hacer nada más por él, debe llevarle champán y brindar, el Dr. Schwörer le ofreció una copa.

Antón Chéjov, que cuando ejercía como médico solía acertar muchas veces con el pronóstico de las enfermedades de sus pacientes, siempre temió acertar también en el caso de la suya, y por ello sabiendo lo próximo podía estar de su último brindis, nunca antes quiso brindar con champán, evitándolo incluso en su propia boda.

Olga Knipper cuenta en sus diarios como si se tratase del argumento de un relato de Antón, lo que sucedió en Bandenweiler esa madrugada del día dos de junio de 1904, en que murió Antón Chéjov:

“Antón Pavlovich se sentó sobre la cama y con cierta solemnidad le dijo al médico en su mal alemán ¡Me muero! Luego cogió la copa, volvió el rostro hacia mí y esbozando una de sus maravillosas sonrisas dijo ‘hacia tiempo que no bebía champán’. Poco a poco se lo bebió todo, luego se tendió sobre el lado izquierdo, una mariposa nocturna enorme entró en la habitación golpeándose de una pared a otra, finalmente encontró la ventana que estaba abierta y desapareció mientras Chéjov había dejado de hablar, de respirar, de vivir.”

Olga acompañó el cuerpo de su marido en tren desde Alemania a la estación de Moscú. Como los ferrocarriles rusos carecían de vagones refrigerados, el cadáver de Chéjov hizo su entrada en la estación en un vagón que transportaba ostras. La recepción de su cuerpo y posterior entierro fue tan multitudinario como algunos años después también lo sería el de la que fuera su amiga y protagonista de La Gaviota, la gran actriz rusa Vera Komissárzhevskaya.