Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios;  se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto.
Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Éste compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, escavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de Joset, observaban donde lo ponían.

 

Palabra del señor

 

El lunes, 29 de marzo de 2021, leí, como cada día. Pero lo hice de una manera diferente. Avancé hacia el púlpito y conté una parte de la Pasión según San Marcos. Impone. Pese a las restricciones de aforo y a las diferentes medidas de seguridad, impone.

La Semana Santa es una apología del respeto absoluto. A quienes la viven y a quienes no. El cofrade, el turista o el vecino se apelotonan, cuando les dejan, en la calles para ver los pasos. El Nazareno, la Dolorosa, el Cristo de la agonía.  En silencio. Sin aspavientos. Sin importarle que tú estés en el bar de al lado, cuando te dejan, con amigos y cervecitas.

La Semana Santa no entiende de colores, mucho menos de ideales políticos. Jóvenes feministas cargan con bombos y tambores al mismo tiempo que luchan por la igualdad total. Quizá esos mismos jóvenes que acuden un domingo solos a misa porque no encuentran quien les acompañe. Ellos, católicos e igualitarios. Da igual el color de su voto.

«La clase política tiene una extraña tendencia a apropiarse de sentimientos ciudadanos. Soy católica, feminista, y una defensora a ultranza de la igualdad»

La clase política tiene una extraña tendencia a apropiarse de sentimientos ciudadanos. Soy católica, feminista, y una defensora a ultranza de la igualdad. Creo en las personas. Todos somos personas. No hay color, no hay géneros, no hay ideales que merezcan más derechos que otros. Soy católica y tengo el mismo derecho a defender mi fe que tú, que no lo eres, a no hacerte a un lado. No soy mejor ni peor.

No sé vosotros, pero a mí me duele ver fachadas de iglesias pintadas, monumentos cofrades tachados, injustas críticas colectivas. No voy a cuestionar cómo vives tu Semana Santa. Respeto tu decisión de vacaciones, yo también me voy, cuando me dejan, de compartir con la familia, o de “quemar” la playa si el tiempo acompaña. Pero también respeto a quien decide acudir a los actos que hacen grande las Semanas Santas de sus localidades. Y me duele, os decía, ver cómo unos y otros se apropian o denostan el sentimiento religioso.

Profesar la fe es un derecho, como la igualdad salarial, como la libertad de expresión, como tantos y tantos derechos que nos merecemos. Vamos a respetarlos. Todos. Dejemos de etiquetar personas como si fuesen prendas colgadas en diferentes tiendas de macrocentros comerciales. Se puede ser católico y de izquierdas, se puede ser feminista y de derechas. Impidamos ser siglas políticas o colores de modas pasajeras. Somos personas, me reitero, y como tales debemos de actuar.

Si realmente buscamos la igualdad no podemos olvidarnos de todos aquellos que estos días más que nunca creen en Dios. Ni podemos olvidarnos de aquellos que no creen. No podemos olvidarnos los unos a los otros.

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