“Todo es muy complicado para un ciego que quiere hacer creer a los demás que ve“. Edgar Degas
– ¡Dios Santo ¡pero que mal posa usted hoy, gritó Degas dando un puñetazo en la silla, si está cansada, dígalo.
Si, estoy cansada replicó Alice haciendo un último esfuerzo para mantener el equilibrio sobre su pierna izquierda, mientras se sujetaba con la mano el pie derecho, que tenía levantado hacia atrás en una postura muy incómoda.
-Pues, ande descanse usted
La joven se bajó de la plataforma donde se encontraba, deslizó sus pies desnudos en unas zapatillas, y acercándose a la estufa para calentarse un poco, miró irritada al viejo artista que continuaba modelando la estatuilla, en la que casi sin ver aplicaba con sus torpes manos una capa de cera sobre la otra.
Ese día Degas llevaba refunfuñando toda la mañana, pero ahora estaba totalmente absorto centrando sus ojos casi ciegos en la pequeña figurilla que estaba modelando mientras ella posaba. De pronto, con un movimiento brusco muy habitual en él, se levantó súbitamente de la silla donde se había sentado, dirigiéndose muy decidido a la habitación de al lado. La joven entonces miró su reloj y pensó: ¡Dios mío aún me queda media hora larga en la posar para este viejo huraño!
El estudio de Degas era grande pero sombrío, porque los altos ventanales que daban al norte estaban cubiertos por una densa cortina de lona que no dejaba entrar la luz en el estudio porque el artista, que apenas veía, no la toleraba. La habitación donde trabajaba estaba repleta de objetos de lo más variado, caballetes, armarios, bancos de escultor, mesas, sillas, biombos y hasta había una bañera de metal donde a veces hacía posar a sus modelos entrando o saliendo de ella, todo ello rodeado de una gran cantidad de cuadros. Pero lo peor de todo y lo que más molestaba a Alice era el polvo, que lo cubría todo. Zoé, la vieja criada de Degas, tenía prohibido limpiar y solo tenía permiso para pasar la escoba en la zona del banco donde él sentaba y en el pasillo que conducía a la puerta de salida del estudio, por lo que la suciedad se acumulaba desde hacía años.
De nuevo Degas entró en su taller sin decir nada y después de echar algo de leña en la chimenea, se sentó en un sillón al lado de la pared permaneciendo inmóvil y en silencio con las manos sobre los ojos mientras parecía meditar profundamente.
De repente, con otro de sus rápidos movimientos, se volvió a colocar junto a la estatuilla que estaba modelando mientras Alice regresaba a su postura Mientras posaba, Degas con los ojos casi cerrados detrás de sus lentes, seguía los contornos del cuerpo desnudo de su modelo comparándolos con los de su estatuilla, levantándose de vez en cuando para poder seguir con la mano la línea de su cadera o la inserción de un musculo, para luego intentar reflejarlo torpemente sobre la cera.
Muy irritado, repitió de nuevo:
-Pose usted como es debido al menos durante cinco minutos, para que pueda tomar algunas medidas.
Alice puso cara de susto mientras veía a Degas acercarse a ella con el compás de medición en la mano, que como apenas veía manejaba de forma tan torpe y con movimientos tan bruscos, que la joven pensó que realmente era un milagro que no hubiese dejado tuerta a alguna de sus modelos al usarlo. Cuando terminó de tomar medidas con el compás le dijo bruscamente
-¡Váyase!
Alice rápidamente corrió detrás del biombo a recoger su ropa, que estaba helada, y se dio cuenta de que su falda se había caído al suelo y estaba llena de polvo, pero no se le ocurrió pedirle el cepillo a Degas para poder limpiarla, porque sabía que era imposible que admitiese que se le hubiera manchado en su estudio. Con el sombrero ya colocado se volvió al otro lado del biombo para despedirse del viejo artista que aún trabajaba ensimismado en su estatuilla, y que con un flojo apretón de manos dijo:
-Hasta mañana, vaya a pedir sus cinco francos a Zoé.
La joven bajó una planta y se encontró con la vieja sirvienta de Degas, que le dijo:
– ¿Cómo es que es va tan pronto señorita Alice, es que el señor está enfermo?
– No contestó Alice, es que me ha dejado ir antes porque hoy estaba muy cansada, pero ¿qué le pasa hoy para ser tan desagradable?. Y casi a punto de llorar añadió:
– Hay que ver que mal la ha tratado a usted cuando ha subido a reavivar el fuego en el estudio, no sé cómo puede comportarse así con una persona que lleva tanto tiempo a su servicio.
Zoé moviendo la cabeza, exclamó esbozando una leve sonrisa comprensiva
– No le haga demasiado caso, el señor sufre mucho, apenas ve y además tiene su enfermedad de vejiga que no deja dormir por las noches, tenga sus cinco francos señorita y hasta mañana.
Al día siguiente poco después de las nueve de la mañana, Alice regresó a casa de Degas, en la calle Víctor Massé con la esperanza de que el artista estuviese realmente enfermo y así según su costumbre la enviaría a su casa después de pagarle la sesión sin tener que posar.
Sin embargo, ese día cuando Zoé le abrió la puerta la condujo al comedor donde Degas estaba desayunando. Desde el quicio de la puerta Alice vio el rostro de Degas, con su mirada de ciego, y como sabía que no podía reconocerla, exclamó gritando alegremente:
-¡Buenos días, señor Degas ¡¿Como está usted?
A lo que él contestó con una sonrisa, mientras le tendía la mano:
-¡Ah ¡es usted Alice, siéntese en el sillón.
Alice se acomodó en el sillón de cuero negro próximo a la chimenea, y se alegró mucho al ver el cambio en el rostro de Degas, la cólera del día anterior había dado paso a una expresión serena y la mirada de sus ojos ciegos parecía muy suave.
Como Degas ya no podía leer el periódico, Zoé lo hacía por él, y para ello se sentó cerca de la ventana, y después de ajustarse sus gafas de lectura comenzó a leer mientras el pintor, que escuchaba atentamente, asentía con la cabeza cuando estaba de acuerdo con lo que oía. Mientras, Alice sentada en un sillón miraba distraídamente el mobiliario y los cuadros de las paredes del comedor, hasta que un grito la sacó de su ensimismamiento, era Degas que chillaba furibundo:
-Ta-ta-ta-tá ….¡Santo cielo Zoé, que mal lee ¡Deténgase, no se le entiende ni una palabra!
Acostumbrada a ser interrumpida de esa manera, la vieja criada sin inmutarse se quitó las gafas y se detuvo antes de terminar la frase que estaba leyendo, y después de un silencio sepulcral, dijo pausadamente:
– Señor, le he arreglado su chaqueta
– Está bien, dijo Degas, en tono más conciliador, me la pondré al mediodía para salir.
Degas y Alice subieron al estudio, la joven no tardó mucho en desnudarse e ir cerca de la estufa. Degas estaba concentrado en retirar los trapos que había encima de la estatuilla de Alice que llevaba ya mucho tiempo modelando, y después siguiendo su costumbre se puso a mirarla muy de cerca con la cabeza inclinada de forma extraña.
El artista apenas veía y ahora para poder seguir pintando trabajaba primero sus motivos en esas pequeñas estatuillas de cera a las que dedicaba tanto trabajo.
De pronto Degas acercándose a ella le preguntó:
– Dígame, Alice ¿por qué siempre están las tiendas llenas de mujeres que se dedican a manosear los encajes y las sedas e ir de un mostrador a otro, empujándose y arrancándose los retales de tela mientras se propinan unas a otras miradas envidia y desdén para ver quien va mejor vestida? No será usted de esas, ¿verdad?
A lo que la joven respondió
– Yo no tengo casi tiempo para andar por las tiendas, tengo que trabajar, aunque tendría que ir a comprar un retal de seda para el cumpleaños de mi madre.
– ¿Pero por qué va a regalarle un retal de seda, Alice? ¿Tiene acaso que ir su madre forzosamente vestida de seda? Haga como yo, que como regalo de Navidad a mi hermana y a mis sobrinas les compro una felpa para que se hagan batas, eso sí que es un regalo útil.
Degas no soportaba algunas frivolidades femeninas como los perfumes, las plumas en los sombreros o los vestidos emperifollados; por eso tampoco podía soportar que Alice se pintara los labios o que se peinara de manera sofisticada, y a pesar de lo mal que veía, cuando se daba cuenta de que había cambiado su peinado, antes de empezar la sesión de posado le metía las manos en el pelo para despeinarla, mientras decía:
-Cuando se es joven y fresca como usted, no hay necesidad de emperifollarse de esa manera. ¡Alice, sea así, natural, como siempre!
Esto contrariaba mucho a Alice, que mordiéndose los labios pensaba que este viejo malhumorado no tenía por qué meterse en sus asuntos. Para cambiar de conversación y relajar el ambiente le preguntó:
– ¿Dio usted un buen paseo ayer, señor Degas?
– Ya lo creo, normalmente me subo al primer tranvía que pasa y le pregunto al cobrador donde vamos, y también continúo haciendo mis peregrinaciones por Montmartre, que es lo que más me gusta porque es lo que mejor conozco, allí no necesito preguntar por dónde voy; de todas formas, a veces pienso que me da igual estar en un sitio que en otro, porque mis pobres ojos ya no reconocen nada. Las calles ahora están atestadas de tranvías, y Zoe en cuanto tardo un poco en regresar a casa, se preocupa mucho porque piensa que me han podido atropellar ya que a veces no los veo venir, pero yo necesito salir y tomar el aire como todo el mundo.
– Pero si trota usted como un conejo por la calle señor Degas, dijo Alice para animarle, el otro día cerca del Molin Rouge le vi andar tan deprisa que era difícil poder alcanzarle.
– Si, todavía tengo buenas piernas, dijo Degas sonriendo melancólicamente, pero a pesar de ello no puedo salir por la noche las calles están muy mal iluminadas y me da miedo caerme, por eso hace tiempo que no acepto ninguna invitación para cenar.
Y sentándose de nuevo en el sofá con una mano sobre los ojos, dijo suspirando profundamente:
-Ah querida ¡que horrible es no poder ver con claridad ¡hace ya años que he renunciado a pintar o dibujar y ahora me contento con modelar, pero si mi vista sigue empeorando no podré hacer ni esto y entonces ¿que haré con mis días? ¡Me moriré de aburrimiento y de asco!
Alice conmovida, en tono consolador le replicó:
-Pero señor Degas, usted no se va a quedar ciego, tiene la vista cansada por el frío, pero cuando vengan los días cálidos verá mejor piense que trabaja todas las mañanas sin descanso, muchos artistas más jóvenes no hacen tanto.
– ¿Usted cree, Alice? le respondió Degas con voz esperanzada, intentando buscar algo de consuelo en sus palabras.
Parecía que ese día Degas no tenía demasiadas ganas de trabajar porque poco después, acercándose a ella muy confidencialmente le susurró al oído:
-Escúcheme Alice, me gustaría que hiciese creer al resto de los pintores para los que posa que soy un viejo verde, dígales que he intentado hacerla sufrir los peores ultrajes mientras posaba y ha tenido que usar todas sus fuerzas para rechazarme.
Alice mirándole divertida, pensó en lo gracioso que era ver como Degas deseaba hacerse pasar por un viejo libertino, precisamente él que siempre mantenía una gran corrección con sus modelos, no permitiéndose nunca ninguna familiaridad con ellas
Y mirándole con ojos cómplices, le contestó:
-Entendido señor Degas, le crearé tal reputación que será el terror de las modelos y la envidia de los pintores.
Degas frotándose las manos soltó una carcajada y continúo haciéndole confidencias, diciéndole con aire de preocupación:
– ¿Sabe? he ido varios días a casa de Ivonne, mi otra modelo que usted conoce. La pobre está en la cama por un ataque de fiebre tifoidea, pero ya no me atrevo a volver más porque me da miedo de que la portera se ponga a cotillear ¡que podría pensar de que un viejo como yo esté tan interesado por la salud de una bailarina ¡Pero es buena y la aprecio mucho!
Alice se enterneció tanto al oírle hablar así de su compañera, que casi se le saltaron las lágrimas y de pronto le perdonó todo su mal genio y sus malas maneras, porque se dio cuenta de que para un artista excepcional como él el estar ciego era un auténtico suplicio y que solo su gran corazón, que siempre se empeñaba en esconder a los demás y su amor al arte era lo que le permitía poder seguir trabajando a pesar de estar casi ciego
Y entonces Degas, de forma brusca exclamó:
– ¡A trabajar ¡
Y volvió a ocupar su lugar delante de la estatuilla de cera mientras tarareaba una canción napolitana, que repetía cuando estaba de buen humor, la había aprendido de su abuelo cuando era joven y paso dos años en Nápoles, y a Alice le gustaba mucho.
La joven modelo estaba contenta porque le gustaba ver como Degas era feliz disfrutando de su trabajo, y volvió sin esfuerzo a su pose habitual. Cada día veía como su estatuilla iba progresando un poco más, y esto la satisfacía mucho. Estaba hecha sobre un esqueleto de trozos de corcho y de restos de pinceles viejos que Degas tenía en el estudio, sobre los que el artista trabajaba aplicando con las manos capas sucesivas de cera, actuando más como un pintor que como un escultor.
Pero de repente en uno de sus torpes movimientos de sus manos, Degas hizo mil pedazos de la estatuilla en la que llevaba tantos días trabajando.
En silencio, con los brazos colgando a lo largo del cuerpo el viejo artista contempló el desastre con sus ojos casi ciegos, mientras Alice lanzaba exclamaciones desconsoladas.
Pero tan solo habían pasado unos minutos cuando Degas recuperándose gritó con gran convicción y aire desafiante:
– ¡No se preocupe Alice! como las figurillas se rompen hoy voy a dibujar un pastel, que hace tiempo que no lo hago.
Y sin pensarlo dos veces, con los movimientos rápidos que le caracterizaban regresó con una banqueta, un taburete y unas cajas llenas de pinturas al pastel. Colocó a Alice en una nueva pose, que esta vez era más cómoda porque estaba sentada en la banqueta de espaldas a Degas. Pero el pintor parecía no querer comenzar nunca a dibujar, y al cabo de media hora exclamó:
– Venga aquí Alice, ¿dígame, de qué color son estos lápices?
Le mostró una barra de pastel rosa, otra gris clara, otra azul oscuro y otra verde. Después de que ella le dijera los colores, le dijo
– Vuelva a sentarse, por favor
– Alice conmovida pensó ¿Si estaba tan ciego como para no poder ni siquiera distinguir los colores, como conseguiría pintarla?
Con sus ceras en la mano Degas siguió dudando largo rato hasta que dio una vaga pincelada. A Alice se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar los gestos rápidos con los que aplicaba las pinturas sobre el papel tan solo unos años antes, cuando todavía veía algo. De pronto Alice escuchó un gran ruido en el estudio y al volver la cabeza para ver qué había pasado se encontró con Degas tirado en el suelo. Se había caído arrastrando a tras de sí el caballete.
La joven corrió enseguida a levantarle, pero él gritó:
– ¡Déjeme, recoja primero mis dibujos ¡
Alice obedeció y después de recoger las láminas de dibujar que habían volado por toda la habitación, ayudó al pintor a ponerse de pie, cosa que por su edad y su falta de visión no era tarea fácil.
Cuando al fin lo consiguió le preguntó:
– ¿Se ha hecho daño, está usted bien?
El, tocándose los brazos y las piernas, y esbozando una leve sonrisa dijo tranquilo:
– No tengo nada, cuando me estaba levantando he tropezado con el caballete y me he caído, y mire querida …¡Mi ropa de domingo que ya me había puesto para ir después a cenar a casa de los Rouart está llena de polvo! ¡que mala suerte tengo hoy, no puedo modelar, ni pintar, ni tan siquiera ir decente a cenar con los amigos!
Pero después, mirándola con sus ojos de ciego intentó esbozar una sonrisa cómplice mientras le decía:
– ¡Pero bueno, al menos hoy he tenido una conversación muy interesante con usted!
Alice llena de ternura volvió a mirar de nuevo los ojos ciegos de Degas, porque acababa de descubrir que detrás de ese viejo refunfuñón para el que posaba cada día, se escondía una persona de gran corazón y un artista excepcional que intentaba por todos los medios a su alcance superar la ceguera en la que muy a su pesar se adentraba más cada día.
Y entonces la joven se sintió muy feliz y afortunada por tener la suerte de además de ser su modelo, poder ser también su cómplice, y ayudarle en la complicada misión que Degas se había impuesto a sí mismo desde hacía ya mucho tiempo: “la de ser un ciego que quería hacer creer a los demás que ve “










