Una de las películas que más ha llamado la atención de cara al Goya 2022 como Mejor Película Iberoamericana ha sido Dirección opuesta, donde se narra la historia de Eugenia, de 17 años, quien junto con Luis y Vadier viaja en busca de su desconocido abuelo italiano, cuya ciudadanía podría garantizarle un pasaporte europeo y una salida a la crisis política y económica del país. Eugenia vive un romance con Luis y, al separarse, le promete que se volverán a encontrar en Roma trece años después.

Dirigida por el director venezolano, afincado ahora en Italia, Alejandro Bellame Palacios, también coproductor y coguionista de DIRECCIÓN OPUESTA, está protagonizada por los jóvenes actores venezolanos Claudia Rojas, Christian González y Erick Palacios. Es una coproducción entre Venezuela e Italia, de El Rumor Producciones, Capitolio, Tres Cinematografía y Soda Producciones, basada en la obra de Eduardo Sánchez Rugeles Blue Label/Etiqueta Azul (2010), Premio de Novela Arturo Uslar Pietri.

Tercer largometraje de ficción de Alejandro Bellame, autor del guión junto al joven escritor Sánchez Rugeles, afincado en Madrid desde hace diecisiete años, desde The Citizen hemos querido conversar con este talentoso director.

 

¿Dónde radica el origen del proyecto?

Está basada en una novela que tuvo mucho éxito en Venezuela, reconocida con el Premio Arturo Uslar Pietri; se trata de  Blue Label/Etiqueta azul, de Eduardo Sánchez Rugeles, coguionista de la película también, quien vive en Madrid desde hace diecisiete años. Era absolutamente pertinente con lo que la población y, sobre todo, los jóvenes están viviendo en Venezuela en este momento. Es una obra que habla de la amistad y del amor en medio de una situación de caos que lleva a la desesperanza y a la frustración. Esa tabla de salvación que representa la amistad y el amor en medio de una situación tan dura y crítica, era algo de lo que había que hablar.

Desprende esa energía juvenil de perseguir los sueños…

También hay algo muy propio de ese periodo de la vida que es la búsqueda del sentido de la propia vida. Estos son jóvenes que tienen que buscar ese sentido y aprender a vivir en medio de una situación que no les brinda precisamente esperanza. La vida se les presenta de una manera muy ruda.

Las road movies suelen ofrecer un paralelismo con la vida, porque, como ella, es un viaje. ¿Tuviste que cortar mucho o no el guion?

Sí y no, porque son dos lenguajes diferentes. Es cierto que puedes ir con mucho más detalle en la narración escrita, pero aquí, con una imagen, en un plano de cinco segundos, ves lo que en la novela puede llevarte dos o más páginas. Es el poder de la imagen. Lo escrito puede estar lleno de imágenes que el lector hace propias, y en la película la imagen está ahí, está entregada y el espectador sólo debe procesarla. En el viaje por carretera, es importante establecer la metáfora, que se trata de la vida de unos jóvenes, pero también es la vida de una nación que, como esos jóvenes, está en la adolescencia, que se está construyendo en medio de una situación caótica y,  hasta cierto punto, desesperanzadora. Así, esos jóvenes y su búsqueda son una metáfora del propio país adolescente.

Pero, el país ya fue adulto en algún momento, ¿no?

El país no ha llegado a la adultez,  ha sido y sigue siendo muy joven; hemos vivido en una eterna adolescencia… Tal vez esa joven estuvo en un buen colegio durante un tiempo y luego se descarriló. El país estaba encaminado a una adultez más o menos exitosa, pero, como todo adolescente quiso buscar su propia identidad, encontrar su propio camino, empezó a experimentar sin mucho asidero y la experimentación no le salió bien. Siempre digo que Venezuela es el país del «podría ser»… Pero todo se queda en eso, no termina de ser  «eso» que sigue en su potencial.  Yo creo que eso es muy adolescente, esa forma inmadura de comportamiento social.

Para el espectador español que no conoce Venezuela, sí que ofrece una sensación de adentrarse en el país. A través de los protagonistas, con sus diferentes paradas en ese camino, de forma tan cinematográfica.

En ese viaje no solo se muestra la belleza geográfica, sino también ciertas locaciones que te hablan de problemas y de la situación complicada que atraviesa la nación, sin resultar evidentes. Cuando se paran en el restaurante de carretera, por ejemplo, se ve la precariedad, con perros abandonados, famélicos; en el ambiente se percibe que estamos en un lugar en crisis, donde lo que abunda son las necesidades. Lo mismo que en la salida de Caracas. Ahí las imágenes no están puestas de forma casual, como los graffitis de propaganda partidista sobre obras de infraestructura que nunca se concluyeron; los barrios marginales donde vive una población que sigue a la espera que las promesas de una mejor vida les sean cumplidas; la entrada al túnel donde está pintada la imagen de Chávez y que tiene un manchón de pintura como expresión de rechazo. Todo eso está ahí, tiene un valor documental, no fue puesto a propósito por nosotros, solamente decidimos pasar por ahí y  filmarlo.

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