Miércoles. Faltan pocos minutos para que den las nueve de la mañana. El tradicional timbre para avisar del inicio del pleno suena por todos los rincones. En el pasillo de entrada al hemiciclo, los periodistas esperan la llegada de los políticos. Hoy hay menos expectación de la habitual: Mariano Rajoy está de viaje.

En estas ocasiones, las sesiones de control no lucen igual. Ni para los medios, que siempre prefieren titular con lo que diga el presidente, ni para los portavoces parlamentarios, que siempre prefieren medirse con él. No importa, porque aunque falte uno de los protagonistas de esta obra semanal, quedan muchos actores para amenizar la mañana.

Y es que hace ya mucho tiempo que la vida en el Congreso de los Diputados cambió para siempre. ¿O no tanto? Las broncas se agolpan y los días históricos se confunden. Las crisis se suceden sin digestivo que permita asimilarlas. Y cuando creíamos que lo habíamos visto todo, siempre hay algún original que trata de sorprendernos. Ya sea con una nueva expresión, una respuesta imposible o la impresora de su despacho.

En diciembre de 2015, la «nueva política» llegó a la Cámara Baja. Y esta casa tan poco dada a cambiar recibía a sus nuevos inquilinos. Algunos no solo estrenaban escaño, también oficio. Se habían convertido, de la noche a la mañana, en políticos.

Para los periodistas parlamentarios, cada día era una fiesta, plagado de titulares, pero al mismo tiempo nuestro trabajo se había convertido en una montaña rusa.

Y no parece que vaya a cambiar: los programas de televisión quieren una noticia por minuto, las redes sociales son insaciables y reclaman alimento y la inmediatez es la principal medida de nuestra competencia.

Lo cierto es que echamos de menos parar. Parar para hablar. O escuchar a los que hablan. O enterarnos de lo que pasa. Porque a veces nos olvidamos de que la actualidad, y sobre todo la realidad, no está en estas cuatro paredes.
Pero claro, a ver quién para ahora…

Quedan tres semanas para las elecciones en Cataluña. Otra cita histórica, por cierto: convocada por el presidente del Gobierno y no por el de la Generalitat -cesado con todo el Govern- y en plena aplicación del 155 para responder al desafío independentista.

Así que en esta sesión el ambiente, además de inusual, es preelectoral: Hay que colar como sea el mensaje por si algún potencial votante catalán lo escucha.

Pues al tajo. A buscar votos. Erre que erre. Y aquí vale todo, desde el tiempo disponible en el escaño para hacer la pregunta de control a algún ministro hasta el canutazo de turno en el pasillo.
Aclaro: el canutazo es ese momento tan visto por la tele en el que un montón de periodistas y cámaras nos agolpamos alrededor del político para hacerle todo tipo de preguntas.
Dentro, en el hemiciclo, el primer cara a cara es pura carrera electoral: Entre Xavier Domenech, de En Comú Podem, y la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, todo son acusaciones. Que si le está usted haciendo la campaña a los independentistas, que si usted y su Gobierno son en realidad el «problema» de Cataluña…
Y fuera, en el pasillo, Alicia Sánchez-Camacho cuenta el acoso sufrido por defender el 155. Acaba de denunciar ante la Policía a un tuitero que la ha insultado y ha deseado que la violen, mientras Irene Montero, de Podemos, entierra por un rato el hacha de guerra para señalar que, en este tema, la diputada del PP la tendrá a su lado.

La mañana pasa y las preguntas y respuestas se suceden. Las del pleno siguen un guión -se las saben desde hace casi una semana-. En las que se hacen fuera del hemiciclo, los periodistas buscan sorprender, pero pocas veces lo consiguen. Al fin y al cabo, la información es global y todos acabamos consumiendo y queriendo saber lo mismo.
En el patio de la calle Floridablanca, caen, por fin, unas gotas, y hace mucho frío, así que la mañana no da para corrillos matutinos al aire libre.
De todos modos, se nota que no está el jefe, y que el día es más apático de lo habitual. Ni siquiera Cristóbal Montoro hace hoy un corrillo con los periodistas, con lo que le gusta a él hablar con los plumillas de todo lo que se tercie, desde impuestos a presupuestos pasando por los fondos de liquidez y las ayudas a las comunidades autónomas, sobre todo si son a Cataluña…

Aunque no todo son canutazos escopetados o corrillos pasando frío o calor. Siempre hay tiempo para comparecencias aparentemente más solemnes, como las que se hacen en el Escritorio, la estancia contigua al pasillo y frente al pleno.

Albert Rivera cae en la tentación estética y convoca allí a los periodistas, que por otro lado agradecen sentarse por un rato. Nos cuenta que los Pujol le han demandado por calumnias, pero él piensa seguir llamándoles corruptos. Y aprovecha para hacer algún que otro repaso más, que hay que seguir rascando votos.

La mañana llega a su fin, y los más ocupados tendrán comisiones por la tarde. Un miércoles más, uno se va con la sensación de que el Congreso es sólo un ring, un teatro o el tremendo plató de televisión en el que lo hemos convertido unos y otros.

Pero no es así. Sigue siendo -o debería ser- la sede de la soberanía, la casa del poder legislativo, el sitio al que los españoles miramos impacientes si aprueban esa ley que tanto nos interesa para mejorar la sanidad, esa bajada de impuestos que tan bien nos vendría o esos presupuestos que tienen una pequeña partida para nuestro pueblo.

Y aunque el miércoles no toca legislar, que para eso están las sesiones de los jueves, lo cierto es que con cuestiones como Cataluña en el debate -y disparate- nacional diario, son muy pocas las leyes relevantes que han salido adelante en los últimos meses. A veces cuesta recordar que esta casa está para algo más que para el «y tú más».

Habrá que esperar, otra vez, a que se ¿normalicen? las cosas y no haya una nueva crisis ni otro momento histórico que las descoloque.