Así, como el título de este artículo. Con una conjunción entre interrogantes es como se responde ante la ciudadanía cuando eres un cargo público elegido por la misma gente que te paga el sueldo. Así se expresó Macarena Olona, candidata a presidir la Junta de Andalucía, ante los medios de comunicación y así lo ha exhibido en sus perfiles en redes sociales: “Macarena Olona está empadronada en Graná. ¿Y?”.

Vaya por delante una opinión: ni entiendo ni comparto que un candidato deba estar empadronado en una determinada provincia o comunidad autónoma para poder presentarse como candidato en unas elecciones, como sucede en este caso con las próximas elecciones andaluzas. No sé por qué no podría un extremeño intentar, por ejemplo, proponer un determinado perfil de ‘Molt Honorable President’ de la Generalitat en Cataluña y jugársela honestamente en las urnas. Pero es la ley, y así lo establecen el Estatuto de Autonomía andaluz y la ley electoral de esta comunidad al exigir vecindad civil administrativa en cualquier municipio de esa región para ser candidato. No vivir realmente allí y estar empadronado simplemente para poder ser candidato en las autonómicas es un ‘fake’. No hay más. Y será formalmente legal, por supuesto. Pero otra cosa es el fraude de ley.

Que Olona pueda ser candidata a la Junta de Andalucía sin vivir realmente en su ‘Graná’ querida, se lo digo en serio, no es preocupante. Lo preocupante es por qué la propia Olona, quien presume constantemente de su condición de Abogada del Estado, se salta una norma jurídica. Y sí, se la ha saltado. Porque con su simulación ha cumplido con el artículo de la ley, pero no con la norma jurídica material que aquel formalmente contiene. Lo preocupante, en fin, es que la explicación a todo esto sea un desafiante “¿Y?”. Tan preocupante, aunque no tanto, como que al ciudadano llamado a las urnas en Andalucía ese gesto y esa interjección le deje igual. O incluso le parezca bien y hasta le resulte loable.

Yo no aceptaría de un hijo menor de edad al que encontrara alcohol escondido en un cajón de su habitación como respuesta un “¿Y?”. No sé ustedes. Como tampoco un agente de tráfico aceptaría un “¿Y?” como excusa del conductor pillado saltándose alegremente un ‘stop’ a toda velocidad. No creo que vieran bien, si son ustedes docentes en un centro educativo, que sus alumnos reprendidos por llegar tarde a clase les espetaran un chulesco “¿Y?”. Ni siquiera encontraríamos normal que quien nos aparte de un codazo en la cola para comprar la entrada del cine y colocarse delante nos lance un despreciativo “¿Y?”, al ser cuestionada su actitud. A nadie extrañará que me indigne si mi inquilino recibe una llamada por mi parte porque lleva meses sin pagar el alquiler y obtengo como respuesta: “¿Y?”.

Pero la pregunta es por qué vamos a cuestionarnos que a diario y en cualquier circunstancia nos vayan a responder así, con una sola letra entre signos de interrogación y en actitud desafiante, y no tengamos más opción que conformarnos con lo que hay si quienes en España ostentan responsabilidades públicas, quienes cobran sueldos de todos, quienes se presentan a procesos electorales como candidatos porque pretenden ser modelos de una determinada manera de ser y de comportarse en sociedad, actúan así.

En todo caso, y por si sirve de consuelo, o quizá para constatar simplemente que ya hemos asumido lo inevitable, recuerden que ya hemos pasado por esto antes de Olona: con el reparto entre PP y PSOE de los sillones del Tribunal Constitucional, ¿Y?. Con indultar a los condenados a los que no se iba a indultar jamás, ¿Y?. Con mudarse a un chaletazo pese al orgullo de vivir en un piso de 60 m2, ¿Y?.

Si nos vamos a tragar sin pestañear que nos digan “lo volveremos a hacer, ¿y?”, igual es que no son solo la política y los políticos el problema. No todo el problema, al menos.