El supremacismo defiende la ideología de un colectivo humano frente a los demás por razones étnicas, biológicas, culturales, religiosas o de origen. En esta definición encajan muchos de los feminismos llamados clásicos, aunque sería más correcto hablar de feminismos patriarcales dado su recurso habitual a las herramientas del amo.

Amelia Valcarcel, Carmen Calvo, Alicia Miyares, Altamira Gonzalo, Ángeles Álvarez y otras lideresas de similar cuño representan a la perfección estos postulados.

La preeminencia política y social de estos sectores no es nueva, pero su auténtico asalto al poder comenzó en 2017, en el 39 Congreso Federal del PSOE. Entonces a Pedro Sánchez le ofrecieron una disyuntiva: o se posicionaba en contra de la gestación subrogada o ellas pondrían al feminismo radical en su contra y perdería un millón de votos en las siguientes elecciones. La respuesta es conocida. El candidato a secretario general, que un tiempo antes se había pronunciado a favor de regular, lo tuvo claro y aceptó vetar la GS.

Pero, ya sabe, cuando un chantaje tiene éxito una vez, el chantajista repite.Toca ahora el turno a los derechos de las personas trans y a una propuesta de Ley que, a 25 de octubre, ha visto demorada por enésima vez su tramitación parlamentaria.

Concebida inicialmente como ley independiente, la transfobia puso en marcha la máquina de recortes hasta dejar la norma en algunos artículos dentro de la Ley LGTBI. Así llegó al Parlamento, donde continuó su calvario de demoras y asedios.

Según fuentes socialistas, el último aplazamiento se debe a la necesidad de otorgarle seguridad jurídica. ¿Seguridad jurídica? ¿Nos están diciendo que las leyes llegan al Consejo de Ministros y se aprueban sin seguridad jurídica? ¿De verdad? “Dios es una excusa”, dijo M. Manson. Y si no es dios, parece que también sirve seguridad jurídica.

La Ley Trans viene a reconocer derechos fundamentales, derechos humanos. Pero es presentada por sus detractores como un atentado contra las mujeres, un intento de borrarlas.

La reciente entrevista a doña Amelia Valcárcel catedrática de Filosofía Moral y Política en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, vicepresidenta del Real Patronato del Museo del Prado, miembro del Consejo de Estado y guardiana de la moral y buenas costumbres del Partido Socilista Obrero Español (PSOE), es claro ejemplo de la postura anti-trans.

Una postura basada en medias verdades e interpretaciones de parte que se ajustan poco a la realidad.

Pero, ¿qué problemas «ve» el feminismo de clase en la ley trans?

Pues dicen que

— Lesiona Derechos de las mujeres e incluso puede afectar a la monarquía (Valcarcel sic).

Cierto, la corona se vería afectada en caso de que la infanta Sofía se declarase varón. Eso obligaría a otorgarle el título de Príncipe de Asturias en detrimento de su hermana Leonor. Lo que no deja de ser una razón patética.

A cualquier persona decente no se le escapa que lo que está mal es la ley de sucesión al trono, que todavía otorga preeminencia al hombre, y no la ley trans. Cualquiera, princesa o no, tiene derecho a definirse a sí mismo y lo heredable no pueden estar ligado ni al género ni al sexo. Pero se ataca a una ley en trámite y no a algo que debería haberse eliminado de la Constitución hace tiempo.

— La autodefinición de género.

Que presentan como una locura. Locura que, para empezar, ni siquiera es pionera en Europa. Dinamarca, Islandia, Noruega o Irlanda (en enero de este año) contemplan la autodefinición entre los 15 y los 18 años y no se han detectado problemas. La legislación no favorece las violaciones de mujeres en los aseos ni en las cárceles, ni permite esquivar delitos ni ninguna de las otras cosas que pregonan en redes sociales y corrillos ad hoc.

— La edad.

La ley avala “someter a bisturí y hormonación a niños y adolescentes”, claman. La autodefinición en España sería a partir de los 16 años y sí, son menores, pero, sin entrar en que la norma nada dice sobre tiempo y forma para la transición, sorprende que se quiera considerar incapaces a menores de dicha edad. Máxime cuando es la edad que el feminismo clásico considera adecuada para tomar anticonceptivos orales -hormonas- sin necesidad de supervisión materna. Máxime cuando es la edad en que se puede decidir ser madre o realizar una interrupción voluntaria del embarazo. Dos circunstancias, estas sí, irreversibles, mientras que el uso de bloqueadores hormonales en menores es completamente reversible, como sabemos tras largos años de uso en pubertad precoz y otros cuadros.

— La biología.

Lo importante es la biología. “Hay gente que no ha bajado en su vida a una sala de partos. Nacemos sexuados. El sexo es clarísimo,” dice Valcárcel. ¿Clarísimo? Habrá parido, pero la que no ha bajado a una sala de partos ha sido ella.

Años luchando el movimiento feminista contra la biología como determinante para acabar escuchando que lo importante es lo biológico: “Es biología, punto.” afirma la filósofa en un frase más propia de un patricio romano que de una feminista de postín.

— Se ocasionará un daño irreparable a las y los menores.

Una idea en la que han abundado otras ilustradas. Ángeles Álvarez afirma que “en un porcentaje similar -80%-, cuando pasan la pubertad esos menores desisten de seguir adelante con la transición” y considera que el daño causado es irreparable.

Pero, cosas de la vida, mientras hacía estas aseveraciones gratuitas, la prestigiosa revista The Lancet Child & Adolescent Health publicaba un estudio confirmando que el 98% de quienes comenzaron con hormonas de afirmación de género en la adolescencia continuaron este tratamiento hasta la edad adulta. Otro ejemplo de que la evidencia desmonta dogmas más o menos teologales.

Para dejar de considerar la homosexualidad como enfermedad se nos pidió todo tipo de pruebas, estudios, investigaciones… Para promocionar la homofobia bastaba decir antinatural, pecado, enfermedad, desviación…

Igual sucede ahora con las personas trans. Se exige todo tipo de datos. Y cuando los das, porque los hay, dicen que no sirven, que los genera un lobby, que hay intereses espurios y otras razones igualmente huecas.

La homofobia es una enfermedad. Ser homosexual no lo es. A la sociedad, a la medicina y a las religiones les ha costado, y les cuesta, aceptarlo. Lo que no cambia la realidad.

La transfobia es una enfermedad. Ser trans no lo es. A la sociedad, a la medicina y a las religiones les ha costado, y les cuesta, aceptarlo. Lo que no cambia la realidad.

El feminismo patriarcal es tránsfobo. Pero el problema no es su transfobia, sino el control que ejerce sobre el PSOE, al que usa como palanca para imponer a la sociedad su moral, sus ideas y, fundamentalmente, su religión.

Y lo peor es que las y los socialistas lo están permitiendo.