Cómo despedirse de un amigo, dice esa mujer que se ha puesto frente al micrófono para dirigirse a los que estáis sentados en esa sala funcional del tanatorio, llena hasta arriba, en la que has podido encontrar un asiento en la última fila. No conoces a nadie. Tal vez porque en los años que tu amigo pasó en la capital, a cientos de kilómetros de ti, las amistades de otro tiempo han sido sustituidas, y de las antiguas, solo quedas tú. Fíjate, te dices, lo querían tanto que vienen desde tan lejos hasta esta ciudad, en la que nació y en la que van a enterrarle. Al menos aquí hay mar, piensas, mientras miras a una mujer de mediana edad, que llora desconsolada. Quién será, te preguntas. Otra, sentada a su lado, más joven, le pasa una mano por la espalda. Un gesto de consuelo que nadie tiene para ti. Recordar los buenos momentos que pasamos juntos, dice la oradora, es el mejor homenaje que podemos hacerle. Y tú te pones a pensar en los años en los que fuisteis los mejores amigos. Los fines de semana que empezaban los viernes al mediodía y acababan los lunes, con el tiempo justo para cambiaros de ropa. Los meses que pasó viviendo en tu casa, cuando su mujer le echó de la suya. Los años en los que no faltaba a la celebración de vuestros cumpleaños. Bueno, los últimos cumpleaños no. Porque hace mucho que la amistad se transformó en un puñado de llamadas apresuradas y de mensajes en los que hasta tu nombre estaba mal escrito. La última vez que os visteis, fue en aquel viaje que hiciste a la ciudad sin mar en la que vivía con su nueva mujer y sus nuevos hijos. El encuentro no fue como tú esperabas. Estaba quejoso. Hablaba de banderas, de resentimientos. Te explicó sus problemas, no te preguntó por los tuyos. Le viste apresurado, distraído. No encontraste al amigo. Así que no sabes cómo despedirte ahora.

Te acuerdas de ese documental que has visto hace unos días. Ese coreano, en el que una empresa usa la realidad virtual para que la madre de una niña muerta a los siete años, Nayeon, pueda despedirse de ella celebrando juntas su último cumpleaños. Las dos interactúan, la madre se mueve, habla y toca mediante unos guantes térmicos a una imagen que ve gracias a las gafas que lleva, clavada a su hija, que se mueve igual, que habla igual, que la mira igual. Las dos ríen, lloran, comparten anécdotas que solo la familia puede saber. Cortan un pastel y comen sopa de algas que la niña elogia y que por lo que parece, es tradición comer en los cumpleaños. Terminada la fiesta, la niña se echa a dormir y se convierte en una mariposa que alza el vuelo. Cuando lo viste pensaste que era macabro, flagelarte con un imposible, una muestra de cómo nos cuesta aceptar la muerte. Hay quien te dijo que es una forma de cerrar el duelo, siempre y cuando entiendas que no es real, que solo es una simulación para sentirte en paz.

La mujer frente al micrófono ha dado paso a dos hombres que dicen ser compañeros de trabajo. Hablan de la gran persona que era tu amigo, de lo bien que lo pasaban juntos y de lo mucho que le gustaba el jazz. Y uno de ellos saca un saxofón y se pone a tocar. A tu amigo no le gustaba el jazz. No lo entendía. Le aburría soberanamente. Se sabía todas las canciones de Bowie, de The Cure, de Morrissey, que cantabais a voz en cuello en los bares con una cerveza en la mano, en el coche, en tu casa. Te dices que tal vez, en esos años, tu amigo ha llegado a ser otra persona que tú ya no reconoces.

Y entonces piensas que si pudieras, te gustaría celebrar con tu amigo el último cumpleaños, como esa madre coreana ha hecho con su hija muerta, pero en la playa, viendo ponerse en sol. Con un pastel que cortar, cervezas, y música. Hablaríais de vosotros, de las cosas que os han pasado, de lo que os habéis echado de menos. Y para alargar la despedida, podríais incluir en el menú una sopa de algas. Aunque no os guste a ninguno de los dos. Qué importa.

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