La dimisión de Albert Rivera se ha convertido en una de las fechas históricas de la política española en democracia. El líder del partido de centro más importante de nuestra geografía moría políticamente. Una agonía que no ha durado muchas horas, que se ha desarrollado de forma elegante y que ha terminado con un último gol. Los errores cometidos por la formación naranja son evidentes, sobre todo en lo que respecta a organizar la campaña electoral, pero este resultado va más allá de la lectura partidista que muchos harán.

«La dimisión de Albert Rivera se ha convertido en una de las fechas históricas de la política española en democracia. El líder del partido de centro más importante de nuestra geografía moría políticamente»

El adiós de Rivera es una derrota de Ciudadanos y un triunfo del bipartidismo, que no de VOX. Porque los intentos de la veteranía política por deshacerse de un grupo que robaba votos a izquierda y derecha han sido constantes desde su aparición. Les llamaron fachas y descendientes de España 2000. Y al mismo tiempo les calificaban como muleta del PSOE y socialistas teñidos de naranja. Discursos que han acabado confluyendo con la veleta naranja azuzada por los ultraconservadores de VOX.

Esa campaña orquestada por el bipartidismo se extendió de los diferentes parlamentos a los medios de comunicación e instituciones. Porque sí, en política hay presiones, igual que desde la política hay presiones hacia otras instituciones. Unos medios de comunicación compraron el discurso socialista de que Rivera blanqueaba a la “ultraderecha”. Otros optaron por criticar a Rivera por querer sustituir a Pablo Casado en el liderazgo de la derecha, algo que jamás se ha dicho públicamente desde los representantes de Ciudadanos. Entre medias, el partido rozaba el sorpasso al PP y entraba en los gobiernos autonómicos por primera vez.

Pero con Sánchez buscando la investidura imposible, los medios comenzaron su obra. Rivera dijo que no votaría con Rajoy, y tuvo que cambiar de opinión. Rivera dijo que no votaría a Sánchez, y cambió de opinión. Pero Rivera y Ciudadanos siempre buscaron la gobernabilidad en España y de ahí esas variaciones. En 2019, Rivera cumplía con su palabra y decía “no es no” a Sánchez. Y entonces, los que le atacaron por cambiar su posición, le pedían justamente que traicionara a los votantes por sentido de Estado. Ahora sí importaba.

«Porque la estrategia en el seno de Ciudadanos era obvia, aunque ningún gurú de la sociología lo dijera. Si Ciudadanos hubiera doblado su mano a Sánchez antes de negociar con Podemos, el PSOE habría sacado lo que quisiera del pacto y Rivera habría traicionado»

Lo acabó haciendo, pero no en el contexto que todos querían. Porque la estrategia en el seno de Ciudadanos era obvia, aunque ningún gurú de la sociología lo dijera. Si Ciudadanos hubiera doblado su mano a Sánchez antes de negociar con Podemos, el PSOE habría sacado lo que quisiera del pacto y Rivera habría traicionado . El acuerdo propuesto en el último momento, con medidas concretas y fáciles de cumplir, era la mejor opción. Sin entrar en Gobierno, buscando el respaldo del PP y tomando la iniciativa del desbloqueo. El PSOE, en manos de Iván Redondo, se negó. Y sus medios de comunicación se pusieron a trabajar.

Curiosamente, esas presiones sufridas desde Ciudadanos no han sido un arma electoral. Si Podemos siempre ha tirado del complot del establishment, de los medios de comunicación y de los poderes oligárquicos para que no crecieran, Ciudadanos ha evitado en todo momento fomentar las teorías de la conspiración. Un detalle más de partido de Estado, de centro y liberal. Quizás esa fidelidad a sus principios es lo que les ha costado el derrumbe.

Pese a ello, es evidente que Rivera se va como un líder total y un modelo de cómo reinventar la política. El centro ideológico no existía y parecía imposible que alguien de derechas entendiera un pacto con el PSOE. O que un tradicional votante de izquierdas entendiera que las medidas liberales en la economía también son positivas. Parecía imposible porque, en realidad, esos electores no sabían que realmente eran de centro. Con Ciudadanos resurgieron las ideas de los pactos de Estado, también la credibilidad de que el independentismo catalán no es el que lidera Cataluña y la seguridad de los autónomos españoles que, después de años olvidados, tenían un representante sin cargas en el Congreso.

«Las críticas a Albert Rivera que se estaban multiplicando en los últimos días cogían forma la noche electoral»

Y no podía ser de otra manera. Las críticas a Albert Rivera que se estaban multiplicando en los últimos días cogían forma la noche electoral. El fracaso de Ciudadanos le dejaba en la cuerda floja y sus declaraciones no dejaban lugar a dudas: iba a dimitir, pero siguiendo los procesos pertinentes. Pero, como sucedió con la propuesta electoral al PSOE, los periodistas y sociólogos comenzaron la que sería su última afrenta: “Rivera quiere parapetarse con la militancia”.

Horas después, y tras reunirse con una Ejecutiva inundada en lágrimas, Albert Rivera marcaba el último gol para el centro liberal español. Una dimisión. El único de los cuatro líderes políticos que en los últimos años han sido incapaces de dar estabilidad al Gobierno.

Pedro Sánchez no dimitió cuando cosechó los peores resultados históricos del PSOE y vio como una Guerra Civil interna le expulsaban del cargo. Pablo Iglesias y Alberto Garzón, pese a haber perdido más de tres millones de votos, tampoco. Ni hablar Pablo Casado, que en dos elecciones a las que se ha presentado ha cosechado los dos peores resultados en la historia de PP.

Y, pese a ello, los mismos que criticaban a Rivera por no dimitir le critican por hacerlo. El cadáver de Rivera es el triunfo del bipartidismo, que sin embargo vuelve a quedar retratado tras la dimisión del catalán en su última aportación a la reinvención de la política.

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