El racismo no es exclusivo de Estados Unidos. Por Europa también pulula el odio por la piel, pero se justifica en claves distintas. Y eso, en gran medida, explica su manifestación más clara y violenta a aquel lado del Atlántico y más difusa pero no menos grave a este.

«El racismo no es exclusivo de Estados Unidos. Por Europa también pulula el odio por la piel, pero se justifica en claves distintas»

En su reciente libro, La monarquía del miedo, la filósofa Martha Nussbaum analiza los orígenes del racismo, el machismo y la homofobia. La génesis psicológica de estos fenómenos, sobre todo los dos primeros, radica en el miedo a perder privilegios. Consciente o inconscientemente, los tres comportan la reducción de rivales en la competencia social, favoreciendo a una élite privilegiada: varones de raza blanca.

El racista se resiste a reconocer sus miedos e inseguridades. Por eso proliferan razones para su odio, los negros son más violentos, cometen más delitos que los blancos, no hace tantos años se decía que eran unos pervertidos, violadores etc. En cambio, el xenófobo suele tener menos complejos a la hora de expresar su rechazo al diferente, porque él «no es racista». Ojalá todos pudiéramos convivir en un lugar, pero los recursos son insuficientes. ¡Qué lástima!

En Europa impera más esta actitud. Admitimos que no queremos compartir nuestros medios de vida, con los últimos en llegar. Otras veces, la cosa va de seguridad. Si no es que odiemos a los musulmanes, es que son terroristas y claro… habrá que protegerse ¿o no? Respecto al miedo o desprecio hacia grupos étnicos que ya llevan aquí siglos, como los gitanos, se justifica en que cometen más crímenes que los blancos. Lo cual lo explicamos por sus dinámicas culturales.

En Estados Unidos, todo esto existe. El racismo se mezcla con xenofobia, sobre todo en lo que se refiere a los hispanos, los últimos en llegar al país de la libertad. El odio a los musulmanes en su sociedad se explica por la mismas claves que en Europa. Sin embargo, en Norteamérica persiste una visión cientificista del racismo entre amplios extractos de su población.

«Hoy el racismo se percibe por la psicología, las ciencias sociales y la psicología como un fenómeno irracional, la expresión técnica es actitud negativa«

Hoy el racismo se percibe por la psicología, las ciencias sociales y la psicología como un fenómeno irracional, la expresión técnica es actitud negativa. Sin embargo, hasta no hace muchas décadas persistieron los intentos de convertirlo en una ciencia. En el S. XIX y XX, antropólogos como Gustave Le Bon y Karl Hillebrand o médicos como Max Nordau teorizaron acerca de las diferencias biológicas de cada raza y su impacto en su cultura y el carácter de sus individuos. Por cierto, no siempre se defendía esta tesis como algo negativo. Nordau era judío y sionista.

Más lejos llegó Ernst Haeckel, quien revivió la teorías poligenismo de Morton, refutadas por Darwin. El poligenismo postula que la especie humana ha tenido un origen diverso, niega la existencia de un antepasado común. Cada raza descendería, pues, de un simio diferente. Los blancos, no os quepa duda, descendemos del mejor simio. En su versión más moderada, el poligenismo acepta que sí hubo un ancestro común, pero sus linajes se mezclaron con otros simios, hasta llegar a los distintos seres humanos de hoy. Las mejores combinaciones dieron lugar a las razas superiores y las peores, a las razas de más lento desarrollo, a los pueblos primitivos. ¿Adivináis el color de piel de cada uno?

Una de las obsesiones del racismo científico ha sido evitar la mezcla racial, asegurando que se incrementa el riesgo de aborto natural o de que el bebé contraiga enfermedades genéticas. No os imagináis hasta qué punto estos disparates siguen en el imaginario colectivo de muchos norteamericanos. Amparados en estas teorías muchos Estados prohibieron los matrimonios interraciales, hasta ¡1967!, cuando el Tribunal Supremo, no el Congreso, no, el Tribunal Supremo declaró, por unanimidad, inconstitucionales tales leyes, en el caso Loving v. Virginia.

«Amparados en estas teorías muchos Estados prohibieron los matrimonios interraciales, hasta ¡1967!, cuando el Tribunal Supremo, no el Congreso, no, el Tribunal Supremo declaró, por unanimidad, inconstitucionales tales leyes»

Pocas pruebas mejores hay que estas parejas de que hablar de razas es un absurdo biológico en nuestra especie. Si las hubiera, los mestizos hijos de esas parejas les ocurriría lo que a los híbridos entre caballo y cebra o la mula -cruce entre yegua y burro- serían estériles. Y eso no ocurre, como tampoco tienen más enfermedades genéticas o carencias cognitivos.

Si bien es cierto que hay rasgos fisiológicos diferentes, el color de la piel apenas supone diferencias genéticas ligeramente mayores que el color del pelo o los ojos. Así que no, no tenemos razas, en un sentido biológico, sólo cultural.

Con todo, se persiste en EE.UU. en hablar de profundas diferencias genéticas. Dicen los partidarios de estas hipótesis que, como aún nos queda mucho por descubrir de la genética, a la larga se demostrará que sus factores más complejos diferencian a unas razas de otras en cuestiones tales como la violencia o la inteligencia.

Desgraciadamente, la biología aún no ha avanzado tanto en sus conocimientos del ser humano como el Ku Kux Klan, así que, a falta de evidencias científicas aceptadas por toda la comunidad científica, y no sólo la de aquellos científicos que además pertenezcan a una hermandad aria, al supremacismo blanco sólo le queda la estadística.

Se dice que la estadística es la forma más fácil de mentir. Para mí, al menos, es la más sofisticada. Hay tres formas de falsear una estadística: a) elaborarla al azar, mentir a lo grande, vaya, b) no emplear una muestra objetivamente válida, c) emplear una aritmética válida, pero derivar de ella conclusiones falaces. Ejemplo de lo último: todos hemos oído que el 13% de población americana, la afroamericana, comete la mayoría de delitos violentos del país. Concretamente, el 6% de la población de EE.UU., los varones negros, comete el 42% de los homicidios. Luego algo les pasará ¿no? Genética o culturalmente, pero algo les pasará. Bien, pues, no.

Aunque el dato es aritméticamente cierto incurre en una gran falacia. De esa minoría, del 13%, el 6% si tomamos sólo a los varones, el 24% vive por debajo del umbral de la pobreza o en barrios marginales a lo que podemos añadir casi otro 30% de afroamericanos que sin ser estrictamente pobres, viven al día y sin poder acceder a grandes servicios educativos ni buenos barrios residenciales. E incluso entre la «clase media negra» el paro es casi el doble que en la blanca.

Algo me dice que no es muy justo ir por ahí comparando a una minoría racial de la cual casi un 50% de sus miembros bordea la pobreza o se ahoga en ella, con una mayoría racial que representa la práctica totalidad de la clase media y alta de una sociedad. Si alguien repite la estadística comparando muestras de negros y blancos de mismo nivel adquisitivo, algo me dice que la supuesta criminalidad innata de los afroamericanos se desvanecerá como lo que es: un mito racista.

«En la actualidad el racismo y la xenofobia están consiguiendo una gran victoria, en todo occidente, no en leyes o tribunales, sino en el discurso»

Debo confesar que soy bastante pesimista. En la actualidad el racismo y la xenofobia están consiguiendo una gran victoria, en todo occidente, no en leyes o tribunales, sino en el discurso. Han logrado que cale la idea de que los blancos, especialmente los varones, son oprimidos y explotados por las minorías y discriminados por las feminazis, cuando estos grupos y las mujeres simplemente quieren la igualdad de derechos y no sobre el papel, sino en la realidad social.

Si la clase media se sigue desmoronando en nuestra sociedad, a la vez que las condiciones climáticas y vitales impulsan a las migraciones, tanto hacia EE.UU. como Europa y Oceanía, con toda seguridad, el racismo revivirá fuerte y hambriento de nuevas atrocidades.

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