Juan José Plans Martínez, periodista, guionista y escritor de ciencia ficción, publicó en 1976 El juego de los niños, una mezcla de fantasía y terror que, casi de modo simultáneo, saltó del papel a las salas de cine de la mano de Narciso Ibáñez Serrador.

Su película ¿Quién puede matar a un niño? se hizo un hueco en la filmografía española, ganó el premio de la crítica en el Festival de Cine Fantástico de Avoriaz de 1977 y constituye uno de los títulos más celebrados de nuestro género de terror. El film despierta miedo. Mucho. Entre otras razones porque los protagonistas del mal son niñas y niños de caras angelicales aunque el cuchillo que llevan en la mano gotee sangre.

Una circunstancia inquietante, que choca con lo que inspiran los pequeños y que contradice el principio de protegerlos de toda adversidad. Los niños son frágiles. Inspiran ternura. Se legisla para prevenir abusos. Para garantizar su seguridad. Los niños ocupan y preocupan. Nos importan de una forma innata y, no obstante, las sociedades humanas -pasadas, actuales y, me temo, también las futuras- hemos interiorizado el daño a los niños.

Sus desgracias nos alcanzan desde la portada de un periódico o desde el brillo hipnótico de la televisión. Nos escandalizamos y decimos que no puede ser y… y seguimos con nuestras cosas porque las malas noticias sobre niños son habituales. Tan habituales que no duelen de verdad porque lo habitual sí que genera inmunidad de rebaño.

Siempre ha sido así. Lo aprendemos desde chicos. La Biblia ya habla de matanza de niños y el curso de la historia registra las agresiones con precisión. Como la masacre de la isla griega de Quíos, en 1822, hoy casi ignorada pero que en su momento causó conmoción cuando se supo que las tropas otomanas, cumpliendo órdenes, mataron a miles de personas, incluidos todos los menores de 2 años.

El paso del tiempo no cambia las cosas. El cuerpo de Aylan, desmadejado, ahogado en una playa de Turquía o el pequeño nicaragüense pidiendo ayuda en la frontera entre México y Estados Unidos, con los ojos hinchados por las lágrimas, nos han tocado a todos. Al menos unos días.

También aquí, en casa, la tragedia está presente. En abril, una niña de 4 o 5 días aparecía abandonada en una bolsa de cartón en la plaza del Corcubión, en el madrileño barrio de Fuencarral.

Poco después, Olivia y Anna desaparecían en Tenerife, por obra de su padre, y nada se sabe aún de ellas.

En febrero, en un descampado de Torrijos (Toledo), se encontraba un bebé recién nacido, aún con el cordón umbilical, dejado en completo olvido.

Hace un año, en Barcelona, era otro recién nacido, abandonado en plena calle en el distrito de Nou Barris, quien aparecía muerto dentro de una bolsa de plástico.

Y sigue. Hay más. Aquí y allá. Dolor captando nuestra atención con la misma fugaz intensidad que la próxima borrasca.

Lo más reciente nos ha llegado desde ambos extremos del Mediterráneo. A un lado Ceuta, sus playas y miles de menores arribando cansados, ateridos, usados como ariete político y empujados por falsas promesas de futuro. Al otro lado los cielos de Oriente Próximo, por donde han volado bombas y cohetes, ciegos, constantes, dejando a muchos pequeños rotos bajo sus efectos.

No sé cuántos niños palestinos o israelíes han muerto. No lo quiero saber. Llamadme cobarde o hipócrita si queréis. Pero no puedo ponerles número. Mucho menos nombre. Aunque sé que lo tienen. Como sé -como sabemos- que tenían ilusiones, juegos y un mañana que les ha sido arrancado antes de empezar a tomar forma.

¿Quién puede matar a un niño? Mucha gente. Demasiada.

Hombres y mujeres, incómodos porque lloran o porque piden pan y no les dejan disfrutar de su pasatiempo favorito. Madres y padres a los que un bebé les viene mal o para los que solo es una herramienta para agredir a la pareja.

¿Quién puede matar a un niño? Mucha gente. Demasiada.

Políticas y políticos, que justifican las muertes bajo el cinismo de los efectos colaterales y mandan disparar una y otra vez. Políticas y políticos, calculando intereses y conveniencias mientras miran para otro lado, seguros de que la sangre de los pequeños no salpicará el perfecto corte de su caro traje ni el inmaculado blanco de la chilaba oficial.

Y nosotros. Quietos, sentados a la mesa con la comida caliente, escuchando las noticias mientras, entre bomba y bomba, pedimos que nos pasen el pan, la sal o el último trozo de pizza.

Nosotros que, olvidando, nos condenamos a repetir los mismos errores indefinidamente.

Decidme, ¿seremos capaces, algún día, de cambiar el signo de nuestra historia?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here