El otro día alguien me lo preguntó: ¿Por qué no escribes sobre Pedro Sánchez? Respondí con claridad: No me da la gana. Paso olímpicamente de escribir otra más de las docenas de columnas diarias que se publican en este país sobre el Felón Sánchez o el Psicópata Sánchez.

Pero alguna explicación habrá, insiste ese alguien queriendo llegar al busilis de mi silencio exo-sanchista. Bueno, añadí, supongo que también influye el hecho de que sobre Pedro Sánchez no hay nada que decir. Es el político sin atributos. Es el gobernante sin vocación, sin pasado heroico, sin ingenio dialéctico, sin compasión, sin coherencia intelectual, en definitiva, sin cualidades de liderazgo que justifiquen su autopropulsión a la presidencia. Como le sucede al Ulrich de Robert Musil en El hombre sin atributos, Pedro Sánchez se mueve, pero no va a ninguna parte. Pedro Sánchez arenga, pero no forja. Pedro Sánchez sonríe, pero no conecta.

Algún mérito como líder tendrá, argumentaba mi contraparte, cuando lleva cinco años largos, larguísimos, en Moncloa. A ver, le digo. ¿Cuáles son las cualidades imprescindibles del buen político según el manual convencional del liderazgo? La primera, credibilidad. (Risas.) La segunda, coherencia. (Carcajadas.) La tercera, valores. (Ojos en blanco.) La cuarta, pasión. (Negación con la cabeza.) La quinta, honestidad. (Risas). La sexta, empatía. (No rotundo.) La séptima, visión estratégica. Pues tampoco, murmura mi interlocutor.

¿Vas entendiendo por qué no escribo sobre Pedro Sánchez? ¿Recuerdas la canción aquella de los Beatles que se llamaba Nowhere Man? Pues ese hombre desubicado es nuestro Pedro Sánchez: el hombre de ninguna parte, instalado en su terruño de ninguna parte, haciendo sus planes que no llegan a ninguna parte ni le sirven de nada a nadie. Canturreamos el tema: “El hombre de ninguna parte no tiene ideas propias ni sabe hacia dónde va, porque está cegado y solo ve lo que quiere mirar”.

Vale, acepta el personaje desacorde. Pero sigo sin entender por qué no escribes sobre Pedro Sánchez si tan claro lo tienes. Suspiro antes de responder: Porque en nuestra sociedad polarizada actual, la publicidad negativa es igual de eficaz —o más— que la vieja propaganda tradicional de toda la vida. Doscientas columnas semanales sobre Pedro Sánchez, cien alabándole y cien criticándole, sirven todas para lo mismo. Le legitiman como estadista y como político. Todas esas columnas forman parte del relato, por decirlo con un término mediático de nuestros tiempos.

Entonces, según tu teoría, da igual estar a favor o en contra de un gobierno, exclama con cierta desesperación mi oponente dialéctico. Y aquí ya saco la munición técnica: La prensa hoy vive encerrada en el mismo universo —maniqueo, blanquinegro y polarizado— que el resto de la sociedad mundial. Prácticamente no se concibe ya ningún tipo de análisis político que no entre en la narrativa binaria de los Buenos, los Malos y el «Conmigo o Contra mí». En ese universo diabólico se produce esa paradoja informativa de la que te hablo: la publicidad negativa (o mala prensa) es igual de eficaz que la morralla autopromocional (o propaganda), porque ambas tienen el mismo volumen y la misma homogeneidad. Los de un lado dicen todos lo mismo y los del otro lado dicen todos lo mismo. A efectos del cosmos hiperventilado de la polarización, los artículos de un bando son todos iguales y los artículos del otro bando son todos iguales.

Las redes sociales ―que han sustituido de facto a la prensa― trituran los temas y los vomitan en formato binario, para que los bandos fusilen y repliquen consignas prefabricadas y hostiles. El ciudadano cree estar reflexionando como Wittgenstein y alcanzando conclusiones trascendentales cuando de hecho es una partícula diminuta trasegada en un proceso de manipulación de masas. El efecto contagio en las redes binarias es comparable al de un gran estadio de fútbol.

El desafío intelectual urgente es liquidar este zeitgeist futbolero que te obliga a ser hincha de un bando ideológico, aceptando sin rechistar el kit de dogmas correspondiente. Pensar ha dejado de ser necesario, porque los políticos, sus lameculos mediáticos y los agitadores de las redes martillean a diario toda la chatarra doctrinal que a ti te toca succionar por la mañana y escupir por la tarde.

La polarización de las redes no nace por autogénesis. El concepto binario del mundo como una guerra maniquea entre los Buenos y los Malos lo imponen las oligarquías políticas, haciendo creer a las multitudes que odiar al bando contrario equivale a pensar libremente.

Ante la ley todos los ciudadanos eran iguales, pero no todos eran ciudadanos, escribía Robert Musil sobre el imperio de Kakania. En España solo son ciudadanos libres los políticos, que han esclavizado a la población. ¿Que por qué no escribo sobre Pedro Sánchez? Porque no me da la gana.