La visita de Arturo Pérez Reverte al programa El Hormiguero ha generado polémica por dos razones: la primera, que no me va a ocupar en esta ocasión, es su convencimiento de que la juventud española actual no estaría preparada para situaciones traumáticas; la segunda, el estado en el que se encuentra el sistema educativo. Sé que no es la primera vez que hablo de ello, pero nunca está de más, especialmente teniendo en cuenta la cantidad de barbaridades que he podido leer en redes sociales a raíz de la “viralidad” del asunto.

Lo primero que tengo que decir es que difícilmente se amolda Pérez Reverte a la figura del “cuñado”. El “cuñado” es alguien que repite lugares comunes y, si bien la primera polémica podríamos enraizarla en la clásica crítica a la juventud pusilánime, la segunda es verdaderamente provocadora. El cuñadismo en la educación vendrían a ser los manidos “tenemos la generación más preparada de la historia”, “los niños se agobian en el colegio” o mi frase cuñada favorita, “si juzgas a un pez por su capacidad para trepar un árbol, se pasará toda la vida pensando que es un inútil”.

«el estado en el que se encuentra el sistema educativo»

Por otro lado, y mucho más importante todavía que la sucinta defensa de la figura de Reverte, está el hecho de que debemos juzgar las ideas no solamente por su expresión práctica, sino teniendo en cuenta a quién le resultan funcionales. La crítica al sistema educativo, especialmente cuando es tan generalizada, enmascara en muchas ocasiones la frustración mal canalizada del pésimo estudiante. Quizá sea algo doloroso de leer, pero me parece una verdad ineludible. La gente se agarra a un clavo ardiendo, y debemos ser conscientes de que cada institución que se tambalea es un oasis para el inadaptado patológico.

Hay que ser un buen cirujano para mejorar algo que lleva muchísimos años permitiendo que se desarrollen miles de genios. El sistema educativo no es perfecto, pero muchas críticas son puro populismo emocional que no va más allá de una enmienda a la totalidad repleta de resentimiento. Por ejemplo, tenemos una cruzada contra la memorística que no hace más que aumentar su intensidad, pero que cubre en la bruma la realidad de que los niños cada vez tienen un conocimiento general más limitado. Los métodos de enseñanza se apoyan en lo práctico y descuidan la comprensión profunda de lo que se está enseñando, porque olvidan que se necesitan unas bases para que el estudiante pueda aprender.

«El sistema educativo no es perfecto, pero muchas críticas son puro populismo emocional»

Para que se entienda a lo que me refiero, he sido profesor particular y, en muchas ocasiones, me he encontrado con alumnos que me repetían mecánicamente que, en la práctica, lo que hacían para resolver un cociente de fracciones era “multiplicar lo de arriba por lo de abajo y lo del medio por lo del medio”. Habrá gente que me diga que estoy describiendo un caso de “aprender de memoria”, pero nada más lejos de la realidad. El problema de este alumno es, precisamente, que sabe operar con fracciones pero desconoce lo que es una fracción. Para él, honestamente, la fracción son dos números separados por un palo horizontal. Algo parecido pasa con las matrices, que son números en una caja para casi todos los alumnos.

El conocimiento práctico es interesante, pero sin bases es absolutamente inútil. Saber operar con matrices es irrelevante si desconoces qué es una matriz. Saber analizar sintácticamente una oración, porque has visto miles de ejemplos de la misma estructura, no es equivalente a entender lo que pone en un texto. La mecanización no es la solución para una buena educación, y convertir a los niños y adolescentes de hoy en futuros adultos incapaces de recordar nada más de cinco minutos seguidos no me parece la mejor alternativa.

«La mecanización no es la solución para una buena educación»

Los pedagogos han llenado la educación de sistemas nuevos, de burocracia y de papeleo interminable. Para enseñar a un niño a sumar hay que desarrollar cuatro planes, quince hojas explicando el procedimiento y doce reuniones. El profesor dedica una semana a preparar la clase y dos horas a enseñar al niño a sumar, y así con cada actividad que se hace. También hay maestros sin vocación y, por desgracia, sin la formación adecuada como para transmitir correctamente la materia. Y eso me temo que se va a ir extendiendo con el tiempo, porque el conocimiento basado en fundamentos memorísticos (que al menos te da las herramientas para aprender) va a ser sustituido por una carcasa inerte de ejemplos fragmentados.

El alumno del mañana va a ir pasando por cada curso sin prestar atención a nada. El aprobado lo va a tener regalado, de modo que irá a las actividades estudiantiles como el que le hace un favor al profesor, rellenando cientos de fichas y viendo cada acontecimiento histórico de forma separada, cada caso matemático como algo aislado y cada conocimiento lingüístico como el que visita un zoo. Saldrá del colegio sin haber entendido qué se supone que sabe, sin tener ni la más remota idea de cómo afrontar un problema y analizarlo desde el principio (por la manía de compartimentar los enunciados) y clamando al cielo porque “le pregunten exactamente lo mismo que ha visto en clase”.

«El profesor dedica una semana a preparar la clase y dos horas a enseñar al niño a sumar»

Deberíamos empezar a darnos cuenta de que eso es un problema. De que niños de siete años que solamente saben hacer los ejemplos que han visto en clase (tienen que sumar exactamente los mismos números, en la misma posición) son analfabetos en el futuro. He tenido alumnos que me decían que sabían multiplicar siete por ocho, pero no ocho por siete. Que me resolvían una ecuación, pero llegaban a una solución de “5=x” y se sentían contrariados y buscaban su error, porque el formato que consideraban válido era “x=5” al ser el único que habían visto en clase. He llegado a ver alumnos que me decían que el texto era demasiado largo, que solo había llegado a leer textos de quince líneas (por ejemplo) y que más allá se cansaba y desconcentraba.

En definitiva, tenemos una crisis intelectual futura, culpa de la laxitud e inutilidad de los “expertos educativos” del presente, y no nos estamos enterando. Seguid alimentando el monstruo del ego de pedagogos, gurús y profesores innovadores.