No es ningún secreto que la educación en España arrastra unas décadas de lastimoso declive. En estas últimas semanas, un baño de realidad, o, mejor dicho, una ducha de agua fría, me lo han recordado sin matices.

Todo empezó el pasado sábado catorce. Aquella tarde estuve en el Centro Ucraniano en Barcelona, donde estoy intentando echar una mano como jurista pro bono. Allí tuve la oportunidad de hablar con varias familias y, sobre todo, con personas vinculadas a la organización del centro. Escuché sus demandas y protestas, entre las cuales una queja se repetía constantemente: las madres estaban convencidas de que los profesores trataban a sus hijos como tontos por ser ucranianos.

“la educación en España arrastra unas décadas de lastimoso declive”

Por supuesto, eran conscientes de que sus hijos no podían seguir la mayoría de las asignaturas como un nativo, hasta que no hablaran bien castellano y catalán. Pero les desconcertaba que en matemáticas e inglés les pusieran actividades tan fáciles. No os imagináis lo que me costó convencerlas de que ese era el nivel de todos los alumnos españoles.

Las familias ucranianas creen que en nuestro instituto se juega demasiado. Según me manifestaron dos madres, ni siquiera en su primaria se juega tanto.

“Las familias ucranianas creen que en nuestro instituto se juega demasiado”

Una semana después de mi encuentro con los refugiados ucranianos, leí una noticia de que cada vez más familias españolas gastan sumas de dinero que muchas no se pueden permitir en clases de refuerzo. Como tantos docentes, hace tiempo que imaginaba que esto acabaría pasando, pero ya ha ocurrido. El sistema educativo ya no sirve para aprender.

Cuando uno se opone a los cambios que se vienen implementando en la educación, suele ser tachado de reaccionario, antipedagogista o vago que quiere seguir haciendo las cosas siempre igual. Antes de que te des cuenta, te acusarán de querer recuperar la lista de los Reyes Visigodos.

“cada vez más familias españolas gastan sumas de dinero que muchas no se pueden permitir en clases de refuerzo”

La pedagogía se supone que es la ciencia que analiza el aprendizaje del individuo. No es una tarea sencilla. De ahí que sea asombroso con cuanta facilidad un puñado de frases banales justifican las reformas educativas. Una de mis favoritas es que el mundo ha cambiado, por lo tanto, la educación debe cambiar igualmente.

Si con esto se afirma que hay que incluir en los contenidos curriculares del aula nuevos elementos que antes no existían estoy de acuerdo, pero hasta donde yo sé nuestro cerebro no ha cambiado. Por tanto, tampoco puede haber cambiado el proceso de aprendizaje. Las técnicas educativas que fuesen válidas hace mil años, lo seguirán siendo hoy. Esto no significa que no debamos abandonarlas si hallamos alternativas mejores. Pero en ningún caso deberíamos equiparar antigüedad con caducidad.

“un puñado de frases banales justifican las reformas educativas”

Más peligrosa es aún la confusión entre novedad y mejora. Si rechazo muchas técnicas supuestamente pedagógicas de hoy en día es porque no encuentra apoyo en los hechos, lo que se supone es la base de toda ciencia. La realidad la contradice. Los alumnos no aprenden mejor, de hecho, no aprenden, con estos sistemas.

Sin interiorizar conocimientos, sin memoria, no puede haber aprendizaje. Afirmar que no necesitamos memoria porque con internet lo tenemos todo al alcance de la mano es un disparate tan elefantiásico, como decir que manejar un vocabulario rico equivale a tener un diccionario entre las manos. Esto no significa que la educación se fundamente exclusivamente en la memoria, ya no digamos la memoria literal. Pero despreciarla es igual de peligroso que despreciar todas aquellas actividades que no tienen una utilidad práctica inmediata, en el más puro sentido crematístico de la palabra. Esta concepción ignora los beneficios indirectos que la constancia en actividades que no nos agraden del todo, el esfuerzo, la lectura o cualquier actividad que involucra la agilidad mental nos reporta en el medio y largo término.

“Afirmar que no necesitamos memoria es como decir que manejar un vocabulario rico equivale a tener un diccionario entre las manos”

Coincido con el filósofo José Antonio Marina. La escuela existe para tres cosas: desarrollar el conocimiento, formar ciudadanos y preparar la inserción en el sistema laboral. En la actualidad, nuestro sistema no consigue ninguna de las tres cosas, porque ninguna de las tres se obtiene un sincero deseo por mejorar, sin esfuerzo y autocrítica.

Preparar para el futuro no es poner un portátil por alumno. Por más que pasen sus días frente a una pantalla, mi experiencia me permite afirmar que, desde que existe la informática, nunca como ahora han carecido nuestros alumnos de conocimientos básicos de ofimática. Las redes, las apps, las plataformas… lo que usted quiera, pero ya no el excel. Desconocen las funciones elementales del word.

“La escuela existe para tres cosas: desarrollar el conocimiento, formar ciudadanos y preparar la inserción en el sistema laboral”

Por el contrario, países con tan buen desarrollo tecnológico como Corea del Sur, Japón, Taiwán o Alemania mantienen su lealtad al papel y a la tiza en la mayoría de las clases.

En la universidad cada vez se ven a más alumnos con problemas elementales de escritura y comprensión lectora. Empieza a ser torrente el goteo de facultades que empiezan a apostar por un curso 0 donde el alumno muestre unos conocimientos básicos. Lo que supone admitir que las etapas precedentes de la enseñanza apenas sirvieron. ¿Pero cómo iban a servir si el propio sistema educativo exige aprobados a cualquier precio?

“Empieza a ser torrente el goteo de facultades que empiezan a apostar por un curso 0”

Hace años que no existe un número mínimo de aprobados para pasar de curso, si bien, los claustros de profesores mantenían la premisa de no pasar a de curso a quien suspendiera más de dos. A partir de este curso, es imperativo pasar de curso, salvo valoración justificada. Por cierto, la LOMLOE no explica qué criterios han de sustentar dicha valoración justificada.

Varias veces, la psicología del aprendizaje ha repetido un experimento social: poner a todos los estudiantes la misma nota -buena, mala o media según el caso- durante un tiempo. El resultado siempre es el mismo: en poco tiempo el nivel académico decae. ¡Oh! Y si no se renueva la suspensión de este apartado de nuestra nueva ley educativa, en breve el bachillerato se evaluará por semáforos y el 70% de la selectividad será una prueba de autoconocimiento.

“Aquí fracasa el sistema educativo como vía de ascenso social”

¿Resultado? Muchas universidades implantarán sus propias pruebas de acceso como la ley les autoriza a hacer. Otras permitirán el acceso ¿pero que clases podrán impartir? ¿Cómo podrán seguir los alumnos estudiando sin tutores o estudios particulares en la universidad u otros estudios superiores? Aquí entran en el juego las academias, que no todos pueden costear. Aquí fracasa el sistema educativo como vía de ascenso social. En su lugar, se erige en perpetuador de las desigualdades.

Churchill decía que un optimista es un pesimista con más experiencia. En ese sentido, asumo que antes o después la situación se revertirá. Finlandia o Francia han dado marcha atrás en varias reformas pseudopedagógicas, en favor de un aprendizaje más tradicional. Eso sí con cada retraso, va una generación que tendrá que esforzarse de adulta, a deshora y en peores condiciones, en aprender lo que tendría que haber conocido en sus primeros años de vida.