Esta situación de calma chicha en la que se encuentra el país por primera vez desde la marcha del reservado Rajoy está cogiendo con la guardia baja a los medios de comunicación, a los políticos y a la ciudadanía. De no ser por la sobresaturación vivida en los últimos meses (¡años!), hasta levantaríamos la voz para pedir algo de prisa a las fuerzas políticas para formar gobierno. En lugar de ello, las consultas de ERC a sus bases copan las portadas de los tabloides, mientras que las manifestaciones feministas de los colectivos feministas y las declaraciones incendiarias de los partidos incendiarios entran a formar parte de las noticias televisivas, un espacio otrora reservado para la novedad. No me imagino a ningún país serio dedicando la agenda mediática e institucional a la obviedad. ¿Somos los españoles carne de conversaciones de barra de bar y de chismorreo en el descanso frente a la máquina de café? ¿No hay una salida ante esta necesidad constante de reproches y superioridad mal entendida? El silencio siempre dice sí.

Las alarmas se han disparado en sordina. Ante la aparente despreocupación de Bruselas por un gobierno de coalición de izquierdas, la evidencia es palmaria: somos nuestros propios demonios. Si hay alguien intentando que España se convierta en una barricada abierta 24 horas al día y 7 días a la semana o que no haya paz institucional para llevar a cabo reformas y políticas que podrán ser acertadas o no pero que, al no ser llevadas a cabo, nos ponen a la altura del país más anárquico y desestructurado posible, resultamos ser los propios españoles. Unos españoles que, a estas alturas de la película, parecemos perfectamente capaces de vivir sin un gobierno más que para odiarlo o loarlo; no como una democracia, ya ni siquiera avanzada, sino como tribus traicioneras, intentando sobrevivir en una jungla que no es tal.

El mal de la opinión, dueña de todo y de todos en este siglo XXI pos-posmoderno que ya sobrepasa la mayoría de edad, es el cáncer que nos destroza por dentro sin dejarnos morir en paz.

Asumir que no tenemos potestad para opinar de todas y cada una de las cuestiones que pasan a nuestro alrededor, que escuchar y leer a genios de la opinión, que no son más que carroñeros en busca de carnaza, es malo para nuestra educación intelectual (y nuestra salud mental) y que todos hemos empezado a vivir en un talk-show político denigrante tan perfectamente filmado y narrado que no lo hemos visto venir hasta que ha sido demasiado tarde, quizá sean las únicas maneras que tenemos de empezar a cambiar la situación, para así cambiarnos a nosotros mismos y construir una sociedad a la altura de nuestro ego.

La guerra de identidades, el paupérrimo nivel educativo de los ciudadanos, la revancha, las utopías personales y, sobre todo, la capacidad que los españoles hemos demostrado en el último lustro para convertirnos en voceros del vocero ha creado un ruido ensordecedor que no permite pensar ni escuchar lo que algún día fuimos.

El Gobierno español, el que sea, debe gobernar. Independientemente de los vaivenes de la -cada día más terrorífica- política económica internacional, que ya afectó en el pasado al mundo entero, pero especialmente a España, por culpa de nuestra irremediable senda del perdedor, que elegimos recorrer por miedo a ser incapaces de convertirnos en un país serio. Ser excepción, sí, pero no por defecto.

Jugar al gato y el ratón con políticos fugados, tener a organizaciones internacionales poniendo en duda la justicia del país, aplicar el “y tú más” cada vez que se habla de corrupción, repetir elecciones una y otra vez, forzar elecciones, habilitar a la ultraderecha en medios y gobiernos como interlocutor -o locutor- válido, retransmitir escisiones de partidos como antes los divorcios de  los faranduleros, pervertir el lenguaje político hasta la náusea, provocar crisis territoriales por twits sofocadas a palos por la policía, traer de vuelta a los militares al parlamento o hacer campaña en una ciudad prometiendo derogar una ley que hace algo más respirable el aire de la misma, para luego comprar todas las papeletas para organizar una cumbre por el cambio climático son algunas de las señales más evidentes de esta pesadilla de la que, ahora que todo está en aparente silencio, parecemos despertarnos.