Recuerdo que hace siete años, cuando empecé a tener claro que iba a estudiar matemáticas, alguna gente memiraba con compasión. “¿Por qué no estudias algo más útil?” Al fin y al cabo, hace siglos que sabemos sumar y multiplicar. ¿Acaso se puede hacer algo más con los números?

No obstante, los que estábamos interesados en ese mundo ya estábamos hartos de leer artículos que proclamaban nada menos que el pleno empleo entre los graduados en matemáticas. Con el transcurrir de los años, las matemáticas empezaron a ponerse de moda, como así atestiguan las notas de corte. Parece que los números tienen ahora algo sexy.

Si quedaba alguien sin convencer de la importancia de la ciencia en general y de las matemáticas en particular, la pandemia de Covid-19 animó a muchos a hacer un curso apresurado en epidemiología y estadística (quizás demasiado apresurado). Los platós de televisión empezaron a recibir a científicos de distintos campos y sus palabras eran escuchadas por presentadores y tertulianos con gran atención.

En suma, la ciencia ha ocupado el lugar que otrora era propiedad exclusiva de la religión. Cualquier afirmación procedente de un científico tiende a ser percibida como cierta por la población. Sobre el tema de hasta qué punto deberíamos creer ciertas verdades por el simple hecho de haber sido enunciadas por un científico cabría el debate.También parece claro que la ciencia no puede ser siempre el único criterio válido, ya que las decisiones tienen repercusiones en muchos ámbitos de nuestra vida, pero desde luego me parece un síntoma de progreso con respecto a épocas pasadas oscuras gobernadas por la superstición. No será un servidor, científico por vocación, quien proponga el fin de la ciencia.

Tampoco la política ha sido ajena a esta situación. Los debates sobre temas como el cambio climático son recurrentes y los gobernantes se vanaglorian de guiarse por el criterio de comités científicos. Pero seríamos muy ilusos si creyéramos que han abrazado la ciencia de forma sincera. Una parte esencial de la ciencia son las propias leyes, que nos permiten explicar el mundo de la forma más correcta y precisa posible. Pero más importante si cabe es la forma de pensar que está ligada a este campo del saber. Absolutamente todo ha de ser demostrado. Cualquier ley es susceptible de ser descartada o modificada si un experimento no encaja con las predicciones. Evitando los prejuicios, debemos centrarnos en explicar de la forma más objetiva posible lo que estamos observando. Y una vez publicadas nuestras conclusiones, tenemos que admitir las críticas por parte de nuestros colegas. El debate es imprescindible para revisar que nuestros conocimientos son verdaderos, así como para adquirir otros nuevos.

Y esto es algo que no suele gustar a ningún gobernante. Y más en general, a nadie que tiene autoridad sobre otros. Parece que el sueño de muchos jefes es tener subordinados que no discutan absolutamente nada. La obediencia es el objetivo. Incluso muchos padres parecen molestos ante los constantes “¿Por qué?” de sus hijos. “¡Porque lo digo yo!”o “¡Porque soy tu padre/madre!” pone punto final al ataque de curiosidad infantil. En el caso de un político, lo necesario es una agenda política en la que gran parte de la población crea, lo suficiente como para depositar su confianza y, sobre todo, su voto.

Pero la ciencia no tiene todas las características necesariaspara que una persona se presente salvadora ante la ciudadanía. Un salvador ha de tener respuestas para todo, la ciencia no las tiene. Un salvador debe estar seguro de sí mismo y no cambiar jamás de parecer. Pobre de él como descubran que hace veinte años publicó un tuit diciendo lo contrario de lo que defiende hoy. La ciencia puede y debe cambiar si los hechos demuestran que nos estábamos equivocando. Viendo esto parece que la superstición no estaba tan mal… Al menos para algunos.

¿Cómo es posible compatibilizar el dogmatismo con una sociedad que cree en la ciencia? La respuesta es bastante inmediata: disfrazando de ciencia las mentiras. ¡Qué comprometidos estamos con la ciencia, haciendo caso de las advertencias que nos lanzan los científicos sobre el cambio climático! Vamos a cambiar el plástico de los bastoncillos por papel y a poner bolsas hechas de patata para coger la fruta. Después de mil estudios demostrando que la probabilidad de contraer la Covid-19 por contacto con superficies es prácticamente nula, vamos a desinfectar diez veces al día el mundo entero, que parezca que hacemos algo para prevenir los contagios. Por no entrar en el uso caprichoso e interesado que se hace de la estadísticao las gráficas delirantes que se muestran con gran vehemencia en los debates electorales. Y no estoy diciendo que no se haya hecho nada útil contra los grandes problemas de nuestro tiempo, pero que las medidas útiles e impopulares tengan que ir acompañadas de otras inútiles más inocuas molesta. Porque por muy insignificantes que sean estas últimas, no dejan de ser inútiles.

Por supuesto, cada uno tiene el derecho de decir cuantas chorradas le parezcan convenientes. Es nuestro trabajo exigir un poco más de nivel y ser críticos. No se trata de una guerra en la que haya que tomar bando, defendiendo cualquier cosa que digan unos y escandalizándose ante todo lo que dicen los otros.

El partido que defiende el cierre de las centrales nucleares porque apuesta por las “energías limpias” no es objeto de mofa. Tampoco lo es el gobernante que aprueba llevar una mascarilla en la calle, sean cuales sean las circunstancias. De hecho, recibe generalmente aplausos. Ahora bien, el que no cree en el cambio climático o no se vacuna se convierte en un enemigo público. Es un ignorante y un hereje que debe ser convertido a toda prisa. Así que no tenemos tiempo para escuchar sus razones.

Tristemente, no estamos tan lejos de los tiempos de la Inquisición. Si llegara hoy Galileo a defender que la Tierra gira alrededor del Sol, ¿qué le haríamos? Lo peor no es que lo condenaríamos, lo peor es que lo haríamos en nombre de la ciencia.

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