Toda crisis sirve como medidor para evaluar la raza humana, como cualquier otra, y la del coronavirus está siendo el mayor examen para calibrar nuestra dignidad. A nivel político, a nivel ciudadano y a nivel personal. Una constante prueba de fuego que asoma a cada detalle que protagonizamos en nuestro día a día. No lo tenemos fácil. Y lo más seguro es que se gane la batalla contra la pandemia. La duda, la gran duda que asola el futuro, es si lo haremos con dignidad humana o tras una carnicería entre compatriotas con el impulso de tapar nuestros errores y de ganar la batalla del relato. Como siempre.

El escenario de esa ausencia de principios y valores habitualmente son las redes sociales. Pero la clase política ha decidido apoyarse en estas y utilizar como trampolín las instituciones públicas para su carrera de la verdad. Comenzó mintiendo el Gobierno y la falta de acuerdo para aplicar medidas desapareció para confluir en el punto de la falsedad. La de tratar al ciudadano como tonto y convertir al que falte por sumarse a la lista de adeptos. Y no, no se puede permitir.

Los errores cometidos por el Ejecutivo son clamorosos. O conocían los peligros del coronavirus y callaron, o su incompetencia impidió que los expertos dieran su punto de vista sobre la pandemia que se avecinaba. A cada cual peor. Por ello, todos los ministros que aún mantienen la versión oficial han perdido total legitimidad de cara a la población. Si se les vota para dirigir y se dejan guiar como una persona más, no merecen tener el poder que les otorga el pueblo. No es no y nunca es nunca, que diría el Pedro Sánchez de la campaña electoral.

La gestión central está siendo pésima y es necesario que hasta sus votantes abran los ojos. Si bien están suspensos y merecerían estar acabados, el apoyo en cuestiones fundamentales para el desarrollo del país no debe variar lo más mínimo. Por muy desastroso que sea el Gobierno, esa dignidad característica que se apuntaba en las primeras líneas debe prevalecer sobre la ideología y los objetivos partidistas. Dentro de la crítica, de la revisión, del análisis y de la presión, debe primar el bien común de salir de la crisis. Porque hasta para cortar cabezas primero se debe llegar a la calma, evitando así castigos erróneos a personas capaces e inmerecidamente señaladas.

Es de celebrar que Ciudadanos haya recuperado el centro, aunque aún les falte trabajo por hacer para conseguir hacer calar su nuevo mensaje entre la opinión pública. El PP, además, ha tomado ciertos caminos con el objetivo de fomentar una gran coalición. Y la mayoría de las autonomías ha reforzado la Constitución y la relación entre territorios mediante una coordinación y ayuda envidiable y que sirve de referencia de orgullo político. De nuevo, cierta dignidad que permite soñar con un viaje más cómodo entre centenares de muertos diarios y con un acantilado económico y social en el horizonte. A todos ellos se les podrá criticar, pues es una necesidad que va intrínseca en nuestra cultura; pero desde una perspectiva positivista.

Si el PSOE coge esa mano, casi todo estará hecho. Por el contrario, si opta por renunciar a esa dignidad de la que tanto han hablado desde sus orígenes, solo les quedará la pelea por la crispación con VOX y las traiciones en el seno del Gobierno con Podemos luchando por ganar puntos entre el votante de izquierdas. Deben apartar voces como la de Adriana Lastra, José Zaragoza y el inconfundible Iván Redondo para que discursos como el de Margarita Robles o Nadia Calviño prediquen una unidad real y creíble. Tienen que cesar en su control de los medios de comunicación y de periodistas a título propio para que su relato falso e indigno cale entre la población y salve unos posibles y futuros muebles electorales. Necesitan frenar su deriva antidemocrática de señalar a medios de comunicación no afines por sus portadas e informaciones mientras jalean las campañas para señalar a la oposición como culpable de decenas de miles de muertos.

La necesidad de dignidad es obvia en este Ejecutivo y entre sus votantes. Los que la tienen, y los que quieren tenerla, deben imponerse a los populistas y mentirosos. Así, y solo así, conseguirán frenar el avance de ultras y creadores de bulos que piensan que ver todos los días fotografías de muertos sin ninguna información adicional es una obligación moral. Sus votantes también son ciudadanos y es en estos donde se encuentra la solución a la mentira: si la gente es religiosamente fiable y digna, los bulos y las fakes news acabarán secándose y revotando en sus creadores. Si queremos evitar la carnicería, comencemos por una crítica desde los ciudadanos hasta terminar en una reencarnación de la mejor versión política en los líderes del país.

La crítica es necesaria y se diferencia de la batalla política. La lealtad es una obligación, pero siempre alejada de la genuflexión. La verdad, ahora más que nunca, debe ser parte de la idiosincrasia del ciudadano español.

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