Hay ocasiones en las que uno siente la tentación de reírse, aunque solo sea para superar la desesperación. Cuando descubrí que se estaba barajando la posibilidad, defendida por algunos presidentes autonómicos, de recuperar la mascarilla en exteriores (incluso existiendo la distancia de seguridad de un metro y medio, que era la excepción hasta ahora), me sorprendió profundamente. No porque no sea consciente de que un pueblo dormido y asustado es la víctima perfecta de abuso, sino porque pensaba que existía una cierta decencia en la práctica política. Siendo más concreto, creía en un acuerdo tácito entre la ciudadanía y los gobernantes para evitar dar vergüenza ajena de una forma directa. Lamentablemente, estaba equivocado.

La mascarilla en exteriores es una medida que no encuentra respaldo en la comunidad científica (usaré la expresión, por mucho que me disguste), y que la mayor parte de la población ni siquiera veía como una posibilidad viable. Casi todos estábamos preparados para otro tipo de errores más sofisticados, como retornar a un confinamiento domiciliario o a los toques de queda, pero costaba imaginar que lo que se reinstauraría sería la pifia más profunda, sincera e infantil de toda la pandemia de la COVID. Lo que ha vuelto es algo que se hizo por puro desconocimiento sobre la forma de transmisión del virus.

«[ojalá] el ciudadano español medio vuelva a ser lo suficientemente crítico como para saber cuándo decir basta «

La mascarilla es necesaria en interiores. Ya sé que la promesa era que se acabaría cuando hubiese un cierto porcentaje de la población vacunada, esa inmunidad de rebaño cada vez más esquiva; en todo caso, haber sobrevalorado la efectividad de la vacunación para detener el avance de Ómicron no me parece un error tan grave. Podríamos entrar a discutir si esta variante amerita tanta preocupación, toda vez que es responsable de un número ínfimo de muertes y hospitalizaciones y, al menos en apariencia, luce como la salida más satisfactoria a la crisis que estamos viviendo; no obstante, prefiero centrarme en lo que más me llama la atención, que es el puro atrevimiento de la clase dirigente.

Hasta no hace mucho, existía una expresión que a mí me encantaba, que era la del suicidio político. Suicidarse políticamente solía consistir en tomar una decisión tan sumamente estúpida e impopular que tu validez como representante público quedaba absolutamente descartada desde ese momento, y sus efectos duraban hasta el fin de los tiempos. No voy a decir que fuese fácil suicidarse políticamente, porque requería una gran destreza en lo que a ser decepcionante se refiere, pero ocurría bastante a menudo. Lo veía como una garantía de éxito para mantener a los ineptos alejados del espacio público; por desgracia, creo que es una de las manifestaciones de justicia poética que se han perdido para siempre.

«la promesa era que se acabaría cuando hubiese un cierto porcentaje de la población vacunada»

Tener fallos no convierte a alguien, por necesidad, en un mal gobernante. No obstante, algo deja de ser una simple errata cuando se cuenta con datos suficientes como para saber de sus bondades y defectos antes de ponerlo en práctica. Y lo que se está haciendo ahora, imponiendo a los ciudadanos una medida que sabemos que es del todo inútil, no es otra cosa que humillar a los españoles. Es obligarlos a cumplir con una norma por el mero gusto vicioso de saber que tienes la posibilidad de hacerlo. Es una muestra de desvergüenza, y de lo peor que puede pasarle a una sociedad: tener un gobierno de personas absolutamente libres, sin control de ningún tipo.

El Estado solo es una herramienta al servicio de la ciudadanía, pero esa máxima se mantiene si el pueblo sea cuidadoso a la hora de poner límites a los caprichos de sus gobernantes. No se puede negar que cada uno de nosotros puede tener mayor afinidad por unas ideas u otras, pero un político no es un familiar, ni un amigo, sino una figura pública. Por eso la ideología no lo es todo; por muy conservador o progresista que seas, un atropello a tus derechos no se transforma en una postura aceptable. El pueblo tiene que ver a los representantes políticos como lo que son, servidores del ciudadano que pueden acertar o equivocarse, pero nunca amenazar con extender sus potestades más allá de lo aceptable. El principal contrapeso del poder político no tiene que ser ni el poder judicial, ni el poder legislativo, sino la propia sociedad civil. Es ella la única que puede apreciar, desde fuera y, por ende, sin sesgos, los vicios y virtudes de los mandatarios.

«Suicidarse políticamente solía consistir en tomar una decisión tan sumamente estúpida»

Siendo sincero, no pretendo extraer de este artículo una conclusión motivadora. No tengo mucha esperanza en lo que a convencer a nadie se refiere. Sé cuál es el público objetivo de este tipo de medidas, y soy más que consciente de que esas personas están asustadas y, con miedo, pensar se torna una tarea casi imposible. Lo único que puedo desear, sin pretender culpabilizar a nadie, es que la cordura se imponga tarde o temprano, y el ciudadano español medio vuelva a ser lo suficientemente crítico como para saber cuándo decir basta. Las decisiones no se toman temblando.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here