“La única verdad es la realidad”. Aristóteles 

El pensamiento científico esta muy unido al filosófico, por eso las palabras de Aristóteles “la única verdad es la realidad”, nos pueden permitir acercarnos a la vida de Marie Curie desde un punto de vista diferente. Actualmente todos conocemos la importancia que tienen sus descubrimientos sobre la radiactividad de los elementos pero si además de sus brillantes tratados sobre física nos acercamos a leer sus escritos autobiográficos y sus diarios descubriremos las grandes semejanzas existentes entre el pensamiento aristotélico y  su excepcional mente científica.

Para ello voy a intentar acercarme a ella a través de la “literatura de lo íntimo”, buscando sus sentimientos a través de las palabras que escribía para si misma en sus cuadernos personales, donde nos muestra de una manera muy cercana su auténtica  forma de ser y de sentir en algunos de  los momentos mas cruciales de su vida.

Una vida que vamos a recorrer relacionándola con los diferentes nombres que ella misma adoptó, o que a veces le dieron cariñosamente  las personas que mas la querían y que estaban cerca de ella  en las diferentes etapas de su vida.

Así conoceremos primeramente a Marja Salomé Sklodowska, que fue como se la bautizó el 7 de noviembre de 1867 en Varsovia, a la que sus hermanos sin embargo  cariñosamente llamaban Mania, Manussia o Anciupecio, a continuación Marja se convertirá por deseo propio  en María y escucharemos lo que nos cuenta sobre su vida como estudiante de matemáticas y física en Paris.

Pero poco después Maria Sklodowska se transformará en Marie Curie al casarse con el físico Pierre Curie y finalmente unos años  después de quedar viuda  se convertirá Madamme Maria Sklodowska Curie la mujer conocida ya universalmente como madame Curie.

Y comenzaremos por saber como fue educada la niña polaca Marja Salomé Sklodowska antes de que se convirtiera en Madame Curie. Sus padres siempre trataron de inculcar en ella el amor por la naturaleza, prefiriendo que Marja disfrutase  mas del aire libre y de la campiña polaca que de penosas clases en  el interior de escuelas donde entonces tenía además obligatoriamente que hablar en ruso en vez de en polaco.

Su padre era profesor de matemáticas y física, por lo tanto un hombre de ciencia, pero María al referirse a el escribe:

“A mi padre le encantaba la literatura, escribía poemas y traducía poesía extranjera al polaco con gran talento, desde la infancia amó mucho la poesía y por ello se ocupó de  que yo desde  pequeña estudiara francés, alemán y ruso y el conocimiento de estas lenguas aumentó aún más mi  amor por la poesía .Mi madre tocaba música y tenia una voz bellísima, pero yo después de su muerte desistí de estudiarla, de lo cual me arrepiento a menudo”.

Su infancia fue triste por la pérdida de su hermana y de su madre y también porque  a los diez y siete años por motivos económicos tuvo que abandonar su hogar para ser institutriz de unos niños en el campo, pero de este tiempo que en algunos sentidos pudo ser amargos para ella, conservó también bellos recuerdos sobre todo  los asociados a la contemplación de la naturaleza, escribiendo:

“Era tal mi amor por el campo, que no me sentía desdichada , y aunque aquellos paisajes no eran demasiado pintorescos, me gustaban en todas las estaciones, acabe conociendo los detalles de la labranza, seguí entusiasmada el crecimiento de las plantas y pronto  conocí a todos los caballos de los establos, por las noches estudiaba por mi cuenta, me interesaban tanto la literatura y la sociología como las ciencias, finalmente acabé decantándome por las matemáticas y decidí ir a estudiar a Paris”.

Este hábito de estudiar por si misma, la ayudó mucho en su vida, y también algo que siempre la caracterizó fue su generosidad a la hora de compartir con los demás los conocimientos que había logrado obtener a solas, muchas veces con un gran esfuerzo individual, pero que siguiendo las teorías positivistas  intentaba hacer llegar a todos, así  escribe de cuando impartía clases  en la clandestina Universidad Volante en Polonia:

“Conservo un gran recuerdo de la camaradería intelectual y social de aquella época, no disponíamos de medios, y los resultados eran muy modestos pero era necesario enseñar a los demás a mejorar en el conocimiento, ya que no se puede construir un mundo mejor sin que mejoren los individuos”.  

De esta manera Marja Slodowska con su conducta hacía suya otra de las máximas de Aristóteles que dice que “Uno no sabe lo que sabe hasta que lo  puede enseñar a otro” y la verdad esto es algo que yo también he podido comprobar porque ha sido la claridad del pensamiento de Marie lo que ha logrado que por ejemplo, yo misma comprendiera simplemente leyendo unas escuetas líneas escritas por ella en sus escritos autobiográficos, las características de piezoeléctricas   de los materiales derivadas de la cristalografía, tema que cuando estudiaba física en la universidad no fui capaz de entender y que asombrosamente ella me lo hizo comprender fácilmente con muy pocas palabras mientras leía sus escritos autobiográficos, fue entonces cuando su inteligencia me dejó totalmente deslumbrada.

Pero esta Marja que ya hemos empezado a conocer se traslada a estudiar a Paris, y para adaptarse a la ciudad  en la que va a vivir decide cambiar su nombre polaco de Marja por el de María.

Y María llega a un Paris en el que Rodin esculpía estatuas, Ravel componía música y Claude Monet hacia del impresionismo una nueva manera de pintar la naturaleza sobre un lienzo, pero nuestra María no disfrutó de todas estas cosas porque estaba dedicada en cuerpo y alma al estudio y aunque de estos años  que pudieron ser duros para ella escribe: 

“Aquella vida que podría parecer dificultosa, me complacía en extremo, ya que me sentía libre, independiente y orgullosa de mi misma, vivía en una buhardilla que en invierno era tan gélida que a veces se helaba el agua de la jofaina, cocinaba con un infiernillo y comía pan, chocolate caliente, huevos o fruta, por la noche trabajaba en mi habitación hasta muy tarde, pero todo lo que veía y aprendía me parecía una delicia, era como si un nuevo mundo se abriera para mi, el mundo de la ciencia que finalmente podía conocer como siempre había querido”.

Ella contaba con regresar a Polonia con su padre después de acabar sus estudios en Paris, pero el destino quiso que no fuese así y que ahora además de tener que cambiar  de nuevo  su nombre, el de María  por el de Marie, cambiará su estado civil y por lo tanto también  su apellido el de Slodowska por el de Curie siguiendo la costumbre francesa, al contraer matrimonio con Pierre Curie.

Y escribe recordando esta época.

“En 1894 conocí a Pierre Curie, me lo presentó uno de mis compatriotas en una cena en su casa, al entrar en la habitación vi de pie enmarcado por la ventana acristalada que daba al balcón, un joven alto, de pelo castaño y ojos claros algo ensimismado y con una cierta actitud de abandono, hablamos sobre cuestiones científicas y sociales y nos dimos cuenta de que teníamos opiniones muy parecidas, nos hicimos muy amigos y nuestro trabajo nos fue acercando hasta que ambos nos convencimos de que no encontraríamos otro compañero de vida mejor. Así pues decidimos casarnos”.

Y así la nueva recién casada Marie Curie, dejó de vivir su vida solitaria de estudiante para convertirse en esposa y después en madre. Y de esta época continua escribiendo:

“No siempre fue fácil conciliar las obligaciones de la casa, con el trabajo científico, pero con buena voluntad lograba arreglármelas, lo mejor de todo era que estábamos en nuestra pequeña casa con una paz y una intimidad que eran nuestra delicia. Tampoco disponíamos de un laboratorio propio, pero encontramos un pequeño espacio en la escuela de física para poder trabajar, de mi marido aprendí que si se desea,  se puede ser feliz en cualquier parte”.

Y quizás estos fueran los años más felices de Marie, la relación con su marido era extraordinariamente enriquecedora porque unía el amor conyugal a la amistad mas intima, una amistad que estaría muy cerca de  la que describe Michael de Montagne en sus ensayos, aquella  que  le unió con Étienne de la Boétie y que  describiría como  la que hace que, “las almas se entrelacen y confundan la una con la otra en una mezcla universal en la  que no hay manera de reconocer la costura que las une”.

Y es que realmente era así era la amistad que unía a Pierre y Marie Curie como apunta una carta escrita por Pierre a Marie en septiembre de 1894 cuando ella estaba de vacaciones en Varsovia y aún  dudaba en aceptar su proposición de matrimonio.

En ella Pierre le dice: 

Vivamente deseo que seamos por lo menos amigos inseparables. ¿Está usted de acuerdo conmigo? 

Y de amigos inseparables se convirtieron en mucho más, en un matrimonio basado en un amor donde su gran amistad se mezclaba con su interés y dedicación a  la ciencia que duró hasta la trágica y accidentada muerte de Pierre.

El nacimiento de su primera hija Irene coincide con el periodo más fructífero de sus investigaciones sobre la radiactividad, y es entonces cuando Marie comienza a escribir dos cuadernos, uno el del laboratorio donde alternaba su letra ordenada con la letra menuda e inquieta de su marido, escribiendo juntos comentarios sobre sus experimentos, pero también escribía  otro pequeño cuaderno, donde ella anotaba además de  los todos gastos de la casa y  las recetas de cocina, también la alegría que sentía como madre al ver crecer a su hija, escribiendo pequeños detalles como:

“Irene pasa todo el día en el jardín , da vueltas, se levanta, se sienta juega con el gato y corre tras él”.

Es también entonces cuando Marie decide como tema su tesis doctoral, buscar en la pechblenda otros elementos radiactivos además del uranio y comienza a trabajar junto con su marido con ocho toneladas de este mineral en un destartalado hangar en el que a pesar del arduo trabajo físico, Marie sin duda vivió como científica y como esposa uno de los momentos mas felices de su vida, y nos los describe así :

“En aquel miserable hangar pasamos los años más felices de nuestra vida, consagrados a nuestro apasionante trabajo, recuerdo la felicidad de los ratos dedicados a discutir sobre nuestros experimentos en una pequeña pizarra o cuando recorríamos el hangar de un lado a otro para no pasar frio  mientras esperábamos los resultados de nuestras pruebas, o cuando  una noche fuimos al laboratorio y por todas partes resplandecían las tenues siluetas iluminadas de los tubos”.

Hangar donde trabajaba el matrimonio Curie (1898)

Y de nuevo estas palabras de Marie  nos pueden llevan al pensamiento de Aristóteles cuando dice que “Lo que con mucho trabajo se adquiere, más se ama”. Y así del amor a su trabajo llegó el reconocimiento, obteniendo el premio nobel de física el mismo año que leyó su tesis doctoral. Pero Marie escribe al respecto:

“Este galardón dio a conocer nuestro trabajo, y mejoró nuestras condiciones de vida pero nos privó de la paz necesaria  para consagrarnos a nuestros estudios científicos”.

En 1904 nace su segunda hija Eve Dénisse.

Pero desgraciadamente poco después, Marie tiene que escribir en su diario:

“En 1906 cuando íbamos a abandonar el laboratorio del viejo hangar donde habíamos sido tan felices, se produjo la catástrofe que me arrebató la vida de mi marido y me dejó sola para criar a mis hijas y proseguir mis investigaciones. La pérdida de quien era mi gran compañero  me desencadenó una profunda crisis vital y abatida por el dolor no me sentía capaz de enfrentarme al futuro, con todo recordaba lo que el siempre me decía que incluso sin él yo debería continuar mi trabajo”.

Pero Marie además de su vocación científica también tenia la literaria porque siempre escribía, tanto en su cuaderno de anotaciones del laboratorio como en el pequeño cuaderno de notas sobre su hija. Por ello a los pocos días de fallecer Pierre escribe un diario intimo redactado en forma de cartas dirigidas a su marido, donde de una manera desgarradora podemos sentir  su dolor por la pérdida irremediable que había sufrido, encabezando sus escritos con la frase: “Querido Pierre a quien ya nunca volveré a ver”, un texto que escribe ella sola en el silencio del laboratorio en el que  intentaba sofocar su pena rememorando los momentos tan felices que allí había compartido con su marido.

Pero Marie logra superar todo esto y también conciliar la vida doméstica con la ciencia que tanto amaba y continua sus trabajos científicos siendo ahora más reconocida y disponiendo de mas medios.

Y quizás sea después de la concesión de su segundo Premio Nobel, esta vez de química cuando Marie deja de ser Marie Curie para transformarse en Madame Marie Sklodowska Curie, la viuda del gran científico que ahora continuaba con vida propia y sola el camino que había comenzado a recorrer con su marido.

Pero a pesar de su extraordinaria dedicación a la ciencia, Marie siempre cuido de una manera muy especial las relaciones con sus hijas logrando que estas añadiesen otro nombre  cariñoso y coloquial a la lista que estamos recorriendo, el de “Me“.

Su hija mayor Irene en sus escritos nos dice los sentimientos que les inspiraba su madre:

“Éramos unas niñas pero siempre percibimos el encanto, la ternura contenida y la gracia de aquella mujer a la comenzamos a llamar “ Mi querida”, “Mi dulce querida” y después esto se convirtió en “Dulce Me” y finalmente en Me. Me, a quien apenas se la oía, que nos hablaba tímidamente, que no quería ser temida ni admirada y que con el paso de los años se olvidó de enseñarnos que no era una madre como las demás, sino una excepción sobre la tierra “

Pero Marie también vivió tiempos convulsos, la invasión alemana la sorprende en Paris con el cambio de su laboratorio al instituto del radio, pero entre todo este caos ella es aun capaz de pensar en su proyecto del jardín del nuevo instituto, aquel jardín hacia donde quería poder mirar en los forzosos tiempos de espera entre los experimentos.

Y de estos días escribe:

“Aún recuerdo el primer día del bombardeo en Paris con los cañones de largo alcance alemanes, pero  a primera hora fuimos al mercado de las flores y pasamos todo el día trabajando plantándolas en el jardín, mientras algunas bombas caían en la vecindad”. 

Así podemos ver el verdadero carácter de la auténtica Marie, la mujer valiente que se escondía detrás de un vestido negro y un rostro austero .

A través de la lectura de estos escritos íntimos de la propia Marie probablemente nos hayamos podido hacer una idea de la belleza de su espíritu y de su carácter, pero para terminar quizás pueda ser interesante saber las opiniones de quienes tuvieron la suerte de conocerla y estar cerca de ella en algún momento de su vida. Albert Einstein, que en estuvo en París para dar una conferencia y la conoció personalmente le escribió una carta a su regreso diciéndole:

“Estoy profundamente agradecido por haberme permitido participar en su vida diaria, todo con usted parece natural y carente de complicación como cuando se mira una obra de arte , y curiosamente y a pesar de mis pocos conocimientos de francés nunca me sentí extraño cerca de usted”.

Albert Einstein y Marie Curie en 1929

Y es que como hace notar Einstein el carácter de Marie, que  podía parecer reservado en una primera impresión, era sin embargo muy cercano para sus amigos logrando con su forma de ser unir la ciencia con el arte. Así su amigo el gran pianista polaco Paderewski, con el que la unió una gran amistad en sus tiempos de estudiante en Paris, dijo al verla trabajar en el laboratorio  cuando realizaba mediciones con el complejo aparato piezoeléctrico diseñado por su marido Pierre: 

“Se sentaba ante el aparato haciendo mediciones en la semioscuridad en un cuarto sin calefacción para evitar variaciones de temperatura, y sus manos se movían con una disciplina y armonía tan perfecta que eran semejantes a las de un virtuoso del piano”.

Gregorio Marañon en un artículo que escribió para el periódico “El liberal” nos la describe así cuando impartió una clase en la facultad de Medicina de San Carlos durante su primera visita a Madrid:

“Delgada, pálida, vestida de negro sin un solo adorno ha comenzado a hablar y su palabra segura y precisa ha ido exponiendo toda la historia y las aplicaciones del radio durante cerca de dos horas, sin fatiga, sin emoción, como si expresase en voz alta y en soledad sus propias meditaciones”.

Al final ha hecho proyectar dos fotografías que representaban la fachada y el interior de un pequeño y destartalado  taller de madera, entonces  con la voz un poco quebrada, nos ha dicho  que era allí donde había trabajado con su marido cuando nadie sostenía sus investigaciones y no eran conocidos, nunca el anfiteatro de San Carlos ha acogido a una multitud tan cargada de respeto hacia esta extraordinaria  mujer que hoy es la directora del instituto del radio de Paris”.

La descripción de Marañón nos muestra la emoción de los recuerdos que siempre unieron a Marie con aquel pobre hangar donde a pesar de la duras condiciones en que tenia que realizar su trabajo, realmente vivió la época más feliz de su vida.

Su hija menor, Eve cuando escribe la biografía de su madre dice: “Mi madre antes de morirse con voz dulce y resignada evocaba sus días felices de juventud en Polonia, mientras yo me fijaba en su fatigado rostro ajado por medio siglo de inquietudes y enormes trabajos y agradecía al destino que antes de dictar a esta mujer austera su inexorable vocación por la ciencia, le hubiera concedido cuando era joven volar en un trineo por la nieve y haber destrozado unos zapatos de cuero en una noche de baile”.

Pero aunque la vida de Marie había estado siempre llena de sacrificios y su hija pensase que su madre solo había podido ser feliz esa noche en el baile en Polonia, si seguimos el pensamiento aristotélico que tanto tiene que ver con el desarrollo de la vida de esta gran científica, a pesar de que lo pudiese pensar su hija, Marie si que alcanzó la verdadera felicidad porque con su esfuerzo y su trabajo llegó al máximo de perfección del conocimiento, lo que para Aristóteles es realmente la auténtica manera de poder llegar a ser completamente feliz.