Nada sé de su vida. Ni siquiera si vive. Pero me gusta pensar que sí, que es feliz, que tiene la familia que siempre ha deseado y que, quien sabe, lo mismo me la cruzo en la calle todos los días sin saberlo. Porque Manuela y yo solo coincidimos unos minutos hace cuarenta años. Porque este febrero se cumplen cuarenta años del primer parto de mi vida. El suyo. Para su madre fue el tercer alumbramiento. Para la niña, la primera bocanada de aire. Para mí, la emoción incontenible de ver, vuelto carne y hueso, un sueño largo tiempo deseado.

La Maternidad de La Paz era entonces una meta y, por eso mismo, imponente. Al entrar sentí deseos de huir. Estaba perdido. ¿Qué hacía un chico de pueblo, como yo, en aquel lugar? Pero seguí y pasé cuatro años cargados de emociones, horas de estudio, noches de insomnio, cansancio, risas y llantos todo mezclado al albur. Aprendí y marché de allí dispuesto a comerme el mundo, convencido de saberlo todo. Hoy, con la perspectiva de los años, sé que, simplemente, senté las bases para evolucionar y que, como profesional y como persona, estaba aún en pañales.

De La Paz salía en la primavera de 1986. Al Hospital de Alcalá de Henares llegaba en noviembre de 1987. Ahí me quedé. Treinta y cuatro años durante los que he crecido como médico, como especialista, como individuo.

Me llevó su tiempo y su trabajo, no creáis. No aprendí a ver a las mujeres de un día para otro. No sabía escuchar. Tuve que cambiar muchas ideas prefijadas y pasar del verbo Yo al verbo Tú.

Tuve que aprender a pensar en vosotras y no en mí. A aceptar que ni lo sabía todo ni podía ignorar vuestro sentir. A sentarme en la cama y tomar vuestra mano y hablar. Hablar. Hablar. De posibilidades, de vida y de muerte, de miedos y esperanzas. ¡Qué importante es hablar con vosotras! ¡Qué importante escuchar! En medicina es esencial. Porque las pacientes no sois solo pacientes. Sois mujeres. Con motivos y conflictos y amores, inseguridades, decisiones… ¿Cómo pretender curar o siquiera ayudar sin saber sobre lo que os conforma?

Cada mano de mujer que he tomado en los últimos 30 años me ha enseñado algo. A todas y cada una de ellas debo un trozo de mi ser y sé que lo que de bueno haya en mí es debido a vosotras, mis pacientes, mis mujeres, mis autoras. Por eso, cuando el reloj ha marcado la hora y la decisión de jubilarme ha sido clara, mi pensamiento, como flecha de brújula, se vuelve hacia todo lo que me habéis dado.

Mi tiempo como especialista en Ginecología, Obstetricia  y Reproducción ha terminado. A otras y otros corresponde ahora el viaje de descubrimiento de este arte antiguo, de vuestros cuerpos, de vuestras almas. Yo seguiré por otros pagos, pero nada sería hoy sin vuestras enseñanzas.

Os echaré de menos. Mucho, mucho más de lo que nunca pensó aquel chaval que, con 24 años, con las manos temblando de emoción, cortaba por primera vez un cordón umbilical un frío día de febrero de 1982.

Manuela tiene 40 años. No sé cómo será, pero espero que sea libre y poderosa.

A ella, a ti, a todas vosotras, ¡gracias!