Cuando la democracia representativa falla (y es normal que lo haga, pues el mero hecho de decidir implica cometer errores, tarde o temprano) y la coyuntura es propicia, el discurso formaldemócrata se acerca al gran público con una solución general para un problema que la propia teoría de la decisión cree irresoluble: cómo aunar las preferencias individuales a través de una regla de decisión que, salvando las discrepancias, nos permita capturar el “sentir popular” de una forma que roce la perfección.

La esencia de la defensa actual de la democracia formal, y me permitiréis la osadía de hacer la comparativa, es propia de un ambiente más distendido: el problema son “los políticos” que “tienen mucho poder” y “no son capaces de entender lo que realmente quiere la gente”. La cuestión de fondo es que, si pudiésemos controlar a nuestras políticos y revocar su nombramiento, y estos políticos representasen directamente a núcleos poblacionales más pequeños (por ejemplo, distritos electorales uninominales, de un diputado por distrito) encontraríamos menos corrupción y, por otro lado, soluciones más reales a los problemas de los ciudadanos, enterrados por el yugo de los líderes del partido; esa “Madrid” mística que ahoga los deseos del pueblo de Segovia, Zamora, Cáceres, Oviedo, Castellón o Tarragona.

«cómo aunar las preferencias individuales a través de una regla de decisión que nos permita capturar el sentir popular”

Lo curioso es que esta supuesta solución al teorema de la imposibilidad de Arrow adolece de multitud de limitaciones. Entre ellas, no acaba de explicar exactamente para qué quiere un Parlamento Nacional, si la tragedia de los ciudadanos es que no tienen los centros de decisión más cercanos a sus poblaciones. ¿No sería, acaso, más fácil que desapareciese el poder estatal y se diseminase en una serie de poderes autonómicos o, por qué no, provinciales o, incluso, municipales? ¿Para qué votar en tres elecciones distintas a nivel nacional, si el problema precisamente es que tenemos que mandar a gente más “cercana” a nuestras preferencias para que nos defienda en una institución superior? ¿Por qué no toma las decisiones un Consejo de Alcaldes con posibilidad de revocación de mandato?

Muchos me contestarán que es por una mera cuestión de pragmatismo, porque no todo se puede decidir de forma tan segmentada. Bienvenidos a la política real, entonces. En efecto, difícilmente una conferencia de alcaldes podría determinar cuál debería ser el programa educativo a nivel nacional, o qué política fiscal debe ser desarrollada. Como máximo, podrían decidir las competencias meramente autonómicas (inversiones en infraestructuras, por ejemplo). “Es que, si me representase alguien que solamente pensase en los valencianos, podría votarlo para que mejorase estas infraestructuras que tengo cerca de mi casa”. Entonces, ¿para qué está tu alcalde, para qué existen tus diputados autonómicos?

«dícilmente una conferencia de alcaldes podría determinar cuál debería ser el programa educativo a nivel nacional»

Podemos estar de acuerdo en que alguien de Madrid no debería decidir cómo se desarrolla la industria láctea en Asturias. El problema es que la solución de los formaldemócratas no es sacar las zarpas de la política nacional de esos asuntos, sino llevar al que sabe de ganadería asturiana, a una persona a la que han votado solo por eso, para que decida los tramos del Impuesto sobre la Renta. Es intentar arreglar un problema creando otro diferente.

Se suele hablar de la “ideología” como algo patológico, pero me parece una visión muy sesgada de lo que ésta significa. Imaginemos que yo tengo que seleccionar a un representante para que llegue al Congreso de los Diputados y vote sobre infinidad de asuntos, sin disciplina de partido y sin vinculación ideológica. Para más inri, muchos defienden que en cada circunscripción se elija un solo diputado.

«Se suele hablar de la “ideología” como algo patológico, pero me parece una visión muy sesgada de lo que ésta significa»

Imaginemos que, en mi zona, la mayoría de la gente quisiera construir un monorrail (por pensar en un ejemplo de Los Simpson, para que se entienda la estupidez del planteamiento) y un sujeto oportunista decidiese presentarse para ser diputado nacional con la única promesa de impulsar ese proyecto. ¿Qué evita que la gente de mi zona lleve a un zoquete a decidir sobre los libros de texto que estudiarán mis hijos porque les apetece tener un tren?

Es más, al ser una elección uninominal, mi voto va directamente a la basura si no he votado al botarate populista de turno. No tengo la posibilidad de influir con, al menos, un cierto porcentaje de los diputados que va a mandar mi territorio. Como ocurre en EEUU, el voto de aproximadamente la mitad de los habitantes de cada Estado es inútil. Ese sujeto irá al Congreso a trapichear, con absoluta indiferencia sobre el resto de asuntos y una ignorancia supina, y un formaldemócrata pretenderá que me contente con la satisfacción ciudadana de poder ir a la cola del paro montado en el monorrail.

«Ese sujeto irá al Congreso a trapichear, con absoluta indiferencia sobre el resto de asuntos»

Hay quien contrarrestaría este argumento diciendo que, si hiciese mal su trabajo, sería revocado su mandato. El problema es que es imposible definir, en este esquema, qué es “hacer mal su trabajo”. Tenemos gobiernos absolutamente deleznables en este país, en algunas Comunidades Autónomas, que siguen ganando elecciones gracias a machacar con que “representan a esa Comunidad”. A veces da la impresión de que se parte, en estos razonamientos, de que existe una “verdad única” que está enmascarada por la ideología, que todos en realidad tenemos las mismas ideas e idénticas prioridades pero cubiertas por el populismo.

Y otra pregunta muy interesante: ¿y si representantes de la mayoría de los territorios se juntasen para beneficiar a una parte del territorio y perjudicar sistemáticamente a la otra? En Estados Unidos tenéis el ejemplo perfecto de un país en el que hay Estados pobres y Estados ricos de forma prácticamente perenne, con una inmovilidad política y un anquilosamiento institucional que no tienen parangón.

«A veces da la impresión de que se parte, en estos razonamientos, de que existe una verdad única»

Por otro lado, viendo la experiencia que estamos teniendo en España con los partidos regionalistas, me cuesta imaginar cómo alguien podría desear eso con 350 diputados. En 2010, como me recordaba un buen amigo, se consiguió aprobar los Presupuestos Generales del Estado a cambio de oficializar la denominación en euskera de las provincias. Por si queréis otro ejemplo, Esquerra Republicana de Catalunya amenazó con tumbar los planes del Ejecutivo si no se garantizaban los doblajes de Netflix en catalán. Si os parece normal que la Ley de Dependencia se apruebe a través de un mercadeo entre representantes de diferentes provincias de España, una especie de juego de Tetris para encajar las pretensiones egoístas de cada territorio y alejarnos de un proyecto común, la formaldemocracia suena como una gran idea. Ponemos por aquí una fábrica, modificamos la legislación sobre la caza, añadimos un poco de presupuesto a Cuenca y conseguimos aprobar una nueva Ley de Memoria Histórica. Suena bien.

No obstante, más allá de todo esto, lo que menos me gusta del ensueño formaldemócrata es que, paradójicamente, está imbuido en propaganda colectivista. Nos mete en una especie de paranoia hermosa en la que “el pueblo debe decidir su propio destino”, cuando lo que hace es fragmentar el poder político en pequeños centros de mando. La libertad solo se puede ejercer de forma colectiva en algunos ámbitos, en efecto, pero el verdadero debate está en si es necesario que los políticos controlen tantos aspectos de nuestras vidas. ¿De qué me sirve cambiar de amo, y que mi correa la sujeten unos dirigentes políticos nuevos en lugar de otros?

«la libertad solo se puede ejercer de forma colectiva en algunos ámbitos»

Los que defienden la libertad colectiva abogan, en el fondo, por una forma diferente de subyugar al individuo. La realidad es que un agente externo seguiría decidiendo cómo nos organizamos, cómo es nuestro sistema educativo, cuántos impuestos pagamos, cómo es nuestra sanidad, si necesitamos o no empresas públicas, qué manifestaciones culturales son relevantes y cuáles no. No van a lo profundo del debate, no cuestionan la legitimidad de la omnipotencia de la clase política de nuestro país. No quieren poner otro coto a la avaricia reguladora de los políticos que no sea una Constitución consensuada entre todos los ciudadanos. Lo único que me prometen es un proceso en el que otros decidirán qué esferas de libertad tengo, con la única ventaja de que la sucesión de acontecimientos a través de la cuál decidirán cuántas potestades me cercenan es “más democrático”.

Reconozco que hay otro grupo, que es el de los formaldemócratas soñadores, que te dan el resultado como premisa. Te explican que, a través de ese proceso de deliberación en el que “los españoles decidirán su propio destino”, el pueblo acabará eligiendo lo que ellos tienen planeado de antemano, a través de una concepción finalista en la que la Constitución abrazará unas libertades individuales que ellos consideran que, sí o sí, me tengo que sentir satisfecho al abrazar. Vaya un consuelo, el de verme protegido por un texto de mínimos en el que se me concederán unas pequeñas cotas de libertad en un mundo de proyectos megalómanos, populistas y frikis ocupando puestos de responsabilidad.

«si le apetece vivir la experiencia chilena en sus propias carnes, con el pueblo eligiendo a mequetrefes disfrazados de Pikachu como legisladores»

Por si alguien cree que exagero en mi perspectiva, que piense en si Estados Unidos, donde es prácticamente imposible aprobar legislación con un mínimo de calado, es un ejemplo de una democracia dinámica. Y, si le quedan ganas, que reflexione acerca de la idea de “proceso constituyente” y si le apetece vivir la experiencia chilena en sus propias carnes, con el pueblo eligiendo a mequetrefes disfrazados de Pikachu como legisladores. Por si a alguien no le ha quedado claro cuál puede ser el resultado del pueblo “eligiendo su propio destino”, os muestro algunos ejemplos:

-El proyecto de Nueva Constitución de Chile tiene 499 artículos, por 169 de la Constitución Española. Casi quinientos artículos para una Norma fundamental. El que estudió que la Constitución Española era una “constitución extensa”, como es mi caso, debe estar temblando.

-En el PRIMER ARTÍCULO de esa Constitución se hace referencia a que la mitad de diputados deben ser mujeres: “Todos los órganos colegiados del Estado, los órganos autónomos constitucionales y los órganos superiores y directivos de la Administración, así como los directorios de las empresas públicas y semipúblicas, deberán tener una composición paritaria que asegure que, al menos, el cincuenta por ciento de sus integrantes sean mujeres”. No voy a decir que no sea una medida razonable, pero que este sea el primer artículo del proyecto es para echarse a temblar con la ideologización del texto.

No se pone ningún límite en la Constitución chilena para conseguir la igualdad sustantiva, dándole poderes ilimitados al Estado para perseguirla: “Los poderes públicos adoptarán las medidas necesarias para adecuar e impulsar la legislación, instituciones, marcos normativos y prestación de servicios, con el fin de alcanzar la igualdad sustantiva y la paridad”.

-Se reconoce a los pueblos indígenas el derecho al autogobierno, cercenando por pura conveniencia política la soberanía nacional chilena: “los pueblos y naciones indígenas (…) tienen derecho a la autonomía y al autogobierno”.

Pensemos bien lo que estamos defendiendo. La buena fe no es garantía de absolutamente nada. Pensemos menos en decidir nuestro destino colectivo y más en recuperar una libertad individual que está aplastada ahora por toneladas de colectivismo.