Las revueltas organizadas en Estados Unidos contra un asesinato derivado del abuso policial y la discriminación racial se han convertido en un ataque coordinado contra la Administración Trump. Un cambio de objetivo que reduce por completo la legitimidad del movimiento y que, una vez más, permiten al presidente nortemaricano reforzar sus tesis y hacer olvidar sus errores. No hay nada mejor en política que un contrincante inútil que te dé puntos hasta cuando cometes grandes pifias. Pero no es nada nuevo para ellos.

La llegada de Trump a la Casa Blanca, para gran parte de los analistas, fue una completa sorpresa. Otros lo tildaron de desastre y se dedicaron a verter insultos hacia aquellos que habían optado por votar al republicano. Otra vez salía a relucir ese clasismo tan oportunista del progresismo, que carga contra la gente del campo o menos curtida intelectualmente para justificar sus desastres electorales. En aquella ocasión, y como de costumbre, nadie miró a la izquierda para valorar qué había fallado en el bando del contrincante electoral. Clinton no era Obama. No se parecían lo más mínimo. Y eso pasó factura, claro. Hasta el que repudiaba a Trump se podía alegrar mínimamente del traspiés de Hillary. Ser mujer -si eres Clinton- no era más ilusionante que ser negro -y no eres Clinton-.

Trump ganó y comenzó su andadura. La economía le respaldaba. El ámbito social le generaba problemas -aunque no dentro de su electorado potencial-. Como en la mayoría de los populistas reaccionarios, sus promesas vendidas como previsiones catastrofistas por sus detractores, quedaron en el olvido. Ni muro ni guerras mundiales. Sus escándalos, tragados y digeridos por sus fieles, pero mal gestionados por sus rivales. De nuevo, la falta de liderazgo entre los demócratas permitía a Trump seguir firme en su gestión.

Todo ello, reducido de forma exageradamente simple en estas líneas, se ha visto reflejado una vez más en los últimos días. El asesinato -otro más- de un ciudadano negro a manos de un policía no generó ni la más mínima condena firme que merecía desde los altos mandos del país. Y la gente se levantó. Otra vez un ciudadano negro moría como consecuencia de la dureza policial, muchas veces bordeando e incluso llegando al abuso, que tanto ha caracterizado a EEUU desde siempre.

Nacían entonces las revueltas callejeras en busca de un trato igualitario en Estados Unidos. En medio del coronavirus, la gente se echaba a la calle. Esa tendencia a anteponer los intereses de uno mismo, como se ha comprobado en España, no entiende de pandemias ni de ideologías. Pero a lo importante: las grandes marcas se posicionaban en contra de ese asesinato por asfixia, los deportistas se pronunciaban públicamente para movilizar a sus seguidores y hasta las grandes estrellas tomaban parte del asunto. Todas esas arriesgadas estrategias de comunicación social quedaban en nada por culpa, una vez más, de esa izquierda que lo ensucia todo.

Lo que partía como una manifestación en favor de la igualdad racial ha degenerado en una lucha racial. Lo que podía convertirse en un movimiento histórico quedaba, otra vez, en una mera acción de vandalismo contra un Presidente escogido en las urnas. En una batalla en las calles norteamericanas que incluso ha provocado daños colaterales y completamente ajenos al asunto, como el saqueo de grandes establecimientos o incluso la agresión a homeless por el hecho de tener sus pertenencias en la calle. Quién necesita una cama para dormir a la intemperie si con eso se puede hacer una buena hoguera que se haga viral y meta miedo a la policía.

Se ha recuperado, para colmo, el discurso del radical posicionamiento mediante la conexión de temas que apenas tienen relación. Criticar la gestión de Trump es compatible con criticar la fiereza de los grupos radicales que se han adueñado de las calles. Criticar el asesinato racial es compatible, e incluso complementario, a no esparcir sobre los blancos norteamericanos ese sentimiento de perdón hacia sus compatriotas negros que algunos llegan a asumir. Ese discurso divisorio e incendiario solo ayuda a uno, y es a su portador original y actual dueño de la Casa Blanca.

Siguen sin aprender que con un líder tan autocrático, firme y populista, que cuenta con una buena base electoral, la crispación de la calle es su impulso perfecto. Tumbar a Trump no es fomentar la libre circulación de personas sin control alguno, ni mucho menos respaldar a través del silencio los actos filorevolucionarios de encapuchados a los que un asesinato les da igual, pues se amparan en la injusticia para implantar el sistema político que les plazca o simplemente se aprovechan del desastre para paliar sus carencias.

Para quitarnos del medio a un Presidente de tal calado, que atenta diariamente contra muchas de las principales libertades, se necesita un manual diferente al que utiliza y del que es experto.

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