El pasado domingo asistimos a un nuevo capítulo de lo que ya se ha convertido en una miniserie dominical esporádica: las manifestaciones contra el gobierno de España. En lo que al baile de cifras se refiere, ninguna novedad: los organizadores dicen que asistieron 400000 personas y la Delegación del Gobierno afirma que fueron cuatro gatos y tres de ellos pasaban por ahí de casualidad.

El fondo de la manifestación tampoco sorprendió: acumulación de fotos en redes sociales, discusiones estériles sobre si ocupaban una calle, dos o tres, afirmaciones grandilocuentes, apelaciones a la Unión Europea para que nos salve y a casa. La actitud de los manifestantes fue, como viene siendo habitual en esta clase de eventos, festiva. Los organizadores, lejos de darle un carácter partidista a sus reivindicaciones, decían defender la Constitución, presunto dique de contención contra las fechorías gubernamentales. En fin, nada nuevo bajo el Sol.

“El fondo de la manifestación tampoco sorprendió: acumulación de fotos en redes sociales, discusiones estériles sobre si ocupaban una calle…”

Reconozco que las imágenes me dieron mucho que pensar. No pretendo menospreciar el esfuerzo de quien protesta ni negarle a nadie el derecho de defender sus intereses tal y como considere oportuno, pero creo que hasta el ciudadano más optimista se ha dado cuenta ya de que este tipo de oposición, tan coreografiada, nunca es demasiado efectiva si no va acompañada de otros elementos de presión. Una organización funcional y sostenida en el tiempo requiere tantos esfuerzos y recursos económicos que, en mi opinión, la tendencia a futuro va a ser la profesionalización.

Creo que hay muchos incentivos para que la agitación política se convierta en una profesión como cualquier otra. El motivo principal es que la ciudadanía es cada vez menos impresionable. Estamos habituados a ver a miles de personas portando pancartas a lo largo de un par de kilómetros, para luego dispersarse y volver a su casa; necesitamos protestas más elaboradas o, en su defecto, que se extiendan en el tiempo. Un buen termómetro de esta incipiente profesionalización de la protesta, y de si es plausible o no, va a ser la huelga de alquileres. ¿Triunfará, aunque sea en términos de impacto, una reivindicación sostenida? Supongo que depende de qué entendamos por triunfar (y por impacto, claro).

“No pretendo menospreciar el esfuerzo de quien protesta ni negarle a nadie el derecho de defender sus intereses”

Las democracias occidentales son regímenes estables. El español medio tampoco espera gran cosa del sistema y, en todo caso, está convencido de que las alternativas no serían mejores. Ese equilibrio entre pocas expectativas y nulos resultados hace que el éxito o fracaso de las reivindicaciones dependa de si, a raíz de ellas, se consigue crear el interés suficiente como para que algún que otro desconocido pueda pasar a dedicarse a la política profesional. Se entiende por dónde voy, ¿verdad? Si un grupo de presión quiere aprovecharse de estas dinámicas, solo tiene que promocionar a determinados individuos y “mantenerlos” hasta que obtengan un puesto en la política que nos obligue a los demás españoles a financiar la fiesta. Inversión más que rentable.

Esto ya se ha hecho, de eso ninguna duda me cabe, pero creo que va a ser una epidemia en los próximos años. Hasta ahora, todos hemos tenido la intuición de que se sobornaba a personajes grotescos para defender los intereses de grandes multinacionales o países extranjeros; ahora creo que la dinámica va a ser distinta, porque el único propósito en una democracia herida de muerte será que ninguna reivindicación justa de los ciudadanos alcance la fuerza suficiente. Parasitar los movimientos incipientes antes de que cojan ímpetu, envenenándolos con garrapatas subvencionadas, es la mejor forma de que el español medio pierda el interés por esta clase de asuntos.

“El español medio tampoco espera gran cosa del sistema”

Quizá es por eso por lo que manifestaciones como las del domingo me recuerdan a los últimos coletazos de un animal malherido. Una asociación escasamente politizada (ya sé lo que vais a pensar algunos pero, en todo caso, es un amalgama de “constitucionalistas”) organiza una marcha a la que se suman partidos políticos del establishment. En la tele salen unos cuantos desconocidos sin nombre ni apellidos, que ni se han molestado en obtener repercusión personal porque “no están para eso”. En comparación, la huelga de alquileres es más moderna, más “tiktokera”. Una chica aparece en laSexta en multitud de ocasiones, se mete con Daniel Lacalle y los tertulianos de siempre y, luego, se pone al frente de una manifestación. La lían en redes sociales y los fósiles que tienen de partidos políticos ni se molestan en intentar capitalizarlo. Saben que, tarde o temprano, todo se reconducirá a la política tradicional, y que el nuevo “Podemos”, “Sumar” o lo que sea los acogerá a todos. O a la mayoría. El PP y VOX ni tienen esa paciencia ni tienen ningún outsider al que dar bombo. Así, ni con todo el dinero del mundo montas otra plataforma política que rasque los escaños que te faltan para gobernar.

Lo que estamos viendo con los alquileres es algo que se puede producir a granel. ¿Cuántos asuntos están funcionando mal en nuestra sociedad? Cada vez que los partidos a izquierda y derecha necesiten un empujón, ¿tan difícil será articular plataformas que encorseten la frustración de la gente y generen tótems a los que explotar electoralmente, para reagrupar el rebaño de nuevo en cuanto sea necesario? No lo creo. Es más, pienso que el fracaso de Sumar como alternativa sólida ha venido de no haber seguido ese proceso. No ha habido una preparación adecuada, un trabajo de desarrollo de una nueva sensación que opaque a las viejas glorias. Muy pronto, los partidos habrán entendido qué es lo que ha fallado, y no cometerán más errores. Cada vez que aparezca una nueva sucesión de políticos rompedores, bastará con rebuscar en las redes sociales y en los medios de comunicación tradicionales para encontrar a los siguientes, pues estarán inmediatamente en periodo de gestación. Y así una y otra vez.

“Cada vez que aparezca una nueva sucesión de políticos rompedores, bastará con rebuscar en las redes sociales y en los medios de comunicación tradicionales para encontrar a los siguientes”

Por supuesto, dejo una pequeña puerta abierta a la posibilidad de que me equivoque, pero solo si comenzamos, de inmediato, un proceso de “destiktokizar” la política. Va a ser traumático, costoso y se va a llevar por delante toda nuestra estructura ideológica, pero este cáncer hay que extirparlo cuanto antes. Y creo que el punto más necesario es la recuperación de la reflexión escrita y los programas de debate ordenados como base de la discusión política. Nuestros representantes públicos deben comprometerse a dejar de utilizar el Congreso de los Diputados para sacar “clips” para Instagram y volver a hablar entre ellos sin frases prefabricadas; los periodistas tienen que aprender de nuevo a transmitir información sin recurrir al clickbait, la exageración o el engaño deliberado, y los ciudadanos debemos retornar al punto en el que nos informamos a través de voces acreditadas, exigiendo fuentes que demuestren aquello de lo que se nos intenta convencer y manteniendo un historial firme de las mentiras que nos encontramos por el camino.

Ya, lo sé, vaya brindis al Sol. Sé que querer que los ciudadanos vean programas de debate es una locura, que pedir que leamos artículos de opinión es un exceso y que es complicado que alguien recuerde que un político le mintió en una medida que prometió hace más de 3 días (tiempo medio de borrado completo de los recuerdos del ciudadano occidental promedio actual), pero es que los éxitos no los regalan, y tener una democracia* funcional es un éxito colectivo. Le toca a España (del resto de Europa o de EEUU prefiero no hablar) decidir si merece la pena.

“Sé que querer que los ciudadanos vean programas de debate es una locura”

Por favor os lo pido, no quiero entrar en otra discusión sobre si España es una verdadera democracia o no. Ya me sé lo de la separación de poderes y el principio representativo, ya me he leído a Trevijano y no, no me parece la panacea. Trevijano tenía su concepto de democracia, pero democracias ha habido a lo largo de la historia con mil formatos distintos, es un concepto en discusión y ni Antonio, que en paz descanse, ni nadie, va a poder sentar cátedra sobre lo que el común de los mortales entenderá como sistema democrático. Y lo digo con todo el respeto a Trevijano.