La aprobación de una nueva ley educativa es, siempre, una buena oportunidad para volver a hablar de un tema que me apasiona: la educación al servicio del ego y no de la verdad. Puede que ésta sea la etapa (al menos desde que yo tengo uso de razón) en que la sociedad española se ha enfrentado de forma más decidida al elitismo y, sin embargo, también es la época en la que el ciudadano medio reclama más pedantería en vena. Y eso lo he notado desde el principio de mis días en la enseñanza, tanto pública como privada.

Cuando era pequeño, una de las cosas que me fascinaba de la educación era que intentaba construir la casa por el tejado. Creo que, cuando yo cursé la ESO, se estaba empezando a poner en marcha esa educación en pensamiento crítico que se ha puesto tan de moda. Ahora ya no hay currículo educativo que no incluya una buena dosis de construcción de la propia identidad, superación de barreras y resiliencia, pero estoy seguro de que, no hace tantos años, hasta para los propios maestros era algo dantesco. Le tenían que empezar a preguntar a los niños qué opinaban sobre las cosas, a veces hasta un punto que llegaba a ser obsesivo.

“Ahora ya no hay currículo educativo que no incluya una buena dosis de construcción de la propia identidad, superación de barreras y resiliencia”

Quizá el problema esté en mí, no lo voy a poner en duda, pero concibo la educación en las primeras etapas como una adquisición continuada de conocimientos, y nada más. El niño pequeño, incluso el adolescente, solamente tiene una cualidad: la potencialidad. No existe nada místico en su forma de ser, ni es una fuente primigenia y no contaminada de saber milenario del que los mayores pueden beber como si de maná se tratara. Los adultos, más allá del carácter y de la apertura al aprendizaje, nada tienen que aprender de los niños. Los niños dicen lo que dicen porque carecen de conocimientos. Esa es la base de sus opiniones.

Sí, estoy cansado de esa retórica que invita a desarrollar el pensamiento crítico antes de saber lo que es una raíz cuadrada. Me parece un crimen difuminar la línea que separa al experto del resto de los mortales. El experto se puede equivocar, por supuesto, pero el ignorante se equivoca forzosamente, en especial a largo plazo. Nos quejamos de la proliferación de todólogos, personas que saben de todo y de nada al mismo tiempo. Nos escandaliza que un periodista ramplón se ponga a discutir de ciclos económicos con un economista, o de energía nuclear con un físico; sin embargo, eso es lo que le enseñamos a nuestros hijos.

“El experto se puede equivocar, por supuesto, pero el ignorante se equivoca forzosamente”

De pequeño me ponían nervioso esas dinámicas. Entendía que dar mi opinión sobre un texto servía para desarrollar mi capacidad de pensar y de expresarme, pero me parecía obvio que no debía tenerse en cuenta lo que yo dijera. ¿Alguien se cree que se puede sacar algo provechoso del texto de un niño sobre diversidad, sostenibilidad ambiental o algún asunto por el estilo? ¿Que se podía mandar mi punto de vista a un político, rodeado durante toda su jornada laboral de expertos en la materia, y que tuviese algún efecto significativo? Los profesores están para enseñar, y los alumnos para aprender, y esa línea debe mantenerse y, para mí, acentuarse mucho más. No es un problema irrelevante el que tenemos entre manos, especialmente ahora que la educación es un servicio para los padres, y no para los alumnos.

La educación de hoy es el ego desmedido. Está repleta de personas que no saben ni lo que es un porcentaje, que no pueden escribir sin faltas de ortografía, que no son capaces de explicar en una redacción lo que les ha pasado esa misma mañana, que no sabrían nombrar ni diez libros que les hayan gustado; y, al mismo tiempo, rebosa de jóvenes que no desperdician la oportunidad de expresar su punto de vista con una fuerza sin parangón. Y es que les han enseñado eso en la escuela, que todas las perspectivas son válidas y todo sirve. El experto que rechaza por irrelevantes las opiniones ajenas es llamado elitista. El que dice que solo el que tenga conocimientos debe participar del debate sobre asuntos complejos es llamado antidemócrata.

“La educación de hoy es el ego desmedido”

No os engañéis, todo esto está aderezado con una sobrevaloración desmedida de las propias capacidades y de la valía personal, hecho motivado por padres que solo quieren que les cuenten lo especiales que son sus hijos. Esta es la generación que elabora sesudas metáforas (siendo la de peces valorados por su capacidad para escalar árboles la más popular) para explicar por qué no pasa nada porque su hijo salga del colegio sin saber escribir un texto de diez líneas, o sin entender lo que es la energía eléctrica, o sin poder situar México en un mapa. “¿Es que, si me voy a dedicar a ser mecánico, a mí qué me importan las matemáticas?”

Diréis que estoy exagerando, pero prestadle un poco de atención a vuestro alrededor. Tenemos un país en el que miles y miles de niños crecerán frustrados, porque les han enseñado a dedicarse con ahínco a lo que les gusta y a despreciar lo demás. ¡Aprende lo que te interese! Y si resulta que lo que te interesaba con doce años no te da un puesto de trabajo, y tu sueño de ser futbolista del Real Madrid se va al traste, que te aguanten tus padres, con tu carrera universitaria hecha a medida (y sin demanda en el mercado laboral) y tu vacío personal a flor de piel. Más y más programas de televisión dedicados a que la gente persiga sus sueños que, después, no asumen ninguna responsabilidad: incluso si muchos de los elegidos y aplaudidos en el programa acaban preparando hamburguesas en el McDonald’s, el espacio televisivo volverá la temporada que viene con más niños dispuestos a ser el nuevo Ed Sheeran (y más miembros del jurado dispuestos a tratarlos como si lo fueran y a gesticular cada tres actuaciones como si encontrasen una nueva Adele quince veces por programa, qué duda cabe de ello).

“todo esto está aderezado con una sobrevaloración desmedida de las propias capacidades”

Claro que hace falta el conocimiento. La generación más preparada de la historia tiene graduados universitarios que creen en el horóscopo. ¿De verdad os hace falta alguna explicación más profunda de la raíz del problema? Es el resultado de tener un subterfugio para cada dilema. “Si no aprueba, un examen más fácil”; “si sigue sin aprobar, el claustro de profesores decidirá si pasa o no de curso”. ¿Acaso no era para eso para lo que habían elaborado el examen? ¿Con qué propósito hacen el resto de alumnos el examen entonces, si no está elaborado de manera que sea un requisito justo para poder pasar de curso? Y la pregunta del millón: ¿quién se hace cargo de ese niño en el futuro, si resulta que el criterio erróneo del profesorado lo convierte en alguien incapaz de seguir el ritmo de los siguientes cursos? De ahí la proliferación de clases particulares, y la cantidad de estudiantes y recién graduados que se dedican a arreglar las soluciones megalómanas y falsamente salomónicas de ingenieros sociales disfrazados de educadores.

El conocimiento tiene valor, y los niños tienen que tener clarísimas las jerarquías en la vida. El mundo no se organiza siempre en base exclusivamente al poder; en ocasiones, y afortunadamente son la mayoría, es la capacidad la que marca la diferencia. El profesor está por encima del alumno, y su autoridad debe ser respetada. El experto en un tema debe tener más voz que el ignorante. Los padres no pueden meter sus narices hasta el fondo del sistema educativo, perturbando a quienes sí saben educar con el propósito de que le den el titulito a sus hijos. Porque sí, no os engañéis, que eso es lo que pasa: todos queremos el diploma.

“Si no aprueba, un examen más fácil”; “si sigue sin aprobar, el claustro de profesores decidirá si pasa o no de curso”.

Ya tenemos el país que queríamos: somos todos muy buenos y muy especiales, y todos tenemos un nivel intelectual suficiente para sacarnos una carrera universitaria. Nadie es más valioso que ningún otro, y nos vamos a educar con perspectiva de género, interseccionalidad, resiliencia y respeto a los derechos humanos. Mientras tanto, el paro juvenil está en casi un cuarenta por ciento (en algunas regiones de España, por encima del cincuenta por ciento), y el universitario medio está dispuesto a cobrar menos de mil quinientos euros brutos en su primer empleo (por debajo de lo que cobraría un cocinero alemán en prácticas, para que nos hagamos una idea). Fantasía mientras nos estamos formando, pero a hincar las rodillas cuando nos enfrentamos a la realidad.

Espero que, con el paso del tiempo, nos vayamos dando cuenta de que la pelea contra la realidad es un propósito estéril. La formación sí nos hace mejores, sí hay diferencia entre apostar o no por el talento, sí importa si sabes o no de un tema. Por supuesto que importa lo que hagas en los primeros años de tu enseñanza, porque marcarán buena parte de tu futuro a nivel intelectual. Nada es irrelevante. Hemos permitido a políticos voraces y a padres insensatos que mercadeen con el aprendizaje de los hombres y las mujeres del mañana. La pregunta está clara, la respuesta nadie la sabe:

¿Tiene solución?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here