Esta es una de esas raras ocasiones en las que hablo de algo que me afecta de forma directa. Soy opositor a Inspección de Hacienda desde hace tres años (aspirante a villano, como dicen alguno de mis amigos), de modo que soy consciente de lo exigente que es alcanzar un puesto del grupo A1 en la Administración Pública de España. Es más, este artículo os lo escribo mientras me preparo para el tercer ejercicio de los cinco que componen el proceso selectivo, centrado en la resolución de casos prácticos tanto sobre los propios tributos como sobre el proceso de comprobación e investigación del cumplimiento de las obligaciones tributarias (espero que no os haya aburrido esta introducción).

Me he enterado estos días de que los procesos selectivos van a cambiar, especialmente para poder ascender entre escalas dentro de la Administración. Por ejemplificar, el Técnico de Hacienda, si quiere pasar a ser Inspector en base al sistema actual, debe superar el tercer ejercicio que os acabo de resumir y los dos cantes. En el futuro, por lo que parece, todo esto se convertirá en un mísero examen tipo test. Entiendo, por pura lógica, que eso hará que el propio proceso para ser Inspector de forma directa se “suavice”, por decirlo con más educación de la que la propuesta se merecería.

«Soy opositor a Inspección de Hacienda desde hace tres años»

Las oposiciones tienen muchos detractores, pero creo que hay que saber diferenciar. Quizá sea discutible que aprobar un solo examen te dé un trabajo para toda la vida, pero se tiene que dar una casualidad increíble para que el opositor que supere las cinco pruebas que componen el proceso de acceso al grupo A1 sea un completo ignorante sobre la materia. Un sistema tan exigente es, como mínimo, una garantía de calidad. No se puede saber si los profesionales que aprobarán los exámenes serán los más amables, voluntariosos o comprometidos con la Agenda 2030 y la resiliencia de nuestro sistema socioeconómico, pero os puedo asegurar que, como inspectores de Hacienda, serán bastante buenos. Y eso ya es mucho.

España tiene un mercado de trabajo muy poco meritocrático. Las empresas son notoriamente pequeñas en su mayoría, están muy enfocadas al negocio familiar y el nepotismo está a la orden del día. Además, tenemos unas leyes que destrozan el dinamismo en el empleo, así como un sistema fiscal que despedaza las posibilidades de convertir el océano de pececillos empresariales que tenemos en un estanque lleno de ballenas. Podremos discutir si Apple o Tesla tienen mejor proceso selectivo que la Administración Pública española, pero creo que la mayor parte de PyMEs que tenemos se conforman con acertar de vez en cuando en lo que a recursos humanos se refiere, y llegar a fin de mes con lo puesto.

«soy liberal y, por ende, creo que el Estado debe tener un tamaño reducido»

Que nadie me malinterprete: soy liberal y, por ende, creo que el Estado debe tener un tamaño reducido, que permita que el dinero se quede en el bolsillo de los ciudadanos en la medida de lo posible. No obstante, negar la brutal capacidad de los funcionarios de los grupos A1 y A2 es propio de completos ignorantes sobre la materia. Si queremos servidores públicos de calidad, y no calentadores de silla profesionales, deberíamos atacar los puestos de libre designación para políticos y los cuerpos en los que se entra con un solo examen, y no tanto a aquellos que dedican años de su vida para prepararse para ocupar un cargo tan bien remunerado como sacrificado, y que supone un porcentaje tan pequeño del total de miembros de la Administración.

La solución del gobierno, no obstante, parece ser otra: convertir a los funcionarios de élite en un cuerpo más, transformándolos en una prolongación de la propia mediocridad de quienes toman las decisiones. El ciudadano común quizá piense que esto es una ventaja, porque así “cualquiera puede alcanzar el nivel más alto”, pero se equivoca en dos detalles: ni todos deben alcanzar el nivel más alto (el sector público no puede ser tan masivo, ni tan caro), ni nos podemos permitir que los que accedan a esos puestos sean personas comunes con una formación reducida en la materia. Necesitamos profesionales del máximo nivel, porque los retos del futuro son enormes. Sin un funcionariado de élite, el Estado no hará más que hundirse en la miseria.

«convertir a los funcionarios de élite en un cuerpo más»

Esto, por supuesto, no inquieta a nuestros gobernantes. Ellos no pueden entender los problemas derivados de que auténticos ineptos alcancen un puesto en el que se toman decisiones trascendentales, porque están acostumbrados a que ése sea su día a día. Puede que, dada la absoluta falta de solvencia y capacidad intelectual del poder político, los parlamentarios hayan llegado a pensar que el sector público está lleno de personas como ellos, pero nada más lejos de la realidad. Una cosa son los cargos y otra son las cargas, y es una lástima que las últimas se lleven una ovación y los primeros se vean cuestionados y desprestigiados.

En el fondo, considero que esto es un corolario de la sociedad de hoy en día. El español medio ya no cree en el mérito y vive instalado en el conformismo. Es una pena que la falta de exigencia de la mayoría nos vaya a arrastrar a todos al borde del abismo, pero la historia está plagada de ejemplos que demuestran que la muerte de la moral convierte un país en el paraíso de los indolentes.