Manuel de Tolosa Latour (Madrid, 8 de agosto de 1857) es uno de los principales impulsores de la medicina infantil en España. Médico pediatra, fue miembro de la Real Academia Nacional de Medicina; secretario de la Sociedad Protectora de los Niños de Madrid, de Cuba y de París; fundador de los sanatorios marítimos para niños en Trillo (Guadalajara), Chipiona (Cádiz) y Madrid y, además, escritor.

En 1919, con 62 años, falleció en su casa de la calle Atocha rodeado de amplio reconocimiento. Tanto que el Ministerio de la Gobernación creó una comisión para erigir un monumento al médico que había realizado la Ley de Protección a la Infancia, monumento que se instaló en el Parque del Retiro, en una zona próxima a la Rosaleda por ser lugar donde corrientemente se congregan muchos niños.

Pero no es de don Manuel de quien quiero hablar, ni de la calle homónima próxima al Hospital 12 de Octubre, sino de un colegio con vistas al Parque Lineal de Palomeras: el CEIP Dr. Tolosa Latour. Porque ese es el colegio que elegimos para nuestro hijo.

Elegir no es una decisión que se tome a la ligera. Madres y padres le damos vueltas, siempre con miedo a equivocarnos, siempre deseando que nuestros pequeños reciban la mejor atención y educación posibles.

Al igual que otros, sopesamos pros y contras, preguntamos, escuchamos y reflexionamos sobre cómo encajaría nuestra familia. Una familia homoparental. Dos hombres, casados entre sí, y padres de un niño nacido mediante gestación subrogada. Un modelo que está en muchas escuelas de nuestro país, pero que no siempre es aceptado y que, todavía, es juzgado por intolerantes hacia las familias no tradicionales.

El Tolosa Latour tenía -tiene- fama de buen colegio y ofrecía ventajas adicionales. Como ser público -cosa que nos gusta-, bilingüe -nuestro peque tiene doble nacionalidad española y estadounidense- y estar cerca de casa, en Vallecas, nuestro barrio. Tras hablar con Dolores, su entonces directora, la decisión estuvo clara.

En septiembre de 2013 nuestro hijo pisaba los patios del Tolosa por primera vez. Hace unos días, nueve años después, esos patios le han visto graduarse junto a sus compañeras y compañeros.

Acabada esta etapa, es momento de hacer balance. Que no puede ser más positivo tanto en la esfera educacional como en la socioafectiva.

Alonso está preparado para encarar el futuro. Es más, está muy preparado. No, no es pasión de padre, que también, es que de nuestro colegio salen bien en formación, en valores, en capacidad de análisis, en estructuras mentales. Las tutoras, el día de la graduación, les dijeron que no se pusieran límites, que están listos para lograr lo que quieran, que su futuro depende de ellos. Es verdad y, para alcanzar este punto, ha sido básico el Tolosa.

En el otro aspecto, el relacional, también han sido buenos años. Para él, que tiene su pandilla desde que entró, formada por un estupendo grupo de amigos, y para nosotros, que hemos encontrado esas personas preciosas que están cuando toca celebrar y cuando toca llorar.

A lo largo del tiempo he visto cómo crecía el aprecio hacia nosotros. No hablo de respeto, que sería elemental. Hablo de afecto. Real. Palpable. Y algo más. Tres días antes de acabar el curso, charlando en la puerta del cole, unas madres me dieron las gracias. Por nuestra visibilidad. Por cómo hemos normalizado nuestra familia. Por no tener que explicar a sus retoños lo evidente. Gracias porque para sus hijos la diversidad es lo normal. Cuando dijeron que los niños saben que hay familias de muchos tipos y que todas somos iguales, me emocioné.

Aún otro detalle. Años atrás, en el parque, un padre realizó un leve movimiento, apenas perceptible, para alejarse de mí cuando me escuchó decir que soy gay. Hace unos días se me acercó, me agarró por el hombro, me estrechó y, pasando su móvil a otro padre, dijo que quería una foto conmigo. Como recuerdo de un amigo, confirmando que la proximidad es una excelente herramienta para desmontar prejuicios.

Es cierto que pensábamos que ser próximos y visibles era esencial para la vida escolar de nuestro hijo. Por eso nos implicamos en el AMPA (ojalá pronto todas sean AFA, Asociación de Familias del Alumnado), en la cooperativa escolar y, curso tras curso, hemos compartido diatribas contra el sistema, peleas por la educación y estrechado lazos con familias de todo tipo y origen.

El resultado ha sido vivificador. Llegamos al colegio con inseguridades, con las preocupaciones que dan los hijos en general y el miedo al estigma en especial. Nos vamos de él con orgullo y cariño.

Habrá escuelas donde madres o padres traten de educar en el rechazo a familias no tradicionales. Pero, en la mayoría, estoy seguro que no es así y que, desde luego, niñas y niños lo tienen claro. Tan claro como lo tiene la última promoción de nuestro centro.

Sirvan estas reflexiones para expresar nuestro agradecimiento a todo el universo del Tolosa. A profesoras -desde Isi y Lidia hasta Auxi y Mónica-, conserjería, personal de cocina, limpieza, madres, padres, enfermería, equipo directivo y chiquillas y chiquillos con los que he jugado y reído; a los que he curado heridas y contado historias. Incluida la historia de mi familia.

¡Gracias!