Todos llevamos solo un billete de ida y para este viaje, amor, quisiera que vinieses conmigo, nos repetimos día tras día, derrota tras derrota. Y sin embargo, ni siquiera alcanzamos con los dedos para untar la manteca.

En el “Diálogo sobre el poder y otras conversaciones” de Michel Foucault, Víctor establecía que una ideología en el proletariado es una ideología burguesa y recoge por su cuenta, por lo tanto, el sistema de valores burgués, la oposición entre moral e inmoral, lo justo y lo injusto, lo honesto y lo deshonesto, etc. Así, argumenta que habría una degeneración de la ideología en el seno de la plebe proletaria y una degeneración de la ideología de la plebe no proletaria a causa de todos los mecanismos de integración a diversos instrumentos de represión anti-popular

Si le sumamos que el concepto de ser humano que plantea Thomas Hobbes donde basa principalmente su idea en que el hombre es solo cuerpo, únicamente materia, y que esta materia está sujeta a los movimientos, a aquellos que son generados siempre por pasiones, emociones, deseos, etc., en definitiva, que están generados por la motivación primera de los hombres y de las mujeres, que es satisfacer los deseos e  impulsos, buscando siempre conservar la vitalidad a través de la relación entre atracción y repulsión, pensaríamos que todo está perfectamente articulado para que seamos, una vez más, la carnaza del sistema.

Los poderes fácticos nos conocen. Nos ponen delante de nuestras narices el pecado, el delirio, la enfermedad. Y nosotros, sumergidos en la vorágine del día a día nos zambullimos sin ningún tipo de contemplación, a manos llenas,  en el mundo que nos ofrecen. Quién en su sano juicio es capaz de rechazar la elegancia o la belleza del caos.

Lejos de ser Ícaro y acabar entre las fauces del infierno por no doblegarnos ante la deidad y el milagro, solo puedo decir que en estos tiempos que corren, en los que el todo vale y nada importa, quizás de vez en cuando sea necesario pensar a dónde vamos o, mejor dicho, a dónde nos llevan. Solo se piden unos minutos, antes que el desasosiego estalle en nuestras retinas. Porque quizás, como en un poema, ésta sea una de las últimas oportunidades que se tengan de enseñar el dolor que por dentro nos devora, sin morir en el intento, sin infringir ni una sola herida al adversario y reconociéndonos ante el espejo.