Conocí a Jagmeet Singh, el líder del partido demócrata Canadiense y candidato a Primer Ministro en Septiembre de 2013. Para cualquier otra persona, este hecho hubiera sido lo más destacado de su día, pero yo acababa de liberarme de la cadena de una conga que Bill Murray había iniciado, después de discutir “si el Tequila era el mejor alcohol del mundo” con Cara Delevingne y Kate Beckinsale, (una discusión que jamás vas a ganar con Cara), y todo esto antes de que Brad Pitt se disculpara conmigo diciendo “Sorry… Again.” (Estaremos de acuerdo en que ese “Again” es prueba inequívoca de que me reconoció). Pero claro que él se disculpaba bastante cuando sus gorilas prácticamente empujaban a la gente en la escalera de servicio para abrirle paso. No. No estaba teniendo un sueño lúcido, o probando alguna sustancia -ahora legal- en Canadá. Estaba en Toronto, de visita en el TIFF. O para extranjeros como yo, el “Festival de Cine Internacional de Toronto. Y entre actores, productores y directores de Hollywood, Jagmeet tenía un estilo y una clase que naturalmente hacían que perteneciera ahí, en ese preciso momento.

«Estaba en Toronto, de visita en el “Festival de Cine Internacional de Toronto. Y entre actores, productores y directores de Hollywood, Jagmeet tenía un estilo y una clase que naturalmente hacían que perteneciera ahí, en ese preciso momento»

La mayoría de la acción en TIFF, por lo menos entonces, sucedía en Soho House. Los incontables corredores y las esquinas del exclusivo club privado admitían las más privadas conversaciones; así como las charlas improvisadas que dos humanos se sienten obligados a tener cuando casualmente convergen en un espacio ajustado.

Pero no fue así como pasó. Jagmeet estaba en el centro de una sala más o menos llena, donde pequeños grupos de tres o cuatro personas se juntaban y separaban, intercambiando historias y probando cócteles de Grey Goose. En una sala llena de famosos vestidos de fiesta, me atrevería a decir que Singh era el tipo con más estilo. Traje a medida y pañuelo de bolsillo a juego con el turbante.

En uno de esos encuentros casuales que suceden cuando las conversaciones llegan a su fin en dos grupos cercanos, me presenté. La primera pregunta que hizo él, fue algo que en ese ambiente, rara vez alguien preguntaría. Me dijo: “Tienes acento, ¿De dónde eres?” Y yo le conté de donde era, -España- donde vivía, -Londres- y que hacía en Toronto esa semana. Él por su parte me habló de su trabajo y su partido. Yo no había oído hablar de NDP.

En ese momento, cualquier otro político hubiera fingido interés, siendo educado en las siguientes dos frases antes de continuar su misión de salir en alguna fotografía o convertir votantes de Ontario, la provincia por la cual era representante del partido demócrata en ese momento. Pero Singh, sin beber una gota de alcohol, era tan alegre como cualquiera y parecía realmente interesado en todo lo que tenía que decir. Y así hablamos sobre Londres y su población multicultural y plurireligiosa, Toronto y como vuelos asequibles hacían del mundo un lugar más pequeño. Ninguno de los dos volamos mucho de pequeños. Hablamos sobre Europa, (esto era antes de que el Brexit fuera imaginable), y como nosotros habíamos solucionado ciertos problemas en materia de sanidad universal, tratamientos médicos sin copago, bajos costes de educación etc.

Debimos pasar unos 20 minutos hablando, que en el tiempo que se dedica a la gente en un evento, son como siete años. Nos quedaban en Toronto 48 horas, y Jagmeet no lo dudó, nos invitó al edificio legislativo de Ontario (el equivalente a la asamblea de Madrid) al día siguiente, nos dió su tarjeta y nos recomendó varios restaurantes. Este interesante desconocido nos estaba invitando a su oficina sin intención alguna; sabiendo de antemano que no éramos sus constituyentes, no teníamos ninguna plataforma, ni plan alguno de convertirnos en Canadienses.

«Hablamos sobre Europa y como nosotros habíamos solucionado ciertos problemas en materia de sanidad universal, tratamientos médicos sin copago, bajos costes de educación etc.»

En ese momento no sabía quién era, ni cómo de importante sería, (hoy candidato a la presidencia, por falta de un término mejor, del país.) pero fue un intercambio encantador. Él se fue pronto, mientras que el resto del equipo de Grey Goose y yo, actuando como maestros de ceremonia, permanecimos allí hasta que se marchó el último invitado.

Tratando de recuperarnos del anterior jetlag antes de que el siguiente nos golpeara, nunca hicimos seguimiento de la invitación de Jagmeet. Pero ya en el aeropuerto dos días después. Le vimos en la portada de una revista de moda. “La lista de los mejores vestidos de Toronto.” Y allí estaba. Un político. “Quizá éste sea el político del futuro”, pensé para mí.

Esta semana, (años después, y viviendo ahora sí, en Canadá) vi en televisión el debate presidencial. Una especie de reality show, donde la mayoría de los candidatos se llamaban “mentirosos” los unos a los otros y peor, hablan por encima del contrario y apenas se entiende nada. Debieran haberlos medido del más malo al peor, y la moderadora hubiera sido difícil de vencer. Trudeau no estuvo a la altura, y Jagmeet brilló.

El candidato conservador, Andrew Sheer, y el actual presidente, Justin Trudeau están, en el momento de escribir este artículo, por delante del resto, con un margen considerable. Tuvieron más minutos que los demás, y decidieron gastarlos atacándose el uno al otro y monopolizando la conversación con la calidad de debate de un colegio de primaria. Hasta el punto de que oímos a Jagmeet decirles a ambos: “Ya os hemos oído discutiendo quién sería peor para Canadá, creo que es hora de que empecemos a hablar de quién sería mejor para Canadá.”

Todas las encuestas estuvieron de acuerdo que el Sr. Singh y sus respetuosas maneras habituales, ganaron el debate. Por contenido y forma. Y al contrario que los dos candidatos que Jagmeet tiene por delante, ni él ni su partido han estado inmiscuidos en ningún escándalo. Pero le faltan unos 15 puntos para realmente entrar en el juego. Supongo que incluso en el país más multicultural del mundo, el turbante conlleva cargar con el peso de los prejuicios.

«Yo vi a Jagmeet en ese debate no como un político, sino como el hombre que conocí. La persona social y agradable a la que no le importó que yo no fuera un votante o un famoso»

Yo vi a Jagmeet en ese debate no como un político, sino como el hombre que conocí. La persona social y agradable a la que no le importó que yo no fuera un votante o un famoso. Durante 20 minutos, yo fui para él la persona más importante en esa sala. Solo podemos aspirar a tratar a otros de ese mismo modo.

Los americanos no pueden evitar diluir el voto democrático. Los Españoles creemos que el voto de castigo lo hemos inventado nosotros. Pero más del 50% de Canadienses, que no votarían a Trudeau o Sheer tienen que tomar una decisión. ¿El término? “Voto estratégico”. Depende de donde estén registrados para votar, quizá puedan votar a quien quieran. Porque si no, lo único que pueden hacer es parar a “Sheer, el conservador” votando a Trudeau. Bipartidismo en estado puro.

Mirando atrás, he hecho de voluntario en incontables campañas. Locales, provinciales, presidenciales…. Y así he conocido a infinidad de líderes y políticos, incluyendo a Zapatero, mi presidente y político favorito. Pero ninguno causó una primera impresión como Singh; tan humilde, tan directo, tan humano; nada de político. Y así es que… lejos de poder votar aquí, pensé en quitarme esa espinita escribiendo estas líneas.

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