“Si alguien ve un show en un teatro y no entiende que es broma es un idiota, y yo con un idiota no pierdo el tiempo en explicarle nada”. Con estas simples palabras de Miguel Lago cualquiera podría zanjar el debate de cuáles son los límites del humor. Incluso el de qué es humor y qué no. Pero, entonces, no viviríamos.

Porque vivir al fin y al cabo es reír, entretener, divertirse. Y todas ellas pueden ir ligadas al discutir. Crisparse y desahogarse. Buscar una salida a la confrontación que se formula y coge forma en sectores políticos y que al fin y al cabo siempre termina en el cauce de la calle. Y, si no, que le pregunten a Dani Mateo. Cabe destacar que vivir en España significa libertad. Por mucho que algunos se empeñen en poner en cuestión la democracia y el Estado de Derecho, esa es la realidad. Y debería ser un mantra común el defender ante toda ofensiva la libertad de expresión que tanta polémica suscita últimamente.

«Cabe destacar que vivir en España significa libertad. Por mucho que algunos se empeñen en poner en cuestión la democracia y el Estado de Derecho, esa es la realidad»

Dentro de ese recinto de libre expresión está el de pisotear una fotografía. Llevar el humor negro hasta el grado más rancio y repugnante. Y también sonarse los mocos con una bandera. La española, la de Madrid, la de Francia, la de DAESH o la del colectivo LGTB. Todo ello es humor. Porque, como sostiene la primera frase de Lago, forma parte de un show. Es una de las piezas de una máquina de hacer dinero que se llama televisión -entre muchas de sus vertientes-.

Si no teníamos suficiente en España con tomar en cuenta las palabras de los políticos, en las últimas semanas, los monólogos de los cómicos del país se han convertido en objeto de análisis de las redes sociales, los medios de comunicación y también de los juzgados de turno. No aprendemos. En gran parte porque sigue sin establecerse un marco común. Un acuerdo tácito. Una convención social que siempre ha existido pero que con la instauración del bienquedismo se ha tirado por tierra el humor que siempre ha caracterizado al español. El mismo que ocupaba horas y horas de televisión cachondeándose de negros, mujeres y homosexuales. E incluso con los propios negros, mujeres y homosexuales delante y soltando carcajadas. Eso es el humor.

El que te lleva a reírte de chistes sobre la corrupción del PP cuando has votado a la derecha desde que la ley te lo permite. El que te suelta alguna que otra risa cuando se habla de pobreza infantil o personas con problemas de movilidad. Porque todo ello se conjuga sobre un escenario y bajo el traje de un personaje. Pero curiosamente, los que se reían antes lloran ahora y los que ahora se ríen lloraban entonces.

«Si no teníamos suficiente en España con tomar en cuenta las palabras de los políticos, en las últimas semanas, los monólogos de los cómicos del país se han convertido en objeto de análisis de las redes sociales, los medios de comunicación y también de los juzgados de turno»

Ni El Intermedio me hace gracia ni mucho menos lo de Dani Mateo. Pero el que haya podido hacerlo demuestra que existe libertad de expresión. Y el que siga trabajando sustenta aún más ese pilar fundamental. Y el que no haya surtido efecto ninguna de las muchas denuncias que ha recibido el programa de Globomedia, aún más. Ahora, es completamente complementaria la libertad de expresión con la libertad de elección. La huida de patrocinadores que giraban en torno a Dani Mateo es constante. Un goteo que seguro estará haciendo perder dinero a la empresa. Pero todo acto tiene consecuencias, incluidos los que entran dentro de la libertad.

La cosa está clara. La libertad de expresión se fundamenta en la libertad de elección y, entre ambas, forman parte de un estilo de vida que se desarrolla en nuestro país.

 

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