El próximo canciller de Alemania, Olaf Scholz, se declaró ayer partidario de la vacunación obligatoria. Y no es el único. Le apoya la Presidenta de la Comisión Europea. En Grecia hoy se multa con 100 euros al mes al anciano que no se vacuna y se extiende un cheque de 180 euros al joven que se vacuna. En Austria ya se trabaja en esa línea y otros gobiernos podrían sumarse en breve. No parece un escenario deseable, pero al menos es claro y honesto. Lo digo por todos los países, incluida España, donde la vacuna seguirá siendo “voluntaria”, pero se planea hacer la vida imposible a los reticentes al pinchazo.

Vaya por delante que estoy felizmente vacunado. Como profesor, pese a mi edad, recibí mi primera dosis en febrero. La segunda cayó en mayo. Ambas de AstraZeneca.

«El próximo canciller de Alemania, Olaf Scholz, se declaró ayer partidario de la vacunación obligatoria»

Si soy sincero, me cuesta mucho entender que la gente se resista a la vacuna. Como cualquier fármaco, tiene sus riesgos. ¿Alguien se ha leído alguna vez un prospecto del ibuprofeno? Ahora bien, las campañas de acoso y hostigamiento siempre han despertado mi rechazo. Como cualquier ejercicio de matonismo, esconden bastante cobardía.

¿Es necesaria la vacuna para detener la pandemia? Bien, pues que el gobierno de cada país se moje y la imponga. Que la haga obligatoria. Si no da este paso, que deje a la gente con auténtica libertad de decidir, sin perjuicio de demandarle ciertas precauciones.

«En Grecia hoy se multa con 100 euros al mes al anciano que no se vacuna y se extiende un cheque de 180 euros al joven que se vacuna»

¿Incentivos? Una cuestión es promover la vacuna, en términos positivos, como facilitar algunos trámites a los vacunados. Lo de regalar hamburguesas, entregar cheques y sortear coches como hacen en algunos lugares de los EE.UU. ya me parece un poco ridículo, pero tampoco supone un problema para los derechos particulares…

Cosa muy diferente es el cinismo decirle a la gente que conserva su libertad, pero que tendrá que hacerse una prueba de antígenos o PCR cada pocos días para, básicamente, salir a la calle. Ni siquiera se pretende disimular el verdadero objetivo de pedir un test de antígenos para ir al gimnasio, a un restaurante, viajar, coger transporte público: hostigar con un sinfín de incomodidades y costes el día a día del que no se vacune.

«el cinismo decirle a la gente que conserva su libertad, pero que tendrá que hacerse una prueba de antígenos o PCR cada pocos días para, básicamente, salir a la calle»

En mi inexperta opinión, parece difícil negar algunos beneficios a las vacunas. Basta comparar las cifras de modalidad por el COVID de hace un año con las posteriores a la campaña de vacunación. Especialmente merece la pena fijarse en las residencias. Es imposible negar la diferencia entre el primer invierno de la pandemia y el pasado, cuando ya la teníamos.

También es un hecho que la vacuna no siempre impide contagiarse ni contagiar. Si bien, los estudios indican que las posibilidades se reducen drásticamente y que las complicaciones de la enfermedad disminuyen aún en mayor proporción.

«parece difícil negar algunos beneficios a las vacunas»

En democracia, los poderes públicos sólo pueden limitar la libertad individual por objetivas razones que favorezcan al interés general. En este caso, hablamos de la libertad para negarte a recibir tratamiento médico.

Los argumentos en favor de la vacuna parecen bastante sólidos para imponer su inocuización forzosa. Sin embargo, la vacuna tampoco garantiza eliminar con el virus por completo, ni librarnos de todas las medidas de protección, especialmente al tratar con personas inmunodeprimidas o con cualquier otra característica que las haga de alto riesgo. Por tanto también hay argumentos para defender la postura contraria.

«En democracia, los poderes públicos sólo pueden limitar la libertad individual por objetivas razones que favorezcan al interés general»

Si el Estado renuncia a la vía de la coerción y apuesta por la vía de la persuasión, perfecto, pero que persuada a sus ciudadanos como adultos. No como a niños a los que amenaza con encerrar en casa (literalmente) si no se portan bien.

En mi opinión los Estados deberían empezar a tomarse en serio la cuestión de las fake news. Sin ir más lejos, mientras acabo este artículo leo una noticia en un diario alemán. Se supone que ayer se armó un revuelo en el país porque un médico se suicidó y dejó una nota de despedida advirtiendo contra la vacuna. Pues bien, parece que el médico ni siquiera existe.

No es este un problema sólo occidental, como a menudo se dice. En algunos países africanos o árabes cala el rumor de que se pretende esterilizar a los negros y a los musulmanes usando la vacuna.

«Si el Estado renuncia a la vía de la coerción y apuesta por la vía de la persuasión, perfecto, pero que persuada a sus ciudadanos como adultos»

No hablo de censurar estos foros, medios o individuos; eso sólo empeoraría las cosas. La vía más efectiva es confrontarlos, uno a uno, utilizando sus mismas vías de comunicación. No hay que quedarse en el debate científico técnico, sino señalar las estrategias emocionales que los conspiranoicos emplean para atraer a ciertos caracteres. La emotividad de las teorías de la conspiración ha de combatirse también, o casi que, sobre todo, en este frente.

Luego está la necesidad de informar mejor y el respeto a la dignidad humana. Porque no todos los que se niegan a vacunarse son antivacunas conspiranoicos. Muchos se ponen vacunas a menudo y sus recelos se muestran en esta vacuna. El acoso no parece la mejor vía de respeto a la dignidad ajena. Tratarles de egoístas y ridiculizar sus miedos como infantiles sólo llevarán a acentuar más su rechazo.

«No hay que quedarse en el debate científico técnico, sino señalar las estrategias emocionales que los conspiranoicos emplean»

Por último, no debemos olvidar que hay personas que sencillamente no pueden vacunarse aunque quieran, como gente alérgica a algún componente de esta u otras vacunas, embarazos de alto riesgo y similares… ¿Con qué justificación hostigaremos a esta gente?

La vacuna se vendió como el fin de las incómodas medidas de seguridad. Y cada vez parece más evidente que aquello fue una mentira. Tal vez ese es el problema. La vacuna protege, pero no garantiza el fin de ciertas medidas que todos, vacunados y no vacunados debemos seguir respetando, por agotados que estemos. Esa es la mejor vía para impedir el contagio.