Sin un final a la vista, la interinidad del Consejo General del Poder Judicial se prolonga día tras día. Casi me temo que antes conoceremos al sucesor del Papa Francisco que a los nuevos vocales del CGPJ. Eso resultaría deprimente. Sin dudar de la dificultad para elegir al CGPJ, ¿no será más compleja que la elección del líder espiritual de un tercio de la humanidad?

Aunque, vaya, si te paras a pensarlo, después de la elección de Juan XXIII (1958) ningún conclave ha necesitado más de dos días de votaciones para elegir al nuevo Vicario de Cristo. El interregno, es decir, el periodo que separa la muerte o abdicación del papa hasta la elección de su sucesor apenas viene sumando un puñado de semanas. Durante esos días el cardenal Camarlengo asume, como interino, las funciones de Jefe de Estado del Vaticano, mientras que el Colegio Cardenalicio ostenta las potestades papales en materia teológica. Así tanto el plano diplomático como el religioso quedan cubiertos, en caso de que hayan de tomarse decisiones de urgencia.

“me temo que antes conoceremos al sucesor del Papa Francisco que a los nuevos vocales del CGPJ”

En contraste, cinco años de bloqueo político impiden al Congreso y al Senado españoles renovar al CGPJ, mientras los intereses políticos ahogan su interinidad en la disfuncionalidad. Recordemos que el PSOE y la mayoría gubernamental llevaron a cabo una reforma de urgencia la ley para privar al CGPJ interino de la facultad de realizar cualquier nombramiento, sólo para contrarreformarla semanas más tarde alterarla de nuevo a fin de que sí pudiera nombrar dos magistrados del Tribunal Constitucional. Por no hablar de cuánto se ha recrudecido la guerra interna entre los vocales interinos, después de la marcha de Carlos Lesmes quien dimitió en señal de protesta.

Ya se sabe que las comparaciones son odiosas, pero tampoco nos vengamos abajo, españoles. La elección del papa y el interregno no siempre estuvieron tan bien engrasados.

En su origen, el papa era elegido en votación por los ciudadanos cristianos de Roma. Por sorprendente que parezca, esto no tenía nada de excepcional. Hasta mucho después de la caída del Imperio Romano de Occidente (476) cada diócesis elegía a su obispo en una votación popular. No era imprescindible ser sacerdote para aspirar al puesto, ya que, si la elección recaía en un laico y este aceptaba, se le ordenaba sacerdote y obispo todo en una misma ceremonia.

“después de la elección de Juan XXIII (1958) ningún conclave ha necesitado más de dos días de votaciones”

Conforme la Iglesia estrecha sus lazos con el poder, en especial tras su proclamación del cristianismo como religión oficial y única legal en el Edicto de Tesalónica del emperador Teodosio, la posición del obispo se volvió muy codiciada. Poco a poco diversas diócesis introdujeron entonces limitaciones a los candidatos, como pertenecer a la nobleza o al clero.

Roma no permaneció ajena a estas transformaciones, que se le juntaron con otros cambios particulares, a medida que se afianzaba la preeminencia de su obispo sobre el resto.

Desde que tenemos noticia, el prelado de Roma siempre ostentó una posición simbólica especial, como sucesor de san Pedro, primer Vicario de Cristo en la tierra. Sin embargo, cada diócesis gozaba de una gran independencia y las controversias teológicas se resolvían en debates entre obispos en sínodos o concilios.

“el Sínodo de Letrán (769) privó al pueblo romano del derecho a elegir a su obispo”

A medida que varios concilios consolidaron al Papa como cabeza política y administrativa de la Iglesia, los obispos quedaron paulatinamente subyugados a su autoridad. Este proceso obedece a causas muy diversas e infinitamente complejas. Su origen hemos de atribuirlo a un pulso de muchos obispos, mayoritariamente occidentales, contra el Emperador bizantino. Obrando así sacrificaron su propio poder en sus diócesis en favor del Papa, pero al menos evitaron que un monarca con poder militar y económico se convirtiera, además, en jefe de la Iglesia.

Cuanto más poder asumía, más tensión generaba que la elección de la cabeza de la iglesia se dirimiera en unos comicios vecinales. En un paso decisivo, el Sínodo de Letrán (769) privó al pueblo romano del derecho a elegir a su obispo. Apenas diez años antes, el rey Pipino III el Breve había entregado a Esteban II los Estados Pontificios y, en correspondencia el Papa le había coronado emperador.

“el Papa Nicolás II decidió imponer una solución de compromiso: los cardenales elegirían a su sucesor”

La elección del pontífice pasó al clero romano, lo que desagradó profundamente a la nobleza de los Estados Pontificios. Durante los últimos siglos, los nobles habían participado activamente en las elecciones papales, haciendo promesas o regalos a los romanos para que votaran a este o aquel candidato. Además del poder eclesiástico, el Trono de San Pedro se sentaba el Príncipe soberano de los territorios centrales de Italia. Una vez electo, el Papa podía dar más tierras a esta o aquella familia nobiliaria, eximirles de tributos, otorgarles monopolios y otras prebendas.

Tras casi un siglo de presión política, en el 862 el Sínodo de Roma devolvió a la Ciudad Eterna la competencia de elegir al Papa, aunque ya no iba a ser popular. La elección se confió al alto clero y a la nobleza de la urbe, aunque la victoria fue efímera.

La nobleza y el alto clero europeo no vieron con buenos ojos que al Sumo Pontífice lo eligieran puñado de familias romanas, nobles sí, pero de escasa relevancia política y económica en la escala europea. Tras siglo y medio de conflictos y cambios de sistema el Papa Nicolás II decidió imponer una solución de compromiso: los cardenales elegirían a su sucesor.

“desde la muerte de Clemente IV en 1268, los cardenales no eligieron a su sucesor hasta 1272, más de tres años después”

La figura del cardenal es muy antigua, aunque su rol ha variado mucho en el curso del tiempo y no está del todo claro en algunos periodos. El cargo no era clerical. Hoy tampoco es imprescindible ser sacerdote (ni varón) para ser nombrado cardenal, aunque en la práctica todos los miembros del Colegio Cardenalicio lo sean.

Los cardenales surgieron como un cuerpo de administración y diplomacia del Papa en el que por supuesto abundaban sacerdotes y teólogos. Empezaron a participar de la elección del Papa en formatos diferentes. En algunos periodos, votaron junto al pueblo (o la nobleza) y el clero romano. En otros, además, se les permitió ser candidatos. Otra función que parece que ostentaron algún tiempo fue la de garantizar un mínimo de buenas prácticas en los comicios. Vaya hacían de junta electoral.

No pasó mucho tiempo antes de que la realeza y la nobleza europeas mostraran interés en que se nombraran cardenales de su confianza. La influencia internacional en la elección del Papa se abría camino poco a poco.

“los desesperados ciudadanos tomaron medidas drásticas: encerraron a los cardenales en el Palacio Papal con llave (conclave) e imponerles una dieta drástica: pan y agua una vez al día”

Con su decisión Nicolás II el papado ya no sería elegido por los romanos o sus nobles. Si bien, durante siglos el Colegio Cardenalicio disfrutó de una abrumadora mayoría italiana. Entre Alejandro VI, el Papa Borgia, español, y el polaco Juan Pablo II todos los papas fueron italianos. Sin embargo, la elección del papá quedaba a menudo en manos de a qué instrucciones dieran los reyes europeos a los cardenales de su reino.

Por desgracia el sistema seguía sin ser perfecto. Cuando el papa moría, los cardenales no mostraban demasiada urgencia para elegir a su sucesor. Se estaba bien a cuerpo de rey en Roma o alguna otra ciudad italiana. A muchos nobles y reyes europeos ya les venía bien este vacío de poder en la Iglesia, que aprovechaban para nombrar obispos o abades en sus dominios. La nobleza italiana, sobre todo los vasallos directos del papa, aprovechaban los interregnos para luchas entre ellos y ampliar sus dominios.

No todo el mundo estaba contento. Los ciudadanos de los Estados Pontificios lo pasaban mal en los interregnos al verse privados de un Príncipe que pusiera límites a los abusos de la nobleza o arbitrara entre sus peleas para evitar guerras civiles.

“¿Habría que encerrar a diputados y senadores a pan y agua hasta que no renovaran el CGPJ?”

La cosa llegó a un punto crítico desde la muerte de Clemente IV en 1268. Los cardenales no eligieron a su sucesor hasta 1272, más de tres años después. En aquella ocasión, los cardenales estaban reunidos en Viterbo, localidad cercana a Roma. Hartos de esperar, los desesperados ciudadanos tomaron medidas drásticas: encerraron a los cardenales en el Palacio Papal con llave (conclave) e imponerles una dieta drástica: pan y agua una vez al día. Hasta que no eligieron papa no los soltaron.

Lejos de molestarse, el nuevo papa, Gregorio X, dispuso que en adelante sus sucesores se eligieran en esas condiciones. Los cardenales se encerrarían con llave y, si se demoraban demasiado, su dieta iría empeorando. Juan Pablo II dulcificó un poco el severo régimen.

¿Habría que encerrar a diputados y senadores a pan y agua hasta que no renovaran el CGPJ? No diré que no, aunque quizás la solución fuera un poco drástica. Pocas esperanzas tengo de que se reforme la constitución para que la no elección en plazo del CGPJ comporte elecciones anticipadas. Ese sería el escenario ideal. Sin embargo, creo que diputados y senadores deberían verse penalizados en sus salarios por incumplir sus obligaciones. Y lo siento por los miembros de grupos minoritarios, pero ¿qué nos pasaría a nosotros, los ciudadanos, si nuestra empresa incumpliera sus obligaciones? ¿o si las incumpliéramos nosotros? Por desgracia, también dudo que se dé este paso. Quien tiene privilegios, rara vez renuncia a ellos, menos cuando le protegen de su ineptitud.