Hace algo más de un año, el paso del temporal Filomena por nuestro país obró el milagro de paralizar España y dinamizar a nuestros políticos, que se lanzaron en su circo de pulgas de la lucha de partidos a arrancar votos –futuros– de cada copo de nieve que cayó sobre nuestra tierra. Las recientes elecciones de Castilla-León han hecho otro tanto. El político es animal que solamente toca la calle cuando hay urna en el horizonte, así que lo normal es que les conozcamos unos días de realidad al año en la versión más optimista. Analizando el ecosistema de la política española de las últimas semanas podríamos hacer toda una tesis (genuina, no plagiada) sobre oportunismos, así, en plural, pues no hay nada que pueda rentarle más al mal político que la impostura. Donde los mortales vemos la desgracia de los pueblos vacíos y con futuro incierto, el político ve una oportunidad única para destrozar la gestión de un rival, ahora que el Covid está ya muy visto.

«El político es animal que solamente toca la calle cuando hay urna en el horizonte, así que lo normal es que les conozcamos unos días de realidad al año en la versión más optimista»

¿Cuál es entonces para nuestro político la solución a las dudas sobre la gestión de la España vacía? Fotografiarse con una pala, haciendo como que se planta un árbol (que realmente plantará de la manera adecuada el operario que está al fondo de la foto). Apoyarse en el pescante de un tractor meticulosa y sospechosamente limpio con expresión de “Esto lo hago yo todos los días”. Con la perspectiva de una buena foto (siempre tiene que haber imagen, o qué estamos haciendo), en España hemos vuelto al cliché del político pegando carteles por las calles de los pueblos más recónditos de Castilla-León, y la sucesión de ese carnaval bochornoso de fotografiarse pala en mano (esa herramienta con la pegatina del precio puesta y que un asesor ha comprado para la ocasión), como si alguno de ellos pudiera realmente abrir camino a una ciudadanía con un par de paladitas sin energía ni arte. Lo importante es el gesto, dirán los exegetas de la nueva política, ocultándonos que con tanta pose y tanta foto vamos ya camino del 20 % de desempleo.

Siempre me han parecido ridículos los intentos de los políticos por travestirse de obrero, por jugar al currante durante unos minutos para aparentar que son del pueblo. El candidato con un mono bien planchado e impecable que recorre un taller. Las botas de goma de Decathlon para recorrer un olivar. El paseo en pesquero (cortito y con buena mar) para contentar al sector correspondiente. El mecanismo es sencillo: un par de fotos con disfraz de mortal y de vuelta a la Moraleja, Somosaguas o Galapagar. Me parece insultante ese deseo de transformismo oportunista, por el que el político de turno difunde imágenes de sí mismo quitando nieve, colocando un ladrillo, limpiando un pescado o vendiendo boniatos, según interese en cada momento.  El ahogo que me producen estas representaciones solamente es superado por esos besos a los niños que se prodigan en los mítines, pero es que ese nivel de hipocresía es estratosférico, inalcanzable.

«La política de los gestos y las alharacas en forma de foto no es más que un juego de trilero que siempre acaba escondiéndote la bolita»

Con el paso del bipartidismo al caospartidismo, nuestros políticos no saben ya dónde acudir a la hora de sacar pecho, y lo mismo tuitean sobre la altura de la nieve en Molina de Aragón que sobre los votos de Kentucky, porque la nueva política opina sobre lo cercano y lejano con igual desconocimiento, una vez que ha descubierto que el voto lo mudan los sentimientos, no los hechos.

La política de los gestos y las alharacas en forma de foto no es más que un juego de trilero que siempre acaba escondiéndote la bolita. Esa bolita que no vemos es el paro, la demografía, el coste de la electricidad, el acceso a una vivienda, la educación, el idioma. Todo lo que no aparece en esa foto de alguien que sostiene una pala.