Cooperatoris veritatis, este lema escogió Josep Ratzinger para su escudo, cuando Pablo VI le nombró obispo de Múnich y Frisinga en 1977. A la verdad nunca le han sobrado cooperadores, pero últimamente su orfandad es tal que se llama verdad al sensacionalismo, a nuestras preferencias o, sencillamente, a la mentira. No escribo estas líneas para defender a Benedicto XVI. Tampoco me importa reconocer la debilidad intelectual y personal que siento hacia él. Pero me gustaría reflexionar sobre algunas cosas que se han repetido estos días, no sólo en los mentideros digitales de twitter, tik tok y otras redes, sino, por parte del periodismo supuestamente profesional.

La foto del niño Ratzinger con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas se ha paseado estos días por televisiones y time lines con una frivolidad vomitiva. No se trata de si el Papa emérito nos cae bien o mal. Afirmar o insinuar que Ratzinger militó en ellas como nazi convencido no encuentra apoyo en ningún testimonio o documento de aquella época.

Cooperatoris veritatis, este lema escogió Josep Ratzinger para su escudo, cuando Pablo VI le nombró obispo”

No ha faltado quien argumente que, si no creía en el nazismo, debería haberse negado a entrar en las Juventudes, que ya tenía 14 -15 años, al final de la guerra. Solo desde la comodidad de quien desconoce la opresión de una dictadura se puede afirmar algo así.

A partir del 1 de septiembre de 1936, el régimen nazi abolió todos los grupos de jóvenes y adolescentes, salvo las Juventudes Hitlerianas. Tres años más tarde, se obligó a todos los jóvenes de más de 17 años a afiliarse a este grupo. A partir de 1941, esa edad se bajó a los diez años. Como a otros ocho millones y medio de varones adolescentes, a Ratzinger le inscribió de forma automática su colegio.

“La foto del niño Ratzinger con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas se ha paseado estos días por televisiones y time lines con una frivolidad vomitiva”

En su defensa hay que decir que, a diferencia de la mayoría de su generación, Ratzinger nunca ocultó su paso por las Juventudes Nazis. Habló de sus experiencias ya como profesor de teología en las Universidades de Münster y Tubinga. Después de la guerra, cuanto rodeaba a la dictadura de Hitler se convirtió en un tabú. Hasta finales de la década de los sesenta, el Holocausto no se empezaría a explicar en las escuelas, ni se hablaba del asunto en público. En ese contexto, Ratzinger no sólo fue un raro ejemplo de honestidad, sino un pionero en romper férreo silencio que ocultaba el nazismo.

Como Papa y como obispo se le acusa de encubrir a los pederastas. Aquí, en mi opinión, Ratzinger juega un rol complejo que no puede describirse como enteramente bueno o malo.

“dictó disposiciones para que los tribunales canónicos indemnizaran a las víctimas de abusos sexuales, aunque los delitos hubiesen prescrito en los derechos penales de los distintos países”

Aún hoy, el horror de la pederastia nos resulta desconocido como sociedad. No es fácil aceptar que uno de cada cinco niños sufre algún episodio de abuso sexual y que en más de la mitad de los casos este será continuado. Tal vez por eso, como sociedad, preferimos prestar más atención a los casos en que el pederasta es un profesor de gimnasia, un monitor de piscina o un sacerdote, pese a que la mayoría de las veces, es un familiar cercano.

La Iglesia católica y Ratzinger se vieron desbordados por un problema que ni siquiera comprendían. En sus años de obispo, la actitud de Ratzinger va de la pasividad inicial a la toma de medidas para aislar a los sacerdotes sospechosos de sus víctimas. Bastante más que lo que otros obispos y autoridades políticas hicieron en aquella época.

“Benedicto XVI despojó de sus privilegios a la todopoderosa Congregación de los Legionarios de Cristo y confinó a su fundador, el padre Maciel en un monasterio”

Ya como Prefecto de la Doctrina de la Fe, investigó profundamente el asunto e instó varias veces a Juan Pablo II a la adopción de medidas. Wojtyla nunca quiso dar crédito al problema de la pedofilia en el sacerdocio. Apenas llevaba un mes entronizado, cuando Benedicto XVI despojó de sus privilegios a la todopoderosa Congregación de los Legionarios de Cristo y confinó a su fundador, el padre Maciel en un monasterio. Las evidencias de abusos sexuales contra Maciel eran abrumadoras desde hacía años, pero este se vio protegido por el aprecio que Juan Pablo II sentía hacia él.

También dictó disposiciones para que los tribunales canónicos indemnizaran a las víctimas, aunque los delitos hubiesen prescrito en los derechos penales de los distintos países. Aprobó duras normas para combatir la pederastia, que incluían el confinamiento en conventos de sacerdotes sospechosos de abusos sexuales. De confirmarse, se les expulsaba de la Iglesia.

“Se le ha cuestionado por no cooperar suficientemente con la justicia”

Pese a ello, se le ha cuestionado por no cooperar suficientemente con la justicia. Como todo es debatible. Soy de los que piensa que siempre se podría haber hecho más, pero los tribunales muchas veces se encontraban con el problema de la prescripción, tan frecuente en los abusos sexuales infantiles. Gracias a Dios, los tribunales canónicos ya no pueden enviar a nadie a la cárcel. Lo único que la Iglesia podía hacer era indemnizar a las víctimas -algo a lo que las leyes civiles ya no la obligaban.

La película y el libro en que se basa, Los dos Papas, se permite bastantes licencias artísticas en ese aspecto. Examinemos lo publicado en el caso Vatileaks y, en especial, a las declaraciones del mayordomo de Ratzinger, condenado por sustraer esos documentos -y enseguida indultado por el Papa. Esos documentos no hablan de ninguna negligencia por parte de Benedicto XVI, sino de un pontífice cada vez más solo en su lucha contra la pederastia, la corrupción y los desmanes financieros de El Vaticano. Rodeado por lobos y en declive tanto físico como anímico, su mayordomo aseguró que temía por su asesinato.

“lo publicado en el caso Vatileaks […] no habla de ninguna negligencia por parte de Benedicto XVI, sino de un pontífice cada vez más solo en su lucha contra la pederastia, la corrupción y los desmanes financieros de El Vaticano”

¿Fue un Papa conservador? Personalmente, me parece una simplificación describir a Ratzinger como conservador y a Francisco como progresista. Es verdad que el actual pontífice ha abierto bastante la mano en cuestiones como el divorcio, la homosexualidad, respecto a su predecesor. Así que sí, tal vez, fue un Papa conservador, pero nunca fue intolerante.

Dos años antes de su abdicación, la Conferencia Episcopal de Malawi emitió un documento en que instaba al gobierno del país a endurecer las penas contra la homosexualidad. El puñetazo encima de la mesa de Benedicto XVI y del Secretario de Estado de El Vaticano, monseñor Lombardi, fue tan automático como inapelable. La Iglesia no podía alimentar la persecución legal contra seres humanos. Finalmente, el Presidente de la Conferencia Episcopal de Malawi se retractó a regañadientes de su documento.

“aboga por que los cristianos sean una «minoría creativa»”

Si uno se para a pensarlo, aquella fue la primera ocasión en que un Papa abogó expresamente por los homosexuales. Otro aspecto de su pontificado que cuestiona la imagen de Benedicto XVI como intolerante fue su diálogo con todas las religiones, especialmente el ecumenismo o acercamiento espiritual entre iglesias cristianas, pero también con hebreos, musulmanes y otros cultos. La firma de la declaración de amistada de Francisco en Emiratos Árabes, entre cristianos y musulmanes, nunca hubiese tenido lugar si el trabajo previo de su predecesor.

A quienes gusten de la filosofía y el debate, les recomiendo que ojeen algunas conferencias y coloquios en los que participó el profesor de teología Ratzinger. Sus diálogos con el filósofo Habermas y el matemático italiano Odifreddi, ambos ateos, nos muestran su profunda intelectualidad y capacidad hallar puntos de encuentro con los demás, sin renunciar a sus ideas. Anecdóticamente, conozco una persona que a los cincuentaidós años se convirtió al catolicismo leyendo algunos de estos textos.

“Si uno se para a pensarlo, aquella fue la primera ocasión en que un Papa abogó expresamente por los homosexuales”

También fue pionero en aceptar que el cristianismo ya no representaba a la mayoría social y que había que vivir con esta circunstancia. A lo largo de su pontificado y en una de sus encíclicas, Deus caritas est (Dios es Amor), aboga por que los cristianos sean una «minoría creativa», capaz de convivir y aportar al resto de la sociedad.

Claro está su paso por la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe, oscurece bastante su imagen de intelectual católico. Desde ese puesto, coartó muchos debates en la doctrina de la Iglesia, que consideraba rompían con la teología oficial, como la teología de la liberación. También privó a Hans Küng antiguo colega de la Facultad de Filosofía de Tubinga del sacerdocio, después de que este se negara a retractarse de cuestionar la infalibilidad papal y poner en tela de juicio algunos dogmas oficiales de la Iglesia. Paradójicamente durante su pontificado, bajó bastante el papel de la censura dentro de la Iglesia.

“la crítica y la calumnia no deberían convertirse en sinónimos”

Quienes le conocían bien, aseguran que adoptar estas medidas le resultaba muy doloroso. Varias veces, le pidió a Juan Pablo II que le relevara de su puesto. ¿Basta con los remordimientos? ¿Basta con desesperar viendo que su predecesor no daba crédito a los escándalos de pedofilia en la Iglesia? ¿O que la escandalosa quiebra de la Banca Ambrosiana (1982) no sirvió de nada para reformar la arquitectura financiera de El Vaticano? ¿Cuánto se le debe exigir a una persona que ocupa un puesto de poder? Afrontar e incluso resolver estos problemas desde el Trono de San Pedro ¿compensa su aparente pasividad en el pasado?

No creo que podamos encontrar una respuesta absolutamente correcta para estas preguntas. Benedicto XVI, como la mayoría de las personas, tiene luces y sombras. Puede despertar nuestras simpatías o nuestras antipatías, pero la crítica y la calumnia no deberían convertirse en sinónimos.

“su paso por la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe, oscurece bastante su imagen de intelectual católico”

Josep Ratzinger siempre creyó que como sacerdote debía obediencia a la Iglesia. Ha sido estricto con este principio antes y después de encontrarse a la cabeza de esa institución, con todo lo que eso implica de bueno y de malo. Por otro lado, nadie debería sentir perjuicios a leer sus textos teológicos y filosóficos, cuya importancia cada vez se hace más evidente. No en vano algunos comparan su importancia con la de San Agustín de Hipona.