Tiene unos ojos bellísimos.

Eso, recuerdo, es lo primero que pensé cuando conocí a Begoña.

Llevaba -llevaban- tiempo buscando un embarazo que no llegaba. Hablamos durante largo rato y fueron surgiendo más cosas sobre tener hijos, más posibilidades. Incluido parar. Incluido rendirse. Porque a veces ya hasta se duda de si es lo que de verdad se desea o si se continúa porque es lo que espera la familia, la sociedad y esas almas caritativas que, con cara de saberlo todo, van aconsejando aplicarse más, no sea que se nos vaya a pasar el arroz.

Pensó en todo y siguió adelante. Porque la fuerza de las mujeres es enorme. Porque Begoña es así y no desistió a pesar de pinchazos, cirugías, esperanzas fallidas y días negros.

Fue duro, pero lo logró y tras siete años nació su hijo Gabriel.

Trece meses después fue diagnosticada de cáncer de mama.

Mirad a vuestro alrededor, a las mujeres que conocéis y amáis, con las que habláis y tratáis a diario. Y ahora pensad que una de cada ocho de ellas tendrá cáncer de mama a lo largo de su vida. 1 de cada 8.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cáncer de mama representa el 16% de todos los cánceres en mujeres y, desde hace un tiempo, parece estar aumentando. Se calcula un crecimiento de 2 millones de casos nuevos en el mundo cada año. En España, en 2020, se diagnosticaron un total de 34.088 nuevos cánceres de mama. Casi 94 mujeres al día.

Impresiona, ¿verdad? Los números son de vértigo. Pero con los actuales tratamientos se ha dado un vuelco espectacular al pronóstico. La combinación de cirugía, cada vez menos agresiva, con radioterapia, quimioterapia y hormonoterapia, además de otras terapias dirigidas, ha cambiado el futuro y hoy la tasa de supervivencia promedio, a los 10 años, es del 84%.

 

Una cifra mejorable con un diagnóstico precoz.

El factor más significativo, de cara a la supervivencia, es la propagación a otros órganos del cuerpo, propagación que requiere tiempo. Por tanto, mientras más temprano se haga el diagnóstico, mayor es la probabilidad de tratar y curar el cáncer. Aquí radica la importancia de realizar seguimientos adecuados, de acudir a las citas de mamografía y de recordar que nunca, nunca, nunca podemos ignorar lo que pasa en nuestro cuerpo. Si en tu mama hay un bulto que no estaba antes, hay que consultar. Cerrar los ojos, esperando a ver si desaparece solo, es un riesgo que no se puede correr. Porque negar la enfermedad ni cura ni evita sus efectos.

 

Enfrentar un diagnóstico semejante requiere agallas.

Cuando el cáncer entra en la vida de una persona -y de su familia- se produce un impasse. Primero todo parece detenerse y luego surge la incredulidad.

¿Está seguro? ¿No hay dudas? ¿Por qué? ¿Por qué a mí? suelen ser las preguntas más frecuentes tras conocer el diagnóstico. Una situación que puede durar días, pero que hay que desechar.

La vida no se va a detener mientras nos recuperamos. Hay que continuar viviendo. Porque, si se deja que el miedo tome carta de naturaleza, el tumor se hará más fuerte. Y no, no es cuestión de filosofía, de metafísica o de «Luchar contra el cáncer» como un eslogan. El cáncer no es una lucha épica. Es una mierda. Pero pensar en la muerte, más que en la vida, resta capacidad de respuesta al organismo y eso no nos lo podemos permitir. De modo que es preciso vivir para joder (sin perdón) al cáncer.

Y sí, llamémoslo por su nombre. Que aún se siguen dando vueltas y revueltas para evitar nombrarlo. En mi pueblo se decía que a fulanita le ha entrado cosa-mala y seguro estoy que en otros lugares se hablaba y habla de manera parecida. Todo por no mentar a la bicha. Pues mentémosla, que diciendo su nombre pierde poder.

Begoña mira al frente, se eleva sobre sí misma y vive. Ella es así. Lo dejó claro durante la búsqueda de su hijo.

Las que han pasado por eso saben lo difícil que es mantenerse en pie cuando los ciclos de tratamiento fallan y la regla llega una y otra vez o cuando, en cuestión de horas, se pasa de la ilusión de la beta positiva a entrar a un quirófano.

O cuando se pasa de dar a luz a tener un cáncer de mama.

Begoña es un ejemplo. De superación, de resiliencia, de garra. Miro su sonrisa, sus ojos, aún más bellos que ayer, y sé que debo disfrutar cada momento.

Pero mejor que yo, lo expresa ella:

Mantén tu mejor actitud y diviértete en el proceso hasta lograr lo que sea. Tú decides ser feliz todos los días, luchar todos los días, no decaer, parar si lo necesitas, pedir ayuda si no puedes más. Pero repito, tú eres quien debe decidir ser feliz.

El 19 de octubre es el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama. El día para insistir en la necesidad de inversiones en investigación, en diagnóstico precoz, en apoyo psicológico y social.

Es el día para escuchar a Begoña -a todas las Begoñas- y ser conscientes de que podemos ayudar de muchas maneras, empezando por normalizar la dolencia, sus consecuencias y los efectos secundarios del tratamiento.

Begoña ha lanzado una petición para que la educación borre el estigma de la palabra y de la enfermedad.

Entra en ella y lee. Empieza así:

Sí, tengo un cáncer y es un obstáculo más en mi vida. ¿Cuándo se nos va a educar en normalizar esta palabra y dejar de ser un tabú?

¿La apoyas?

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