Me llamo Pedro Fuentes y, junto con mi marido, soy padre de un niño nacido mediante Gestación por Sustitución o Gestación Subrogada (GS).

Según se ha informado, en la reforma legislativa de la Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo se pretende introducir un «título específico» para que la GS sea reconocida «como violencia contra las mujeres».

Entiendo que el fin perseguido es prevenir el abuso que pueda darse en esta práctica reproductiva, aunque el camino elegido para ello parece ignorar los pronunciamientos de UNFPA, de ONU Mujeres o de la jurisprudencia española y las sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, entre otras relevantes instituciones. Un camino que, más que curar, lesiona a menores, mujeres y familias.

El uso de genéricos hace que perdamos de vista a las personas, a los pequeños en este caso. Pero no son indeterminados. Tienen nombre, familia y vida propia. Se llaman Manuela, Luis, Jordi, María, Vega, Jimena, Alonso, Atlas, Marcel, Candela, Andrea, Teo… y viven en Úbeda, Alicante, A Coruña, Badalona, Sevilla, La Palma, Vallecas, Valencia…

Mi hijo tiene casi 11 años y conoce su historia a la perfección. Él y las amigas y amigos de su colegio, con quienes la ha compartido desde muy pequeño. Ahora, con la pretendida reforma, usted estará diciéndole a sus compañeros que es fruto de la violencia, aunque no sea así.

Mi hijo habla y ríe con la mujer que lo trajo al mundo. Sabe que es nacido del amor, de la empatía. Conoce sus orígenes, su familia extensa. Conoce la verdad y el inciso previsto en la ley no modificará sus vivencias. Pero sí podrá cambiar la forma en que lo vean y traten quienes le rodean.

Señalar a un menor -por su origen, orientación, familia, físico…- lo convierte en carne de bullying. Mañana, cuando su mensaje cale en ciertos entornos y en el patio del instituto lo cerquen o humillen, ¿estará satisfecha? Cuando sea víctima de acoso por su forma de nacer, ¿la reforma legal habrá alcanzado sus objetivos?

Las investigaciones sobre niñas, niños y adolescentes nacidos gracias a GS confirman que no presentan ningún problema relacional ni psíquico. Sin embargo, no son inmunes al estigma social. Decir que son consecuencia de un acto de violencia -premisa mayoritariamente falsa- sí les puede dañar. Más aún si, como es nuestro caso, pertenecen a una familia homoparental. Entonces la estigmatización crece exponencialmente y el daño se multiplica.

 

También las mujeres quedarán marcadas.

Como la que apostó por nosotros y es parte integral de nuestra familia. La queremos, nos quiere y mantenemos un vínculo vivo. Pero sus acciones y afectos serán menospreciados. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho para que la invaliden?. Ella es mujer independiente, autónoma en todas las facetas de su vida y de su trabajo, acostumbrada a trazar su propio rumbo. ¿Qué le hace pensar que toleraría algún tipo de violencia hacia ella, hacia sus ideas o sus derechos?

Si la conociera, sabría que nunca lo permitiría. Las decisiones en sus embarazos siempre las ha tomado ella, incluido el embarazo del que nació mi hijo. Ella le ha contado que no es su madre, pero que está feliz y orgullosa de su nacimiento. Ella. No otra persona. Ella. Esa mujer a la que ahora usted pretende presentar como víctima de una violencia que no se ha producido.

No soy quien para decir cómo han de ser los discursos del feminismo, pero que se inscriban en una retórica victimista y transmitan ese dogma, tan paternal, según el cual la mujer está necesitada de tutela y protección, no parece muy liberador.

Pasan los años, pero diríase que la mujer ha de seguir siendo portadora de una rectitud indesmayable puesta al servicio de quienes la definen, la categorizan o la valoran en su virtud, pero no de sus deseos. Que una mujer decida separar el proceso de gestar y parir del acto cotidiano de maternar hace chirriar las bisagras sociales y levanta ampollas en los guardianes de la moral pública. Porque, si hay algo que siempre produce alarma, es que la mujer decida hacer lo que le dé la gana y por las razones que le dé la gana.

La cuestión central, partiendo del orteguiano yo soy yo y mi circunstancia, es si las mujeres están capacitadas para dar un consentimiento informado en cualquier ámbito de su vida, incluido todo lo referido a su salud sexual y reproductiva.

Muchas piensan que sí y que, por ello, la ruta hacia el respeto de los derechos y la prevención de atropellos en GS pasa por la regulación.

Así se postula Loola Pérez, sexologa, filósofa y escritora feminista, que defiende «la regulación ética, garantista y con perspectiva de derechos humanos en la gestación subrogada». Similar es la postura de Élisabeth Badminter, filósofa y feminista, que se declara «a favor de la subrogación ética».

Mariana Mora (antropóloga, profesora e investigadora) publicaba hace unos días un texto titulado Gestación subrogada: un frente de la autonomía corporal, donde incide en que «la prohibición únicamente profundiza la vulnerabilidad de las mujeres y personas gestantes. De esta manera, si la práctica se lleva a cabo bajo la protección de las leyes, quienes la ejerzan podrán acceder a la impartición de justicia y la garantía de sus derechos, lo cual no sucede en la clandestinidad».

Mariana Jiménez Canet Atilano, investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), considera que la práctica «sí puede dar pie a la explotación, pero una solución a ello es legalizar la práctica, no prohibirla».

Melissa Ayala García, abogada especializada en DDHH y teoría legal feminista, sostiene que «las prohibiciones totales de la gestación subrogada son peligrosas para las mujeres gestantes porque las coloca en escenarios de suma vulnerabilidad. Si el objetivo es garantizar su protección, una regulación profunda parece ser la mejor solución».

Antonia, criminalizar, considerando que hacer GS es siempre una violencia, más que una vía para atajar la explotación, es un camino que aumenta las vulnerabilidades, como denuncia la socióloga Sharmila Rudrappa. Dejar que las mujeres decidan, en esto como en todo, es cuestión de madurez social. Puede ser que sus decisiones no gusten, pero alegar que no están capacitadas – como se alegó en su día para negar el voto femenino- es perpetuar el sistema tutelar. Es volver a decir cállate, que yo sé lo que te conviene; es insistir en deja que me encargue yo. Es seguir rescatando a la princesa. Pero la princesa no necesita que la rescaten. Se rescata sola.

Y por último, las familias, las miles de familias formadas -y en formación- mediante GS, ¿de verdad cree que nos dedicamos a la violencia sistemática? Porque lo que percibo es que somos parte de la diversidad familiar actual, parte de esa gran transformación social del siglo XXI que encarnan los nuevos modelos familiares.

Las familias estamos insertadas en la sociedad, que nos reconoce como otro tipo más. En calles y mercados, en las AMPAS o en el colectivo LGTBIQ, en el movimiento vecinal o en las universidades, las familias creadas por GS estamos presentes y somos visibles. Somos parte activa de la revolución familiar que se inició hace 40 años, que se ha pluralizado en el presente siglo y que, cambiando la definición y los roles sociales de madres y padres, participa en la génesis de una sociedad más igualitaria. Somos estas unidades familiares, todas nosotras, las que usted considera grupos violentos y así, generalizando, transforma la virtud de su objetivo en injusticia.

Dice Eleonora Lamm, subdirectora de DDHH de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza y autora de Gestación por Sustitución, que:

La gestación por sustitución es una práctica existente y hasta más frecuente de lo generalmente conocido. Ante esta nueva realidad puesta de manifiesto, la mejor solución, la más garantista, no es cerrar los ojos, ni prohibir, sino regular. El derecho es evolutivo; una situación pudo no estar contemplada por la norma porque no existía fácticamente; nada impide que la regulación surja cuando la situación aparece, adaptando y moldeando las nuevas realidades.”

Nuevas realidades de las que las familias construidas gracias a la GS formamos parte. Nuevas realidades que nadie puede negar o invisibilizar. Ya no. Hemos salido del armario. Estamos aquí y aquí seguiremos.

Señora Directora, con todo respeto, permita que le pida un poco más de reflexión. Una segunda mirada antes de marcar en niñas y niños. Antes de anunciar que decidir no es algo al alcance de todas las mujeres, de todas las personas.

Atentamente,

Pedro F.

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